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Tangerine Dream Aqualung. 22 de abril de 2004. Dentro de los terrenos electrónicos, en los 90 ocurrió una cosa sumamente curiosa: a la hora de reivindicar a precursores, casi todo el mundo coincidió en el nombre de Kraftwerk y en el de… nadie más; todo el concepto electrónico y planeador europeo fue despachado con un riguroso olvido entre los músicos más contemporáneos. El hecho puede parecer injusto, aunque… es ley de vida. Tangerine Dream fue uno de esos nombres que, entre el público español, desapareció casi por completo a pesar de que sus esquemas musicales fueran repetidos hasta la saciedad por las nuevas modas del chill out y el trance. Tangerine Dream volvieron a visitar España y lo hicieron como de puntillas, con menos público que el bar de al lado y con más nostálgicos cuarentones entre el público que chavales jóvenes ávidos de conocer a los inventores del pastel. Ellos, con una pose absolutamente germánica, cumplieron y se fueron. Supongo que en algún momento se preguntarían cómo clónicos de su estilo, como Orbital, pueden tocar en festivales multitudinarios mientras que los genuinos Froese (los dos hermanos que generan la última encarnadura de Tangerine Dream) apenas congregan a cuatrocientas personas. El show de Tangerine Dream tampoco es (no ha sido nunca) tan espectacular como el que utilizan sus sucesores. Esta pareja, que ahora se muestra acompañada por una percusionista femenina, pone las lucecitas necesarias para ver sus aparatos y, con pulcritud y moderación, sugiere una puesta en escena que no distraiga demasiado al oyente. A partir de ahí los hermanos empiezan a tocar cachivaches, girar botones y hacer subir y bajar potenciómetros. Lo que sale por los altavoces es, casi siempre, esa serie de sonidos espectrales de corte espacial que, actualmente, están presentes en nuestra vida diaria hasta en los anuncios de bocadillos. Para quien los veía por primera vez hay que admitir que el ambiente gélido que destilaba la sala no acompañaba lo más mínimo. Para quienes ya los vieron en sus visitas anteriores y lejanas lo más sorprendente era comparar la nimiedad de equipo que hoy es necesario para hacer lo que antaño necesitaba verdaderas toneladas de aparatos. El resto no había cambiado demasiado: ni los Froese necesitan juventud para moverse en el escenario (no se mueven) ni el show había aprovechado los avances de vídeo con los que se puede disfrutar ahora. Resultó un poco soso, casi triste. E.P.
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