Azkena Rock Festival
Recinto Mendizabala. Vitoria. 9 al
11 de septiembre de 2004
Si
el año pasado nos convencían con la presencia de los Stooges, la legión rockera
acudía este año al festival con la inmensa alegría de contemplar los restos
de dos bandas tan cojonudas como fundamentales a la hora de entender el punk
rock americano (MC5 y New York Dolls) además de un buen chorro de grupos encuadrados
en ese género con menor o mayor solera. Se estima que fueron entre veinticinco
y treinta mil los asistentes, aunque, a “grosso modo”, juzgaríamos que había
bastantes menos. New York Dolls se anunciaban el jueves, como anticipo al
festival. Los aguaceros de ese mismo día obligaban a recoger el concierto
en una carpa (tres mil almas, cuando se habían previsto justo el doble) y,
al tiempo, arrasaban con los madrugadores que habían montado su tienda en
el camping. Para cuando llegábamos a Gasteiz (noche cerrada) la lluvia sólo
era una amenaza y los Five Horse Johnson apostaban por un rock pesado y vigoroso.
Tras media hora larga de incertidumbre (era
notable el retraso sobre el horario previsto), y con la carpa escupiendo peña
por sus accesos, salían al estrado Sylvain Sylvian (guitarrista original)
y David Johansen (cantante original) acompañados por un batería, un guitarra
(Steve Conti, que ya solía acompañar a Johnny Thunders) y el cadavérico Sami,
bajista de los Hanoi Rocks. Todo fue rodado: actitud, riffs, stones y rimel,
caderas y marcha. Los dos supervivientes mantuvieron la cara a un repertorio
sin parangón que repasaba las dos únicas (y expoliadas) referencias que publicaron
“Las Muñecas de Nueva York” a principios de los 70. Sylvian vestía una de
sus cortísimas chupas de cuero, su gorra ancha y su preciosa guitarra negra
de media caja; Johansen se cubría las partes con una faldita (aunque llevase
vaqueros), cortísima camiseta que mostraba su ombligo y careto en plan Mick
Jaegger, pero sin haber pasado por el gimnasio o el quirófano. En medio de
tanto rock’n’roll, David colaba una composición de su carrera en solitario,
aunque sería puramente anecdótico, y una versión del clásico que hiciese Janis
Joplin “Piece of my heart” (el más coreado. ¿Quizás porque ése sí lo conocía
la mayoría de la gente?). Resultaba curioso saber que el 13 de julio (un par
de meses atrás) había palmado otro New York Doll original, el bajista Arthur
Kane, que lo hacía en Los Angeles por complicaciones en su neumonía. Era el
cuarto miembro que abandonaba este mundo. Aun así, los dos supervivientes
(nunca mejor aplicado el término) se mostraron con eficiente, aunque diferente,
actitud en escena: Sylvian se lo burlaba de vitalista director de banda mientras
que Johansen lucía carisma y decrepitud vital: llevaba apuntadas en un atril
las letras de los temas y tomaba, cada pocas canciones, unas gotitas por la
boca que, según dijo él mismo, eran para su depresión.
Con
el pecho hinchado ya sólo nos quedaba pasarnos por la piedra a los restos
de los “Emsifai”. Era el segundo día y llegábamos tarde otra vez, justo para
ver a Ryan Adams, el supuesto “enfant terrible” norteamericano que nos han
metido con calzador desde el “País de las Tentaciones” y que, en directo,
resultó un verdadero tostón. Su propuesta para este año era una letanía de
country-rock tranquilo, estable y moderado, y su actitud resultó de repelente
niño “raro”, tímido y tontuelo.
La
asistencia de público para este día era notable, más que para el día siguiente,
el sábado, que la cosa pegó un bajón. El caso es que fuimos directos a primera
fila a ver al cabrón de Wayne Kramer levantar un repertorio y una historia
(la de los MC5) que tuvo mucho de especial y único. Para empezar, la puesta
en escena: bajista y guitarrista (los originales Michael Davis y Wayne Kramer)
vestidos enteramente de blanco y Dennis Thompson (batería original) y el guitarrista
Nick Royale (de los Hellacopters) de luto riguroso. La plaza del cantante
era, principalmente, para dos invitados (también hubo otro que sacó una armónica
y que no molaba ni un poquito): la moza de los Bellrays Lisa Kekaula y el
frontman de Mudhoney Mark Arm. Ambos se lo hicieron de fábula (la primera
en el “Ramalama Fa Fa” y el segundo en el “Kick out the jams”, por poner dos
ejemplos). Sin embargo, faltaba sobre el escenario esa fuerza incontenible,
ese huracán descontrolado, esa abigarrada desenvoltura que escupían los MC5
desde sus legendarios discos. Los años no pasan en balde, y más para un Wayne
Kramer (pensador de la banda en la actualidad) que quizás, con su carrera
en solitario, hubiese causado igual o mejor impresión sobre este mismo escenario.
Hubo fuego endemoniado de guitarras, sí, pero también algo de experimentación
sin demasiado peligro y algunos resbalones innecesarios (el “oe oe” que hicieron
cantar al publico, en dos ocasiones, la primera de ellas destrozando el final
de un meritorio “Sister Ann”). Tras la descarga del circo all stars desarrollado
por los “MC3” llegaba el eficiente y sobrio turno de Radio Birdman, que ya
habían visitado la península el año pasado en el “Serie Z”. La pequeña leyenda
australiana del prepunk se marcó un espeso y brillante repertorio donde la
comunicación entre los músicos era mínima. Sin embargo, la concisión y la
eficacia frente al público los hacia enormes. El arrojo chulesco y desganado
del vocalista Rob Younger , la eficacia directa al grano del guitarrista Deniz
Tek… Repasaron su “greatest hits” y todos tan satisfechos.
El
sábado llegamos a tiempo de ver empezar a los Violent Femmes. Su folk punk
no dista en escena de lo que mostraron en sus tres primeros trabajos, es decir,
batería básica que toca de pie, la peculiar voz y el efectivismo en los cambios
rítmicos. ¿Su aspecto físico? Bien podrían ser todos ellos representantes
de electrodomésticos o reparadores de ordenadores porque, de actitud rockera,
cero (¿no es eso más art punk?). Y el repertorio, aunque mermado de fuerzas
a la hora de ser interpretado, es una garantía de buen gusto repleto de grandes
canciones, clásicos para muchos que las coreamos de pe a pa, con más ilusión
que volumen. Dejaron el camino alisado para que los Flamin’ Groovies saliesen
a cagarla. Si Ryan Adams nos había dejado insatisfechos (léase aburridos),
los Groovies tuvieron que agradecer que no hubiese piedras en el suelo del
recinto, porque de haber sido así más de uno hubiese tratado de atizar a Cyril
Jordan, único original de la banda.
Si hubiesen ensayado un poco la semana previa,
quizá si tan sólo hubiesen afinado bien sus instrumentos o empastado la voces,
la cosa hubiese ido a mejor o, al menos, no tan mal. ¡Qué lástima escuchar
en esas condiciones “Slow death” o “Shake some action”!. Tras ellos salían
Turbonegro, épicos y seminales estandartes del rock noruego que tanto ha dado
de sí en el último lustro. Gustó su denso espectáculo lleno de parafernalia,
sus riffs apoyados en ejercicios clásicos de rock, su concepto y oscurantismo,
su desfachatez y su volumen.
Kike Turrón y Kike Babas