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JOSH ROUSE. Marzo 2005 El hombre tras sus pasos
Con la biografía como eje de su música, Josh Rouse ha cerrado la maleta antes de presentar nuevo disco, Nashville, rematando la intriga de aquellos críticos a quienes el bautismo de su estilo, que se resiste a encajar en una sola horma, quita el sueño. Encantado con saber y poder decidir en qué punto del mapa quedarse, Rouse vuelve para retomar el talento allí donde lo dejó en 1972, su celebrado predecesor.
Josh Rouse es un tipo simpático, lleno de una cortesía más british que norteamericana, desafío de estereotipos que se suma a la reivindicación de las islas en que insiste cada vez que su discografía le da la oportunidad. Entre polite y divertido, ni siquiera la costumbre de explicarse tras una jornada de entrevistas contando el cómo y el para qué de sus recientes canciones hace que conteste sin abandonar las respuestas a la inercia del cansancio. Preparado para hacer memoria cuando se le mencionan declaraciones de hemeroteca, aborda con paciencia de peregrino la cuestión de si Nashville es, como 1972 fue, el principio de algo, después de poner miles de kilómetros entre el título de su último trabajo y su residencia. “Grabé el disco antes de mudarme, así que ahora sí es una nueva era. ¡Olvida lo que dije en el pasado! No; es broma. Creo que Nashville es una buena continuación de 1972 ” . Dispuestos a arrebatarle a la casualidad cualquier mérito en la música y en su sistema, a nadie se le escapa que Nashville lo firma un treintañero con algo de autostopista, que ha titulado su nuevo álbum igual que la ciudad de la que huyó. “Grabé el disco entero antes de mudarme, y entonces no tenía un título. Estaba viajando mucho, de gira, y no dejaba de pensar en la palabra ‘Nashville', cuando volvía allí e incluso cuando me marchaba. Un día, pensé que ése podía ser un buen nombre para el disco, porque mi música no suena como la que se hace en Nashville. De hecho, siempre me han preguntado por la falta de relación entre lo que hago y el sitio donde vivía. Creí que sería gracioso llamarlo Nashville . Es una especie de contradicción, de ironía… Igual que la vida, ¿no?” . Desde Dressed up like Nebraska hasta Nashville, Rouse ha trepado ágilmente por las coordenadas del tiempo y el espacio. Según reconoce, ésos son dos de los principales elementos para la invención del artista, aunque se confiesa demasiado perezoso como para meditar sobre el asunto. Nacido en Nebraska, autor de su primer tema a los 18 años y aprendiz de guitarra de su tío, ha puesto su nombre en buzones de California, Utah, Wyoming, Dakota del Sur o Arizona, y desde hace unos meses ocupa un lugar en Altea, un pueblo recortado al borde del Mediterráneo. Con tantos recuerdos en la carpeta, se hace difícil adivinar qué parte de uno inspira las canciones, cuánto de sí mismo se recupera en ellas. “Hay algo de mí en todas mis canciones. Muchas son sobre mí, lo mismo que en 1972 –aquí recapitula– . La verdad es que ha sido así en mis tres últimos álbumes. A veces, escribo ‘desde fuera de mí mismo', pero en los temas siempre hay algo de mi personalidad o de mi experiencia. Si tuviera que cuantificarlo, diría que la mitad de las canciones son personales y la otra mitad simplemente tratan sobre cosas acerca de las que escribo”. Rouse recibió pronto el abrazo de la crítica, la palmadita que conduce a portadas y listas, y gracias al impulso ha llegado a poner música en películas que han multiplicado su presencia internacional. Su trayecto no encaja con la estadística, porque de unos comienzos más oscuros, ha crecido en la dirección del pop, de notas más frescas, donde las referencias al funk de los ochenta y al folk menos reseco se saltan los pronósticos. “No sé. ¡Tal vez soy más feliz según me voy haciendo mayor! La verdad es que grabé los dos primeros discos cuando estaba luchando para convertirme en un artista y conseguir sacar dinero con la música, y ahora tengo una carrera y disfruto de cierto éxito” . De Nashville llama la atención su inicio, arrebatador por los cinco temas con que se abre, que impiden al oyente escoger de entre ellos el mejor. También asusta que Rouse sea capaz de repetirse, con todo lo que de bueno tiene su forma de crear, siempre que lo desea. Tal vez por los ritmos de esta última apuesta, o más probablemente porque nadie olvida aún aquella lista de canciones, es más sencillo anudar “Love vibration” y otros cortes de 1972 a “My love has gone” o “It's the nightime”. “ Nashville es como un avance con respecto a 1972 . Pero no tengo ni idea de a cuál de mis discos se parece
A la sombra de EE.UU y Gran Bretaña, Josh Rouse ha elegido para sí un cruce de caminos que pocos se atreven a catalogar. Admite sin reservas haber bebido de talentos como David Bowie o Nick Drake, y aprovecha su quinto disco para tomar aire y recuperar del tiempo algo de lo que el tiempo nos quita. Cuando se le pregunta por las razones de su venida a España, se muestra abrumado por la vergüenza íntima del artista: “Mi vida era una locura; todo el tiempo de gira y de un lado a otro. Quería, necesitaba, escaparme” . Aprovechando su llegada a un hábitat distinto, Rouse está aprendiendo castellano y disfrutando de un incógnito relativo, rodeado de quienes sienten la curiosidad de oírlo por primera vez. Es posible que el cambio de paisaje se deje notar poco a poco en su quehacer, pero rehuye pronunciar la palabra influencia. “¡Quizá el siguiente sea un disco con sonido mediterráneo! Ya trabajo en algunas cosas, pero todavía no estoy seguro de lo que son” . Sin planes concretos, pretende probar otros rincones de España para refugiarse, y mientras reparte sus días entre la búsqueda de un sitio mejor para él y sus canciones y conciertos frente a públicos que en Europa agradecen el destino de su ímpetu escapista. Amante de los teatros para dejarse escuchar, Josh Rouse aparenta la calma de quien termina un cuaderno y no tiene prisa por manchar el siguiente, convencido como está de querer seguir la velocidad de sus pasos. Mónica Plaza Josh Rouse Nashville .Rico/Naïve
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