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Villarrobledo. 30 de abril de 2004. En la jornada del viernes, por suerte, la lluvia nos dio cierta tregua en comparación con lo que acaecería al día siguiente. No hizo lo mismo el frío, si bien, para paliarlo, Forraje abría con todo su calor la novena edición de Viña Rock desde el escenario principal. El grupo luchó dignamente con un ambiente aún poco poblado y mostró las mismas ganas que, a parecidas horas, algunas ediciones atrás lo hicieron Marea, sus actuales “padrinos”. Tras ellos en aparecían ese mismo escenario Silencio Absoluto, constantes y frecuentes luchadores en festivales, que dejaron patente su arraigo por el rock condimentado con motivos urbanitas. Evaristo, en compañía de sus amigos, mostró en The Meas un calentamiento previo de lo que, al día siguiente, supondría su actuación con Gatillazo, dejando patente que La Polla estará presente en su cuerpo aunque se cambie de sexo. El grupo Los Suaves provocó inquietudes con su descalabrado sonido, pero fue contrastado por el inigualable y esperado show de su cantante Yosi; su actuación fue celebrada por el público como si fuera un dulce amargo. Medina Azahara volvió a brindar su alegría un año más con un estupendo estado de forma, comprimiendo su extenso catalogo de éxitos en un popurrí tras agotar las cuerdas vocales de sus seguidores. Barricada cerró el escenario y la jornada con un rotundo éxito, destrozando lo poco que quedaba en las gargantas y en las piernas de quienes allí llevaban horas. El escenario heavy lo inauguró Dreamaker mostrando el nuevo proyecto metálico de Elisa, ex Dark Moor, con contundencia vocal y musical. Los lugareños Centinela lucieron vocalmente con un sonido heavy aún más clásico que el de sus predecesores. Stravaganzza mostró con éxito el extraño proyecto de estudio del joven cerebro en orquestaciones Pepe Herrero en el que intervienen la mitad de los músicos que tocan en Saratoga. Los brasileños Shaman pusieron el tinte internacional recordando la anterior etapa de sus integrantes en Angra y destaparon sus clásicas influencias con doble versión de Ozzy Osbourne. Bella Bestia sembró el festival de glamour tras muchos años disuelta, con maquillaje, pirotecnia, sonido ochentero y una ilusión que muchos no supieron entender ni tan siquiera enfocar desde su raciocinio comprensivo. Los conciertos del segundo escenario, solapando en horarios al encuentro metálico, permitieron ver cortos pildorazos de unos Sidonie absorbiendo la atención de quienes buscaban la diversión en sus paranoicos shows. La rapera Mala Rodríguez ilustró con rimas su arte macarra contando con la suma atención de los asistentes. Dover provocó el desenfoque del gentío que gusta de descargar adrenalina al fundir su espíritu y conciencia con el arrollador ímpetu que pone en escena el cuarteto. Finalmente, Macaco hizo contraer los músculos de quienes, entre percusiones festivaleras, disfrutaban los penúltimos despuntes de la jornada. Raúl García Villarrobledo. 1 de mayo de 2004. Inaugurábamos la segunda jornada del festival con una lluvia persistente y un cielo encapotado que, a primera hora de la tarde, no contribuía a que demasiada gente se concentrara delante del escenario donde El Tri, ese viejo buque insignia del rock mexicano, se curraba un bolo a base de rock’n’roll clasicote. Mientras nos recolocábamos en el amplio espacio (este año afortunadamente pavimentado, lo que evitó que se convirtiera en un autentico lodazal), nos cerciorábamos con decepción que la organización había suprimido esta vez la carpa-bar común que, en ediciones anteriores, servía en la zona de backstage a periodistas, músicos, fotógrafos, técnicos, managers, conductores, pipas, promotores y demás faranduleo, la que permitía el sano y necesario intercambio de saludos e informaciones, de contactos y planes de trabajo… Esta vez estaba por un lado una zona habilitada (y lejana) para los periodistas y ruedas de prensa y, por otro lado, los lógicamente herméticos e inaccesibles camerinos, algo que dificultaba la interacción propia y típica de este festival. En fin: detalles entre bambalinas. En la amplia explanada, los tres escenarios principales se situaban en fila (el de hip hop estaba aparte), lo que permitía acudir de un escenario otro con rapidez y comodidad. El respeto de los horarios fue encomiable, así como la colocación en tres hileras de las carpas-bar donde la gente le podía dar al beberbecio y a la zampa con más facilidad. En escena, Gatillazo concentraba todas las miradas, pues había ganas de ver a Evaristo sin La Polla (ya la jornada anterior había tocado con The Meas) y la expectativa era grande. A medida que transcurrió el pase se desveló el misterio: Gatillazo es la banda que recoge el legado de La Polla tal cual, cambian las veteranas caras que otrora acompañaran al más descastado e irónico showman del punk ibérico por otras más jóvenes, pero el sonido y el repertorio son los de la mítica banda de Aguráin. Evaristo cumplió con la acostumbrada solvencia, cara desencajada y característicos y epilépticos movimientos para, en cualquier momento, sacar conejos de la chistera (por ejemplo el “Txus”) y hacer bailar al numeroso público. Inmediatamente después salía Josele Santiago, quien, casi a capella, se merendaba de primeras la versión de Chavela Vargas “Con las manos vacías”. Tiene Josele voz y actitud, pero le sobra timidez para ser un corner, así que, en cuanto agarró