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Brad Mehldau

“Solo piano. Live in Tokyo”. Nonesuch. Octubre de 2004

No es Mehldau un personaje nuevo en estas páginas. Desde que apareció en la escena, dejó traslucir que su sensibilidad estaba muy por encima de la media de los actuales pianistas de jazz, motivo más que suficiente para seguirle con atención. Y es que Mehldau ha mostrado desde sus primeras obras como líder un estilo inconfundible que, en sus manos, es capaz de convertir cualquier pieza en una verdadera obra de arte.

Desde sus inicios, este pianista ha abordado todos los géneros y formas que se pueden exigir desde el criterio técnico, pero, si bien ha superado todas las pruebas que el aficionado pueda desear, lo más llamativo de su música no es, precisamente, su enorme aseo en la ejecución y en la métrica. Lo que este hombre lleva encima como parte esencial de su talento es una visión de la música que da a sus obras e interpretaciones una profundidad que pocos consiguen. Cuando toca en medios tiempos o se centra en las baladas su lirismo no admite narración: sólo se puede medir con emociones.

En su último álbum, Mehldau se ha mostrado en su faceta más desnuda, solo y con su piano. Para quien haya podido disfrutarle ya en ese formato el resultado del disco puede ser predecible, pero en ningún momento desechable. Predecir que estamos ante un fantástico álbum no le quita a éste un ápice de su validez.

Mehldau ha sido señalado, desde algunos sectores críticos, como un sucesor de Bill Evans, aunque otros ven en su faceta solitaria los modales de Keith Jarrett. Particularmente, escucho los ecos del uno y del otro, pero considero que este hombre se ha ganado ya, por derecho propio, el respeto de ser valorado por encima de sus influencias. Si el jazz fuera justo su nombre ocupará en las enciclopedias del futuro el mismo espacio que los dos anteriores.

E.P.

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