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Un repaso a la época del rock radikal vasco. Mayo de 2004 Flores en la basura
Josu y Juanma fueron los ideólogos y máximos carismas de una banda con muchísimo carisma. “Demasiados Enemigos” titularon su última obra. Nada más cierto. Llegó un momento en que eran odiados por los “picas” del tren y por las gentes de bien, por la policía y por muchos militantes radicales, por los taberneros de medio Bilbao y por casi todos los músicos, por muchos “punkys” que les consideraban macarras y por muchos macarras que les consideraban “punkarras”. El “Anti Todo” terminó en “Demasiados Enemigos”, no podía ser de otra forma. Ni siquiera ellos mismos estaban unidos contra el mundo. Se odiaban con la misma intensidad que se amaban y se separaban amargamente para después volverse a juntar porque nadie les iba a comprender tanto como el uno al otro: pura esquizofrenia. (…) Josu estuvo con nosotros desde el 77 hasta el 80, es decir, en la época en que éramos un anteproyecto que andaba dando tumbos. La manera de conocerlo ya fue bastante original. Manu, un amigo del instituto que militaba en las Juventudes Comunistas (E.G.K.) me lió para dar una charla sobre rock en la Asociación de Vecinos del barrio de Las Viñas. Yo no me veía dando charlas pero ante su insistencia tuve una idea alternativa: haría una “proyección” sobre la vida, obra y milagros de los Rolling Stones. Mis armas en aquella batalla eran: a) Un montón de revistas musicales. b) Un proyector marca “Ricolor”, en realidad un juguete que resistía desde mi infancia y proyectaba cualquier foto que le pusieras debajo. Mi amigo Manu contaba con captar adeptos para el comunismo y yo esperaba hacer lo mismo para los Rolling Stones (…) Decidí sobre la marcha cometer una pequeña golfería, tomé una imagen muy borrosa de Roger Daltrey y la intenté colar como una más de Mick Jagger. Nadie parecía haber reparado en el cambiazo. Cuando el acto terminó todos marcharon excepto uno. Era rubio, melenudo y con barbas. Llevaba una chamarra roja ceñida con cuadros blancos, unos vaqueros resobados y unas camperas machacadas. Portaba también una guitarra llena de pegatinas, la más grande de todas me puso en guardia enseguida: era la “diana” de los Who. Era la viva imagen de un rockero-macarilla de barrio. Sus ojos azules tenían un brillo de malicia. En efecto, me había pillado. Encontrar entonces adictos a la distorsión no era tan sencillo. Los enganchados al rock & roll nos olfateábamos y nos juntábamos como bestias en celo pero lo de Josu era único. Para contarte tal o cual episodio de la historia de los Who emulaba una por una la puesta en escena de todos los componentes. Recuerdo representaciones entusiastas en el portal de mi casa y vecinos aterrados que creían que le habría dado un ataque de epilepsia. Pete Townshend, Keith Moon, Roger Daltrey y hasta el soso de John Entwistle se reencarnaban en su nerviosa figura, y como buen mitómano, era el doble de espectacular que ellos. (…) A Juanma lo conocía del “Jandros”, antro santurtziarra donde nos dejábamos caer (pura ley del embudo) todos los que disfrutábamos con el rock y sus aledaños. El “Jandros” era heredero del “Club 51” reventado por ETA y acabó precintado por el ayuntamiento ante la presión vecinal, lo que se dice un local maldito. La primera relación fue “comercial”, ya que él trapicheaba esporádicamente y poco a poco fuimos entrando en confianzas. A mí me hacía gracia su desparpajo y a él, me temo, le hacía gracia, sobre todo, mi novia. Juanma era alto, con cara redonda y melenas a lo Jim Morrison --de hecho le encantaba el “Roadhouse Blues”-- pero lo que realmente le iba era la “química”. Para hacer un estudio sobre los efectos de cualquier sustancia, nada mejor que tomar apuntes después de estar con él una tarde. Juanma era de otro barrio heavy de Santurtzi: Kabiezes, por alguna extraña razón, los que bajaban de allí eran auténticos kamikazes del pastilleo, vivía cerca del cementerio y siempre se le notó. Le encantaban los temas escabrosos. En un momento de auténtica crisis en nuestra banda, Juanma y yo nos pusimos a