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The Peeping Toms.Noviembre de 2004 The Peeping Toms. ¿Adónde fueron los chicos rudos?
Entre la miseria y la nada escogieron lo primero, continuar adelante pese a la adversidad y a la escasa recompensa obtenida. Conscientes de la dificultad y muy conocedores del terreno que pisan, Peeping Toms han gestado Maximum rhythm and reggae (Liquidator, 2004), su segunda obra magna y la que debería, en justicia, abrirles puertas hasta ahora cerradas a cal y canto.
Jaime Girgado, guitarrista y autor del setenta por ciento del nuevo repertorio de Peeping Toms, es perro viejo –participó en los pioneros Malarians- en la adaptación hispana de los sonidos jamaicanos. Sabedor de que, muy posiblemente, Maximum rhythm and reggae es uno de los mejores discos del estilo realizados por estas latitudes, habla convencido y tratando de ser convincente sobre sus virtudes, entre las que destaca un espectacular sonido. “El secreto está en el estudio –NC Estudios- , donde ya hicimos el anterior y también grabamos con Malarians. El dueño del estudio –Chema de la Cierva- conoce de sobra al grupo y, a la hora de producir, la dinámica fue muy fácil” . Por eso de la modestia, elude señalar su parte de responsabilidad: no sólo compuso la mayor parte del disco, sino que la producción de esta elegante y variada nueva cita para el baile también recayó en sus manos. “En el primer disco queríamos generar un poco de ruptura con todo lo que habíamos hecho antes y buscamos muy a propósito sonar como una orquesta, algo lounge . Se nos quedó, de alguna manera, muy lineal dentro de ese sonido. Sin embargo, ahora hemos intentado darle a cada género su intención y creo que lo hemos conseguido: hay lounge , hay reggae , hay rocksteady , hay versiones, tiene una variación que el primer disco no tenía” . Efectivamente, riegan el paladar con diferentes sabores: del reggae con arreglos de cuerda en la inapelable “Guilty” a la evocación brasileña en “Children da Rua” o en la recreación de “Manha de Carnaval”, mezclado con unas gotas de rhythm'n'blues en “The whistle”, jazz en “False and grind” y unos ejercicios vocales con mucha alma y saber hacer. En “Sometimes the best ones don't win” y en “No mercy”, el cantante, Rubén López, economiza medios y tira de toasting , práctica empleada en muchas grabaciones jamaicanas, con un muy logrado resultado. “Nosotros hacemos música negra de baile, al estilo jamaicano. Nuestro modelo no es imitar a los clásicos jamaicanos sino juntar los elementos que ellos juntaban. Es un proceso de cultura musical, aunque pueda sonar pedante. Para grabar temas de r'n'b jamaicano, procuro escuchar r'n'b norteamericano; para grabar rocksteady , me interesa el soul : Tamla, Stax, el rollo coral” . Y lo que obtienen de ese proceso de búsqueda es tan similar al original, teniendo en cuenta calidad de sonido e intenciones, que cuesta diferenciarlos, lo que es tan positivo como negativo. ¿ Reggae en pleno siglo XXI firmado por un grupo madrileño? ¿No era lo que hacían los músicos negros jamaicanos en los años sesenta? “Lo que copiamos es el proceso de fabricación, no el modelo. Para grabar esto tenemos que recoger las mismas influencias y plasmarlas. Somos nuestros máximos críticos porque amamos la música que hacemos. Sabemos las virtudes y defectos del disco; lo que no te voy a contar son los defectos, pero sé que los tenemos. Es un absoluto cumplido que alguien diga que sonamos a grupo de negros” . Maximum rhythm and reggae nada en aguas elegantes que tienen bastante más fondo de lo que pudiera parecer en un principio: es una incitación al baile, pero con una carga implícita de descontento por la frustración acumulada, en lo personal y en lo público. “El ambiente que queríamos darle era serio. Queríamos plasmar el momento del grupo, con el cantante que se iba a vivir a Suecia, y la dificultad de mantener un grupo en este país: no puedes tener un trabajo compatible con el grupo pero éste tampoco te da suficiente dinero para poder dejar tu trabajo. Todas las letras del disco, ‘Guilty', ‘Rough today', ‘Sometimes the best ones don't win', tratan sobre esa temática. La asociación entre música jamaicana y diversión ya está muy superada. Bunny Wailer –fundador de The Wailers- contaba que cuando grababan en la época del rocksteady las canciones sobre chicas, ‘amor mío cuánto quiero' y esa temática, luego llegaba a casa y dormía en el suelo y no tenía zapatos, y sintió que necesitaba cantar sobre otras cosas” . Con las cartas sobre la mesa, con dos discos largos bajo la denominación Peeping Toms y la trayectoria previa en giras y grabaciones con Malarians y, especialmente, con el magnífico resultado de este disco en la mano, Girgado apunta a la necesidad de crecimiento, de exponerse a un público que no esté convencido de antemano, como única manera de salvar la expresión de un género que parece abocado a la vía muerta. Y eso, aún a riesgo de perder crédito entre los puristas. “Es fundamental salir del círculo. A la gente le gusta si le llega: El Corte Inglés ha utilizado a Desmond Dekker, Levi's a Toots and the Maytals. Esto puede llegar, no es música difícil. El circuito está, es importante y hay que cuidarlo, pero hay que abrirlo. Estamos haciendo música para todo el mundo... Es que los jamaicanos cuando hacían su música no pensaban en skinheads ni en mods , pensaban en gran público, de hecho, toda la base de la música jamaicana eran bandas de baile o cantantes de soul , que no era para nada marginal. Es erróneo el planteamiento de un grupo que, haciendo lo que hacemos nosotros, pretenda quedarse en el ghetto ” . Sin pelos en la lengua, tampoco rebate la afirmación de que en el seno del grupo existe una cierta preocupación estética y unas fuentes de inspiración marcadamente cinematográficas, aunque no sea algo a lo que otorguen especial importancia. Habiendo paseado su mezcolanza rítmica por los festivales de ska más importantes de Europa y con el punto de mira del prestigioso sello alemán Grover situado sobre sus cabezas, Girgado es el perfecto interlocutor para hacer la semblanza de dos músicas bien diferenciadas, en raíz y evolución. “En Jamaica, como en Cuba, la gente vive la música de forma especial. La tienen interiorizada y por eso es distinta. Hay una distancia muy grande entre el rock y la música jamaicana porque en EE.UU y en Europa, a partir de los 60, cuando el rock empezó a ser la música eminentemente juvenil, surgieron grupos de amigos que montaban una banda sin ser profesionales. La sublimación de esto fue el punk, el hazlo tú mismo. En Jamaica la gente hacía música para ganarse la vida, eran profesionales y cantar era una manera de salir de la miseria. Allí empezó a haber grupos realmente a partir de la explosión del reggae , cuando salen de los estudios de grabación los músicos profesionales. La sublimación de esto fue cuando Chris Blackwell cogió a los Wailers para formar un grupo de rock” . Como punto final, le solicito cuatro títulos necesarios a la hora de abordar una música tan inabarcable en toda su extensión como la jamaicana. Su respuesta: Skylarking de Horace Andy, el recopilatorio The best of Clarendonians , My best girl wears my crown. On the beach de Paragons y Dance Hall 63 de King Stitt. Lo dicho, inabarcable. José Durán
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