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Javier Krahe Galileo Galilei. 29 de enero de 2004 Javier Krahe lleva muchos años diciendo lo que piensa sobre las cosas. Lo ha hecho sin pelos en la lengua y sin decoraciones, por lo que quizá su voz no ha sido escuchada públicamente con potencia. Pero, para quienes no desean dejar escapar la particular visión de este hombre sobre las cosas, actúa todos los meses en la sala Galileo Galilei. El pasado 29 de enero tocó cita después de casi dos meses (ya se sabe: con esto de la navidad) de ausencia. A él se le notaba con ganas de trabajar y a los presentes ansiosos de escuchar las peculiares composiciones de este cantautor. Con ese especial ambiente que transmite esta sala cuando se viste de cabaret (todas las mesas ocupadas y repletas), entre charla y charla se esperaba al protagonista que, sin aires de nada, disfrutaba de un tentempié en la barra antes de salir a escena. Ver a Krahe no supone escuchar a un cantautor corriente, sino encontrarse con una difícil mezcla entre cualquier personaje de la calle y otro que destila la irónica gracia que desprende el humor negro; su lenguaje no es sino un compendio de composiciones ácidas acompañadas de melodías. Krahe no hace, propiamente, canciones, sino letras acopladas perfectamente al ritmo de su palabra hablada. Con mucho humor y purito en mano, subió al escenario acompañado de una banda con la que no duda en compartir risas, comentarios e, incluso, el propio purito. Esta la componían el guitarrita Javier López, el contrabajista Fernando Anguita y un clarinetista que se cambia por un saxofón cuando se requiere: Andreas P. La improvisación con la banda es el fuerte de Krahe: los temas se deciden sobre la marcha y, si se trata de ser puñetero con el respetable, no se aceptan peticiones. Para este maestro (ya son años de experiencia) lo de menos es el repertorio: hay de sobra dónde elegir y se siente que lo importante para quienes van es pasar un buen rato en grata compañía. Tantos años sobre el escenario hacen que se le vea como en la bañera, aunque se mueva con estilo propio y sin dotes para el baile. Habla lento y, con la naturalidad de quien se encuentra en una charla de amigos, va narrando historias cotidianas de vecinos, fábulas literarias, superhéroes o individualidades: el sinfín de realidades o irrealidades posibles que se pueden ver con una mente pícara y divertida. Al escucharle no te encuentras ante una gran voz, pero no hace ninguna falta. Su arma para arrancar las risas de los presentes son las palabras y las melodías, pero, sobre todo, los mensajes críticos. Es agridulce como el pomelo, sin pretensiones, pero con el sarcasmo y el vacile que pone las cosas en su sitio y las llama por su nombre. Krahe tiene entendimiento con la banda y con el público, algo que se agradece cuando se mantiene durante las dos horas que dura su actuación. Muchos le llaman “la antiestrella” porque, desde siempre, ha pasado de las florituras y verdades a medias que ofrece el ambiente musical de “los grandes”. Sin embargo, por la acogida y el buen rollo que deja entre quienes le van a ver, más bien parece un astro que prefiere lucir con ideas propias, cantando y haciendo como y lo que quiere. Gemma Sanz
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