fantasear con la posibilidad de montar otra. En aquellos días estábamos enganchados con los Ramones y pensábamos hacer algo así: fácil, rápido, directo. Josu, que también se dejaba caer por aquel antro, sería la otra pata del banco y también mi amigo de la infancia, Laiki el autostopista, estaría en el ajo. El nombre surgió sin más, porque sonaba “como si vomitas al decirlo”: “Eskor…¡BUTO!”, y después de hacer unas risas con la ocurrencia, Juanma apareció al día siguiente diciendo que había tenido sueños delirantes con el nombre y le parecía perfecto. (…) Pero la mecha eskorbutiana estaba ya encendida y la llama se dirigía imparable hacia el barril de pólvora. Juanma, Josu y Laiki ficharon a un batería de Kabiezes --apodado el “Gu”-- y pusieron en marcha la leyenda. Josu aportaba sus visiones apocalípticas, sus sueños febriles de imposibles revueltas sociales, su orgullo de generación, de barrio y sobre todo, aunque resulte chocante hablando de un grupo punk, su instinto comercial, su extraordinaria capacidad para crear canciones-himno de estribillos contagiosos. Juanma, por su parte, aportaba las pesadillas. La vieja que le atormentaba en su infancia, la tierra dominada por los dinosaurios, los muertos, obsesivamente presentes en toda su obra. La creación del grupo coincidió con la expansión del punk y sirvió de continua inspiración para ellos. De pronto era habitual verles con discos de Plasmatics, UK Subs, G.B.H., Exploited, Dead Kennedys y toda la generación de continuadores de la saga Pistols. Pero el gran drama de Eskorbuto, es que no valían para malos. Lo intentaron con tesón pero no les salía. Si trataban de robar en una iglesia, despertaban a todos los vecinos y acababan en chirona. Si pretendían dar un tirón, la dueña del bolso resultaba ser campeona olímpica y corría más que ellos. Si se colaban en el tren, los guardias jurados les daban pal pelo… para ser los delincuentes juveniles que a veces se creían, les faltaba ese algo más que caracteriza al verdadero canalla, ése que, evidentemente, puede vestir chupa de cuero o trajes exorbitantes. Cuando publicaron la reedición de algunos discos de Desechables y leí la biografía, quedé asombrado de los paralelismos que había entre ambas bandas. Ellos también se fundaron en torno al tasco “enrollado” de turno y también jugaron a delincuentes juveniles cuando, a todas luces, no lo eran. La diferencia está en que a uno de los componentes de Desechables lo mataron cuando trataba de atracar él solo una joyería con un arma de juguete. El dueño de la tienda tenía una de verdad y no se lo pensó. A Josu le gustaba mucho repetir aquello de “todavía nos seguimos riendo”, pero lo cierto es que también, yo diría que sobre todo, sufrieron de lo lindo. La militancia anti-todo les hizo incómodos en todos los ambientes y su rápida adicción a la heroína les llevó a menudo a merodear los ambientes más sórdidos. Moverse con ellos requería mentalizarse seriamente para cualquier tipo de susto. No se cansaban nunca. Podían hacer burla a una pareja de la Ertzantza y echar a correr, meterse en un portal a hacer sus maniobras y encararse con el vecino más malencarado del mundo, entrar en el autobús y dedicarse a comprobar si el martillito de emergencia sirve de verdad para romper el cristal (servía), era un puro sinvivir. En varias comisarías ya se los tomaban a cachondeo. Aquella primera fase de cercanía entre nuestros grupos terminó cuando se largaron a Kabiezes. La familia del Gu tenía una casita deshabitada perdida entre pabellones industriales y allí se instalaron, en un lugar donde podían meter todo el ruido que querían y donde además tenían espacio para rascarse a gusto los huevos. Fue una fase de gran creatividad donde compusieron buena parte de sus canciones legendarias. Pero ni Laiki ni el Gu fueron capaces de seguir mucho tiempo ese ritmo. En sus andanzas callejeras dieron con Paco, que también tenía local y batería en Portugalete y no pararon hasta que le afeitaron la barba. A partir de ese preciso momento Eskorbuto se convirtió en un misil. (…)
