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Festimad

Móstoles. 28 y 29 de mayo de 2004

Daba gusto escuchar que la celebración de este festival se va haciendo “monótona”. Ello se refiere a la tranquilidad con la que todo se desarrolla, al excelente comportamiento de la enorme mayoría del público y a la ausencia de incidentes reseñables. Festimad se está convirtiendo, con el tiempo, en una cita habitual que, cada año, mejora en la organización y se hace más cómodo de disfrutar. Lo más reseñable de este año era el cartel: poco convincente para muchos y “nada comercial” en opinión de los organizadores. El mismo estaba decantado en dos fases muy concretas que diferenciaban los dos días de celebración del evento: el primero, con poco público en los escenarios y con una edad media entre el público que rozaba lo “madurito”; el segundo, con mucha mayor respuesta durante todo el día y con la abundancia juvenil que ha caracterizado al festival otros años. No era raro: el viernes reinaba Patti Smith, iconografía viva de los años 70, y el sábado Korn, abanderado de las nuevas tendencias metálicas.

Ante los cabezas de cartel, el resto de los participantes parecían medianías, aunque no siempre lo eran. Ahí estaban, como escondidos, grupos como Jet (mejores en este entorno que en las salas cerradas), Kannon (metálicos gallegos que dejan claro que los de fuera no son tan superiores), Tokyo Sex Destruction (el rock’n’roll acelerado y guitarrero sigue siendo un plato excelente para este tipo de eventos) o Coronas (no les benefició el horario pero inundaron el parque con su surf rock). Ben Harper cerró el escenario principal el primer día, mostrándose digno en sus quehaceres y borrando la imagen que había ofrecido en sus últimas visitas a Madrid. Pixies, uno de los grupos más esperados por su flamante y reciente reunión, dejó satisfechos a quienes quisieron poner una equis en sus agendas en la lista de “leyendas vistas tras la resurrección”. Mención aparte merece el escenario B-Core, un amplísimo escaparate para los grupos que graban en este sello catalán que últimamente se ha caracterizado por tener un excelente criterio a la hora de elegir. Unfinished Sympathy, Maple, Standstill o Madee fueron algunos de los protagonistas de la carpa que acogía dicho “escenario especializado”.

Patti Smith fue, con mucho, el plato de gourmet del festival, pero dejó sabor agridulce al limitarse su actuación a los casi consabidos cuarenta y cinco minutos que generan este tipo de programaciones. Dejó claro su apoyo antimilitarista, retrocedió en el tiempo con melodías básicas de los 70 e interpretó también un par de piezas de su trabajo más reciente. Su fuerza escénica sigue siendo impresionante y su voz ha ganado con los años al saberse contener sobre el escenario. Al final… gestos de nostalgia en el público y conversaciones sobre la enorme lista de canciones que, por tiempo, no se llegaron a escuchar.

Korn fue la cara opuesta de la moneda; una explosión de sonido incontenible que arrancó saltos en cuanto encendió la luz. Los norteamericanos ya han demostrado tener un hueco dentro de la actual escena y, para bien o para mal, dejan claro que no crecen. Sus canciones abundan en la intensidad y en la comunicación y su show es lo suficientemente lineal para que quien aún no está convencido no se deje convencer. Al mismo tiempo, Korn ofrece a su público lo que éste desea: sudor y energía a mansalva, algo que no faltó en esta cita.

Al final, el resumen artístico puede quedar un poco escaso, pero no resulta raro dado que Festimad se caracteriza por estar muy en la actualidad de lo que genera la música. Estos dos últimos años no han sido excepcionalmente brillantes a la hora de proponer nuevos artistas y determinados géneros musicales se muestran casi agotados sin exponer direcciones de continuidad. Festimad no hace sino enseñarlo poniendo sobre sus escenarios aquello que resulta más relevante y recuperando, para la memoria colectiva, determinados conciertos que cualquiera, en su sano juicio, debería ver al menos una vez en la vida.

Redacción

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