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Everlast Arena. 9 de septiembre de 2004.
Después de la sorpresa, repaso mi discoteca y veo que no dispongo de un solo álbum de Everlast. No me extraña entonces mi confusión: sigo pensando en este hombre como si todavía viviera sus épocas al frente de House of Pain o como si su carrera se limitara a la enorme cantidad de colaboraciones que realiza en discos de raperos de todo calibre. Pero no: Everlast se reconvirtió en el 98 cuando puso a funcionar de verdad su carrera en solitario, y no lo hizo amparándose en los cánones del hip hop más letal, sino utilizando instrumentos, buscando la melodía del viejo rock americano y combinando sus nuevos gustos con lo aprendido en su época de gloria. Y eso es lo que mostró en su concierto de Madrid. Cuando su DJ (poco activo toda la noche, la verdad) pidió al poco público que había en la sala que se acercara al escenario dijo que “si ustedes quieren ver un verdadero concierto americano tienen que verlo desde cerca”. En ese momento no sabía bien a qué se refería el tipo con lo de “concierto americano”, pero en tres acordes todo quedó claro. Apareció Everlast, se cargó una guitarra a los hombros y toda la banda pareció comprometerse con el ambiente de “Lo que el viento se llevó”. Viajábamos a la América profunda. El concierto resultó no sólo bonito. Quizás habría que decir que fue precioso porque, la verdad, la colección de canciones que se desgranaron no tenían desperdicio. Casi todo a medio tiempo, buscando la comunión de lo eléctrico con lo acústico y dejando que la voz de Everlast comenzara a narrar historias de pueblo y de ciudad pequeña. Unos teclados eficaces y una batería que buscaba repertorio sonoro alternando baquetas con mazas colaboraban eficazmente para que aquello cogiera el ambiente deseado. En los temas había intensidad contenida, ecos de bourbon y polvo de granja, música que recordaba la americana de toda la vida plasmada con elegancia y sin ningún tipo de macarrería. Sí dejo el tipo algún rapeado que justificara su vestimenta de bermudas, pero lo hizo como si las rimas se le hubieran caído del bolsillo. Sin esperar el aplauso, después de la parrafada volvía a calzarse la guitarra (enorme la colección que desplegaron entre el mismo Everlast y su guitarrista de directo) y regresaba al ambiente pop rockero. Las luces azules y rosadas colaboraban para que todo se mantuviera en ese territorio oscuro y profundo que los temas buscaban y el público respondía bien mostrando su aprecio por el artista. Un concierto, en suma, que dividió su tiempo entre el intimismo y la obviedad, dejando un hueco mayoritario para la eficacia de la banda y utilizando al DJ como recurso ocasional para el agujero de rap. Todo medido y eficaz, entremezclando facetas pero sin perder nunca el norte. Encantador. E.P.
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