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Deep Purple + Status Quo + Cheap Trick

Palacio Vistalegre. 17 de julio de 2004.

Demasiado cartel para tan poco resultado. Y es que… los nombres de antaño no tienen por qué aguantar con lustre el paso del tiempo. La nostalgia rockanrolera suele respetar a las bandas míticas que colaboraron para que este estilo se convirtiera en uno de los más populares del siglo XX, pero, la verdad, una cosa es el respeto y otra la realidad. Para darse cuenta de ello no hay más que ver la actual encarnadura de Deep Purple, un proyecto de tres antiguos miembros del grupo que, acompañados por una pareja de profesionales solventes, se dedica a hacer versiones de sus antiguos éxitos. Verlos ahora es asistir a la proletarización del rock, a una especie de búsqueda de jubilación digna. Roger Glover, Ian Gillan e Ian Paice (bajo, voz y batería respectivamente) vivieron tiempos de gloria junto a unos creadores tan impresionantes como John Lord y Ritchie Blackmore (teclados y guitarra); mientras éstos buscaron su crecimiento con propuestas nuevas, el trío contrato a Steve Morse (guitarra, primero) y a Don Airey (teclas, segundo) para seguir dándole a la manivela. Ambos ejercen labor de partitura, pero no parecen sino caricaturas metidas con calzador en un proyecto de subsistencia.

El grupo (o la empresa, que en este caso es lo mismo) sigue valiéndose de un repertorio ineludible (“Highway star”, “Strange kind of woman”, “Woman from Tokyo”…), pero si antaño dichas piezas no eran sino el soporte de carismáticas improvisaciones hoy no son sino una gramola con peticiones del oyente. Cuando Morse toca la guitarra se debate entre clavar los solos ya grabados e introducir algún pasaje de Mozart; Airey, por su parte, asume su papel de chico de verbena y, tras empezar con Rachmaninov en su solo, se paseó por Rodrigo y Falla para terminar con el chotis “Madrid” de Agustín Lara: un suplicio. Deep Purple fue, en su día, uno de los mejores representantes de la fusión entre el rock duro y la música clásica; hoy es un retrato ajado que busca las palmas fáciles y sin la mitad de talento.

Cosa bien diferente se puede señalar de Status Quo (en la foto). Bajo su nombre siempre han estado activos sus miembros más relevantes y consistentes: Francis Rossi y Richard Parfitt. No es de extrañar, entonces, que su vitalidad se mantenga al alza y que sus conciertos sigan teniendo el mismo carácter festivo y divertido que el grupo se propuso incentivar desde finales de los años 60. Lo de Status Quo carece del talante intelectual de Deep Purple, evita el virtuosismo y cede ante las canciones de tres minutos creadas para el baile: composiciones que no necesitan ni requieren culto a la personalidad, que se aguantan por sí solas y que se ven reavivadas cada vez que se interpretan. Piezas como “Whathever you want” o “Rockin’ all over the world” ponen cualquier recinto bocabajo sólo con su primer riff.

Cheap Trick era el convidado molesto, la banda ilustre que, sin haber pasado por España, aún estaba en la memoria de los seguidores más veteranos. Eso supuso que tocaran ante un público menos numeroso, más calvo y con una edad media mayor. Lo asumieron con naturalidad y se esmeraron; lanzaron su repertorio y se movieron como gimnastas. Muchas de sus canciones apenas eran reconocidas, pero las exponían con entereza y en buena forma. Mostraron, como Status Quo, una manera de disfrutar el rock en la que la diversión es la primera premisa.

En resumen, la larga tarde-noche de Vistalegre dejó resultado desigual y dio gusto a todos. El público, bien numeroso, disfrutó con avidez en cuanto le dejaron y sólo sufrió (y mucho) cuando en las barras se agotaron (temporalmente) las existencias de cerveza.

E.P.

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