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Paul McCartney

La Peineta. 30 de mayo de 2004

Si actualmente hay un concierto que pueda tildarse de “previsible” ése no es otro que el de una estrella de 60 (o de los 60, que viene a ser lo mismo) que toca en un estadio tras una ausencia de quince años. Se puede poner ahí el nombre que se quiera, y el de Paul McCartney no es una excepción. En la actualidad, estos conciertos son una exhibición de tecnología audiovisual que toma como modelo los especiales televisivos: pantallas de vídeo a mansalva, clips específicos para cada canción y un repertorio de grandes éxitos con interpretaciones medidas para no jorobar la programación de todo el invento.

McCartney apareció en escena después de una curiosa actuación de zancudos, go gós, globos, banderas, saltimbanquis y breakdancers ataviados en plan de edad media. Luego desplegó sus ¡17! pantallas de vídeo y comenzó el show. Y éste resultó tan agradable como se presumía salvo cuando al bueno de Paul le daba por hablar: leía las frases en castellano y luego ponía cara de no haberse enterado de lo que había dicho. Pero daba igual: la gente quería ver también esas caras y esas muecas ampliadas hasta el infinito por las pantallas de última tecnología. El rostro de “Macca” parece no cambiar con el paso de los años y aún conserva esos rasgos que no envejecen gracias a los buenos cuidados cosméticos.

Paul se había tomado este tour como un homenaje a los Beatles, cosa que no extraña nada porque es lo que hace casi siempre. De ese modo, desempolvó canciones que no ha interpretado en otras giras, realizó homenajes a John (“Here today”) y a George (“All things must pass”) y, puntualmente, dejaba en el aire uno de sus clásicos para poner el estadio bocabajo. Tuvo un momento excesivamente relajado cuando, con la guitarra acústica, se marcó seis temas seguidos en un plan de lo más ñoñete. Pero eso también agradaba a un público que se mostró entregado y participó de lo lindo cada vez que pudo.

Momentos reseñables del concierto fueron un “Hey Jude” que hizo de La Peineta el coro más grande del mundo, un “Live and let die” acompañado de fuegos artificiales perfectamente cronometrados, la parte nostálgica de “Yesterday” y “Let it be” (mecheros a montones encima de las cabezas del público) o un “Band on the run” que recordó en las pantallas la macrogira de “Wings over America”. La gente también se dejó sentir con “I saw her standing there” o en “Get back”, piezas que, junto a “Back in the U.S.S.R.”, fueron lo más rockero de la noche. Aparecieron, cómo no, el lirismo de “Eleanor Rigby” o la melódica sencilla de “We can workin’ out” o “All my loving” y, con ellas y unas cuantas de sus compañeras, Paul dejó el mensaje de que el pop británico sigue bebiendo de las pautas que, tanto él como sus compañeros de los Beatles, dejaron en la música hace cuarenta años. El mensaje podía también ser recogido por tantos y tantos grupos de talante “indie” que, en el fondo, lo único que hacen es copiar lo que es el “Quijote” de la música pop.

“Macca” es, además, consciente de que su público no quiere sorpresas renovadoras: cuando utiliza a la banda (prácticamente escondida en aras de la brillantez del vídeo) clona literalmente aquello que fue publicado en su día en los discos de estudio; y, cuando interpreta con la acústica o con el piano, hace lo propio con lo que él mismo plasmara en sus abundantes álbumes en directo. En los vídeos no repara en recuperar imágenes de su grupo legendario o presentar trabajos que recuerdan a lo naïf o lo psicodélico: todo en un perfecto embalaje que engatusa con gusto a un público mayorcito y que, en muchos casos, hasta asistió en cohorte familiar.

Dos horas de espectáculo resultón y tremendamente catódico con un repertorio en el que abundaron clásicos incontestables. ¿Se puede pedir más cuando se habla de Paul McCartney?

E.P.

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