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La Bruja Gata
Hay grupos por los que uno siente, de modo natural y sin buscarlo, una especial empatía. Cuando escuché en 2001 el primer disco de La Bruja Gata (“Manual de pociones”) me quedé embobado. Aquel trabajo fue elegido por esta revista como uno de los mejores del año en su número resumen de diciembre y competía en aquellos lugares de privilegio con el extraordinario “Alma de buxo” de Susana Seivane y el “Maren” de Kepa Junkera. Por entonces, La Bruja Gata era una formación debutante, pero en el fondo no era sino el afortunado encuentro de músicos de larga trayectoria y pasión común: la música, viniera ésta de donde viniera. No fue extraño, por tanto, que, para definir su estilo, los “brujos” acuñaran eso de “folk de ninguna parte”. Pocas explicaciones han sido tan cortas, concisas y acertadas como aquella. Ahora, con “Baile de libélulas”, el sexteto consolida que aquello no fue un azar, sino que en su formación existe talento por kilos para componer a partir de la música tradicional. En las composiciones de la Bruja es complicado buscar referentes o definir las piezas. Estas son como universos completos en los que caben, juntitos y en armonía, parámetros musicales de las más diferentes culturas. Ello no supone ni exotismo desmedido ni sonoridades rebuscadas: utilizan instrumentos bastante corrientes así que el resultado final de sus composiciones se expresa de un modo muy natural y sin exabruptos. Del mismo modo no son ni excesivamente “danzarines” ni tiran hacia el sinfonismo, y nada más lejos de su esencia que el atesorar su discurso con eficaces estudios de antropología. Simple y llanamente, componen de muerte y tocan la mar de bien. E.P.
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