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Dream Theater Cubierta de Leganés. 12 de febrero de 2004 Son considerados los reyes del llamado “heavy progresivo” y, de hecho, muchos afirman que son ellos quienes lo han hecho grande. En un estilo donde no es fácil congregar ni ser reconocido ellos han conseguido ambas cosas. Dream Theater lleva más de quince años haciendo música y su producción ha pasado por más altos que bajos dentro del público y la crítica. Ahora tiene nuevo disco en el mercado, “Train of thought”, y su consecuencia lógica era una gira para presentarlo ante el público español. Lo suyo, para congregar a fieles y curiosos, era un sitio como la Cubierta de Leganés, que logró lleno pero sin asfixiar al respetable. Si alguna otra vez que el grupo ha venido a presentar disco decepcionó tocando sólo temas del último trabajo esta vez hicieron lo contrario. La gente se frotaba las manos ante las noticias frescas de su concierto en Barcelona; se anunciaban tres horas del sonido duro de estos neoyorquinos… ¡y vaya si cumplieron! Puntales a su cita, y sin teloneros, empezaron a tocar a las nueve. Aunque la formación ha pasado por varios cambios, algo ha permanecido en la esencia de este grupo: todos sus componentes son considerados auténticos monstruos haciendo su trabajo. Y de esta “genialidad” deriva su forma de entender los directos. Para impresionar de primeras, las imponentes tomas que permitían ver el deslumbrante kit de dos baterías de Mike Portnoy o los teclados giratorios de Jordan Rudess (que dieron para mucho en esta cita), todo ello aderezado con imágenes de sus vídeoclips o pura psicodélica. En resumen, mucho espectáculo de imagen y luz que acompañó un recorrido por la mayor parte de su discografía que, también en Madrid, se fue hasta las tres horas de duración. Recordaron el primer álbum que les dio la fama (“Images and words”), tomaron cosas del doble “Six degrees of inner turbulence”, no olvidaron temas clásicos para sus seguidores (“The spirit carrie on”) y, lógicamente, también tocaron todos los temas de su último trabajo, entre los que destacó, por su apoyo popular, “Endless sacrifice”, todo un ejemplo de fusión y ejecución de esta banda en su lado más progresivo. Tal y como anuncian con su nombre, el “Teatro de los sueños”, el modo de disfrutar de este quinteto recuerda, más o menos, a una función teatral, con descanso incluido de quince minutos para que todos repongan fuerzas. La pasión que sus miembros ponen sobre el escenario es trasladada también a quienes les ven, aunque éstos la exhiben un poco más comedida. Dream Theater son buenos haciendo tronar, son heavy en descarga, pero su público, más que menear las melenas, mira atento, o quizá hipnotizado, a cada uno de los músicos. Todos los miembros de esta formación, ya sea por separado o en conjunto, han sido tachados de virtuosos y la verdad es que cada uno de ellos ejecuta su instrumento, como poco, con maestría. Poca gente duda ya de que poseen una peculiar forma de entender la música y por ello sus composiciones son particularmente largas. Ninguna baja de los diez minutos y, evidentemente, ni la potente voz de James LaBrie es capaz de aguantar. El resultado es mucho componente instrumental, como una degustación de sesiones, algo que puede merecer la pena aunque sólo sea por poder ver a un guitarrista como John Petrucci (canela fina ). Al grupo también se le puede reconocer un gusto para componer baladas como pocos, ya que saben sacar con clase el lado más tierno de la dureza del heavy. Un ejemplo de su último trabajo “In the name of God” logró, con motivo, más de un mechero en el aire. No se puede negar que el concierto fue muy largo, pero tampoco que la gente fue capaz de resistirlo y acabar, más de uno, con sonrisa de satisfacción. El sonido, en esta ocasión, y a pesar del recinto, no defraudó. El grupo se despidió sin parafernalias y con un tema clásico en sus giras (“Metropoli”) acompañado con imágenes de su metrópoli por excelencia: Nueva York. Algo es seguro: no supo a poco a quien pagó. Gemma Sanz
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