(…) Después de la fama inicial, Juanma y Josu podrían haberse retirado a sus castillos de invierno y dejar que los fans se los imaginaran donde quisieran, pero no. Sus aficiones y su estricto sentido de la coherencia, les llevaron a seguir en la puta calle. De esta forma, nuevas hornadas de punkeros, mucho mas enérgicos, radicales y sobre todo, menos quemados que ellos, tuvieron la extraordinaria oportunidad de rular con sus ídolos por la calle y comprobar en directo si eran tan auténticos como los habían imaginado. Insisto, ellos no valían para “malos”, sencillamente no lo eran. De aquella triste etapa de finales de los ochenta, sacaron un balance catastrófico: se engancharon de forma irreversible, destrozaron lo que les quedaba de salud y fueron vetados en casi todos los bares donde pretendían entrar, esto sin contar la innumerable cantidad de palizas que se comieron para demostrar su valor, porque valientes sí eran, demasiado incluso. Durante un viaje a México en 1992 pude observar con asombro cómo decenas de cintas piratas se vendían en rastros y tiendas de música sin que nadie hubiera movido un dedo para que así fuera. Esto puede sonar exagerado, pero doy fe de que entonces, su casa de discos no había dado un solo paso para promocionar ni distribuir a Eskorbuto más allá de Finisterre. La leyenda cruzó el océano sin aparato promocional alguno. En los estertores de su existencia, llegaron a conocer un inmenso pabellón mexicano repleto de fans que coreaban sus canciones. Para entonces Josu era incapaz de moverse de su casa, Juanma y Paco le fueron enseñando las canciones a Iñaki, guitarra de los donostiarras Speed, durante el viaje en avión. Increíble pero cierto. Un capítulo decisivo en su atormentada odisea, fue la detención en Madrid y la aplicación de la ley antiterrorista. “Las Gestoras pro-Amnistía dormían mientras nosotros nos pudríamos”… Corrieron muchos ríos de tinta en su día con este suceso que a ellos les cabreó sobremanera, pero antes de que ocurriera, ellos no estaban alineados con la izquierda abertzale y es muy probable que simplemente las Gestoras pro-Amnistía no supieran que les habían detenido (yo mismo, no me enteré hasta que salieron). Por cierto, antes de que partieran ya hicimos risas sobre el viaje, porque pretender promocionar la banda por Madrid con canciones como “Maldito País España” y “ETA” es lo más parecido que he visto en mi vida a ir buscando un escándalo ¿o no? (…) Los viajes a Madrid de Eskorbuto fueron siempre sonados. Del primero volvieron ya con un contrato con Spansuls Records para grabar aquel legendario “Mucha Policía, Poca Diversión”, lema que fue adoptado por la coordinadora de comparsas de la “Aste nagusia” bilbaína. Poco después actuaron en la gala de “Radio Tres”, a altas horas de la madrugada. Todavía recuerdo el comentario asombrado de Beatriz Pecker: “¡Sí, lo está haciendo, está rompiendo la guitarra!”. De aquel concierto volvieron convencidos de que el punk madrileño estaba plagado de pijos. Más tarde, cuando los componentes de Eskorbuto tenían necesidad perentoria de pasta protagonizaron algunos capítulos insólitos. El elepé “Los Demenciales Chicos Acelerados” fue editado idéntico por dos discográficas distintas y con dos portadas que no tienen nada que ver, caso probablemente único en la historia del rock, ¿la causa?, ellos se llevaron el “master” que era propiedad de Discos Suicidas y lo vendieron a una segunda compañía discográfica sin comentarles (un olvido lo tiene cualquiera) que se trataba de un disco ya editado. (…) Ahora los cadáveres de Josu y Juanma descansan junto a los de mis familiares muertos. (…) El enterrador de Kabiezes me dijo en cierta ocasión que vuestra tumba es profusamente visitada por tribus que vienen de confines increíbles. © Roberto Moso & Discos Suicidas Roberto Moso había publicado, previamente a “Flores en la basura”, “Cuentos y susedidos bastos” en 1993 y también había colaborado en ediciones colectivas como “Bilbao, almacén de ficciones” (01) y “Escribir Santzurzi” (02). Actualmente ejerce como responsable de programas especiales de ETB y colabora asiduamente con “El diario vasco”.
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