la guitarra, se acomodó en su posición de “songwriter” y se explayó con un corto concierto, intenso y acojonante, donde se pudo disfrutar de la enorme calidad de matices que aportan los músicos de su banda (en la recta final, el gran Pablo Novoa estuvo sobradísimo con las seis cuerdas). No hubo de abrevar Josele en el cancionero de Los Enemigos, remitiéndose con esmero a su primer trabajo en solitario, ejecutado con sobriedad y empaque, sonando de la hostia y siendo más rockeros que en el disco, aunque sin olvidar los castizos devaneos con el swing y el jazz. Antes de que acabase Josele ya había salido a actuar en el escenario de al lado Ska-P lo que, por unos minutos, hizo que ambas actuaciones se deslucieran dado que la música de unos y otros se entremezclaba. Una vez solitos en el espacio sónico, el grupo de origen vallekano y vitamínico ska lució el desencanto proletario de sus letras con jolgorio y festividad en un show efectista y bastante coreado. Una hora y pico después, Kiko Veneno estaba llegando al punto final y álgido de una actuación con sobrados motivos para seguir con interés e innegable degustación. En dicho punto, se le cortaba tajantemente desde la mesa de sonido porque Fito empezaba en el escenario de al lado. Un detalle feo (se trataba de esperar a que acabase Kiko, que ya se estaba despidiendo) que ensombreció el final de un concierto donde el padre de toda una manera de hacer y entender el flamenco pop había demostrado que, por encima de todo, lo que valen son las canciones, siendo innegable el balsámico poder de esas composiciones que pueblan discos tan clásicos como “Veneno” o “Echate un cantecito”. Si la memoria no engaña, el mismísimo Tomasito se paseó por el escenario bailando con “enzarpado” arte. Continuó la fiesta con Fito, que lo tenía todo ganado de ante mano: las excelentes ventas de su nuevo disco y una banda que sabe sonar encima de un escenario le hicieron pasearse con sobria lucidez por sus canciones de rock a medio tiempo hasta recalar, sin complejos, en toques de swing o country. En un momento del repertorio se pudo ver en el escenario un par de rappers (no nos llegamos a enterar de quiénes eran). Después, Albert Pla, que bordó con malévola sabiduría y escuetos medios su trozo de actuación acompañado apenas de un guitarrista flamenco y una DJ que, puntualmente, scratcheaba ritmos industriales, tomó canciones de todo su repertorio y presentó como sorpresa a Raimundo Amador, que salió a escena para hacerse la versión de Lou Reed retitulada “Por el lado más bestia de la vida”. La cosa con Albert acabó “a capella”, cantando todos esa historia con la que inauguraba el disco “No sólo de rumba vive el hombre” y en la que un niño pequeño ahogaba a su hermano menor en la playa. Acabado el vitriólico cantautor le llegaba el turno a uno de los grupos más esperados del evento: Marea. La banda está viviendo su particular momento dulce (y, a juzgar por los resultados, ¡lo que le queda!) y sus miembros demostraron que lo que hacen no tendrá misterio, pero que le sobra encanto y credibilidad a raudales. Kutxi asume con calculada naturalidad su papel “jefe gitano” (indumentaria incluida) y, mientras domina el escenario con aplomo, deja que la fiera se desate tras él: Cesar, Piñas, Kolibrí y Allen aprietan los dientes y remachan cada canción con el blindaje propio del rock urbano ejecutado con pasión y convicción. Las canciones del recientísimo “28000 puñaladas” ya se han memorizado como las de los discos anteriores, lo que hizo que todo el concierto fuese coreado de pe a pa. Mención especial mereció la lorquiana “Ciudad de los gitanos”, que se resolvió con un emotivo “todos a una” entre banda y público que puso una de las notas álgidas del festival. Tras los de Berriozar era el turno de Raimundo Amador, sobradamente correcto en un concierto que supo a poco y en el que destacó, de nuevo, la labor de Pepe Bao a las cuatro cuerdas. En un momento dado Raimundo llamó a Kiko Veneno, pero éste no subió a escena (¡lástima! Por lo visto en camerinos habían estado canturreando algo juntos). El frío, que venía de la mano de la noche, nos hizo salir al coche a por chupas y perdernos la actuación de Sôber, a los que sólo pudimos ver con el Sherpa, que había subido a cantar con ellos un tema de sus “barones”. Después llegó Pereza, que, con evidente vocación “tequilera”, salió a disfrutar y hacer disfrutar: letras que adolecen de cierta banalidad pero que sus componentes defienden con una actitud fresca y desenfadada, muy de agradecer. Si no nos falla la memoria, versionearon a Barricada con bastante acierto. Finalmente, Barón Rojo cerraba esta edición del “Viña Rock”. La voz tuvo continuos altibajos (cuestión de sonido, pero también de garganta) y fue lo que restó eficiencia al concierto. Lo mejor fueron los temas en los que sacaron sección de vientos: aquello les dio un saludable aire al Frank Zappa más guitarrero de los 70. El “Resistiré”, por ejemplo, fue, simplemente, cojonudo. Acabadas las actuaciones aún hubo tiempo de embarrarse bien en las carpas que habían servido de base para el hip hop y, mientras unos meneaban el último palmito con la sesión rap del DJ de Wu Tang Clan, otros apuraban el último calimocho con el punk y rock estatal que pinchaba Chema Gallego, agotando fuerzas pero a sabiendas de que al día siguiente aún quedaba la fiesta de despedida del festival. Kike Babas & Kike Turrón
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