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Backyard Babies + Velvet Revolver La Riviera. 10 de septiembre de 2004. Lo admito: el disco de Velvet Revolver (“Contraband”) no consiguió moverme de mi sitio. Cuando lo escuché me quedé con la impresión de que estaba delante de uno más de los discos de corte rockero que aparecen en esta redacción con enorme frecuencia. El hecho de que en los créditos estuvieran tres ex de Guns N’Roses no me servía como valor añadido: aquella banda ya está muerta y enterrada y cualquier intento de resurrección de la misma sólo pasaría por el patetismo y la nostalgia. Puede que fuera por eso por lo que, dentro del cartel del concierto, me ilusionaran más Backyard Babies que los debutantes Velvet Revolver. Ni Slash, ni Duff McKagan ni Matt Sorum me motivaban más que los suecos de oro que conforman la alineación de los Babies y la impredecible presencia de Scott Weiland (ex cantante de Stone Temple Pilots que ahora ejerce de frontman de Velvet Revolver) tampoco me sugería nada que no pudiera encontrar en el grupo nórdico. Con ésas, aproveché los cuarenta y cinco minutos que dejó el cuarteto del norte abriendo la tarde-noche. Disfruté con su rock sin zarandajas, con sus guitarras dobladas y enérgicas y con su gusto por el rock tradicional cargado de vitaminas. La banda, que guarda estética y formas evolucionando lo justito en cada disco, no es de las que invente o descubra; se queda en el terreno conocido, arrampla con la electricidad y trasmite vida. Es un encanto de cuarteto que difícilmente te deja quieto a no ser que seas cojo. En el intermedio charlo con mi chica: se asombra del ambiente y me hace notar la variedad estética del respetable. Entre el público hay patilleros de Harley Davison que probablemente han venido por los Backyard, exuberantes chicas de heavy marcado que, probablemente, militaban entre las fans de los Roses, chicos de diseño que se apuntan a la última de los Velvet como otros años han sido los Strokes o los Darkness y gente que gana las primeras filas luciendo sus camisetas de merchandising. No desentonamos demasiado: también hay cuarentones con la cerveza en la mano que, como nosotros, no tienen demasiado claro qué se van a encontrar. Casi les da lo mismo un revival de los Roses que la aparición de un grupo nuevo. Cuando aparece el quinteto (el último miembro del grupo es Dave Kushner, un guitarrista calvo que se ganó los cuartos pasando por Wasted Youth) llega la primera sorpresa: el aspecto de las viejas glorias es de lo más decente. Tanto que me planteo que puedo empezar a hacer régimen. Al contrario que la mayoría de “rockeros resucitados” que llegan a la actualidad, Slash y McKagan se conservan la mar de bien, su pelo parece natural y sus tripitas no se han ensanchado. Scott Weiland, por su parte, ha cambiado de rol y se asemeja a una reencarnación de Freddy Mercury cuando éste sacaba del armario su arsenal de cuero y se vestía de gay de barrio bajo. Sale enfundado en un uniforme militar con gorra de plato y pantalones de cuero metidos con calzador. A lo largo del show irá ejerciendo de streaper e irá soltando una prenda en cada canción hasta que, como McKagan, queda con el pecho descubierto dejando que sus mimbres brillen con el sudor. El sonido me parece fantástico y el grupo arranca con una seriedad impresionante y supera de largo lo que había ofrecido en el álbum. Weiland no se deja impresionar por sus compañeros y dirige el espectáculo con alma de clown: se mueve, salta, baila… está en un momento fabuloso y parece disfrutar sintiendo el calor de las primeras filas. McKagan parece más serio, pero su bajo sustenta todo un armazón que realmente destila potencia. Junto con Slash, escondido en su eterna permanente, parecen sentirse a gusto con su nuevo rol y no recurren a armas de documental. En cuarenta minutos el quinteto se lo ha hecho de cine. Pocos solos aburridos y nada de culto a la personalidad. Cada cosita en su sitio y un derroche de gusto profesional amparado por un rock poderoso pero que no intenta abrumar en ningún momento. Han tocado su álbum y se despiden, algo que buena parte del público no entiende demasiado bien después de haber soltado 35 euros en la taquilla. El grupo lo sabe, pero no está muy por la labor de reverdecer traumas de juventud: hace un par de versiones de los Roses y se larga. En mi opinión, lo mejor que podía hacer: lo bueno, si breve, dos veces bueno. No tenía yo ganas de ver a cadáveres levantándose de la tumba o escuchar a un grupo de versiones. No tengo ni idea de si Velvet Revolver se plantea como un grupo con continuidad o si los ex de Guns N’Roses todavía intentarán despertar al dinosaurio doce veces más. De momento, lo que defienden lo plasman con integridad y carácter, haciendo honor a sus nombres individuales y con una estupenda presencia en directo. El disco no les hace justicia y encima de un escenario son una verdadera máquina. E.P.
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