Los últimos días de John Lennon publicados
por Reservoir Books. Febrero de 2004
Nowhere
man
“Nowhere man (Los últimos días de Lennon)” (Reservoir
Books, Barcelona) es un trabajo de investigación obra de Robert Rosen. En
él se retrata, en capítulos cortos, la vida de un mito en bata y zapatillas
de casa, un maniático convulsivo que comparte cabeza con sus delirios de grandeza
y su paternidad. La obra tiene 240 páginas y ha sido traducida por René Portas
apareciendo en la calle en formato de bolsillo. ¿Que sea verdad o que no todo
lo que aquí se cuenta? A estas alturas ni el Mahavishnu lo sabe. Un libro
curioso lleno de curiosidades del que aquí ofrecemos algunos momentos escogidos
por su representatividad.
Veinticuatro horas después de que John Lennon
fuera asesinado, el 8 de diciembre de 1980, su ayudante personal Fred Seaman,
un íntimo amigo mío, vino a mi apartamento. Estaba visiblemente consternado,
con los ojos inyectados de sangre y las lágrimas corriendo por su cara. Había
trabajo por hacer, dijo. El verano anterior, durante una larga estancia en
las Bermudas, John le había dicho que si algo le pasaba, era tarea de Seaman
escribir la verdadera historia de sus últimos años. Esta no sería el cuento
oficial de un hombre hogareño feliz, excéntrico, que criaba a Sean y horneaba
el pan mientras Yoko manejaba el negocio familiar. Al contrario, sería la
historia de una superestrella atormentada, prisionero de su fama, encerrado
en su recámara, que desvariaba sobre Jesucristo mientras una comitiva de sirvientes
atendía cada una de sus necesidades.
(…)
Tras la muerte
de Lennon, Seaman fue promovido a asistente ejecutivo de Ono. Estaba al mando
del Dakota, y empezó a darme la materia prima que yo necesitaba para escribir
la biografía: cintas de audio y de vídeo inéditas que Lennon había grabado,
fotografías y diapositivas que Seaman había tomado en el transcurso de dos
años, y notas que John había escrito describiendo los encargos y servicios
diarios de Seaman.
En mayo de 1981, Seaman me dio los diarios
de Lennon.
(…)
El lo apuntaba
todo: cada detalle, cada sueño, cada conversación, cada bocado de comida que
se llevaba a la boca, el flujo perpetuo de la conciencia. Y todo era una enorme
contradicción. Ahí estaba un hombre que aspiraba a ser como Jesús y Ghandi
mientras anhelaba dinero y placeres carnales.
(…)
El 9 de febrero
de 1982 volé a Jamaica. Cuando regresé a Nueva York, el 27 de febrero, mi
apartamento había sido saqueado. Todo en lo que yo había estado trabajando
--los diarios, las fotocopias de los diarios, las transcripciones, el manuscrito,
las cintas, las fotos-- se lo habían llevado. No había señales de una entrada
forzada. Había sido Seaman, él tenía llaves. Sólo entonces comprendí que prácticamente
todo lo que Seaman me había dicho sobre el porqué del proyecto era mentira.
(…)
El 16 de agosto
fui al Dakota para ver a Sam Havadtoy, el novio de Ono. Le dije todo lo que
sabía. Un mes después vi a Ono en persona. Cuando convine en permitirle leer
mis diarios personales, me puso en su nómina. Al día siguiente le presté los
16 volúmenes de mis diarios. Estos cubrían más de tres años, desde el día
en que Seaman fue contratado hasta el día en que yo me había ido a Jamaica.
Ono utilizó la información de mis diarios para hacer arrestar a Seaman y recobrar
sus pertenencias. Seaman se confesó culpable de latrocinio y fue sentenciado
a cinco años de libertad condicional.
Sólo ahora, mientras este libro se va a publicar,
se ha sometido a discusión la devolución de mis diarios, que Ono ha retenido
por 18 años.
“Nowhere man” es una obra de periodismo de
investigación e imaginación. He usado mi recuerdo de los diarios de John Lennon
como un mapa hacia la verdad. Pero no he usado el material de los diarios.
(…)
John
tenía sentimientos contradictorios sobre su cabello. Era una relación amorosa
de “ahora sí” y “ahora no”. Durante semanas lo ignoraba, dejando que la caspa
y la grasa se acumularan hasta niveles alarmantes. Entonces se despertaba
una mañana y decidía que le gustaba su cabello de nuevo. Empezaba a cuidarlo
meticulosamente, lavándolo con champús macrobióticos, acondicionándolo con
aceites y cremas costosas.
Solía dejar que su cabello creciera y se
hiciera inmanejable sólo porque odiaba ir al barbero. No confiaba en éstos.
Hasta los más “célebres” tendían a abrumarse con él. Parecían más preocupados
por conseguir un autógrafo que por concentrarse en el trabajo. Tenía miedo
de que lo echaran todo a perder con un corte grotesco y después escribieran
un artículo sobre eso para el “Enquirer”. Era un verdadero problema. John
perdía el sueño cuando tenía cita con el barbero. Una vez le mencionó a David
Bowie que quería cortarse el cabello, pero no sabía adonde ir. Bowie le recomendó
a su estilista personal y le concertó una cita. El día que iba a cortarse
el cabello, John entró en un estado de aguda ansiedad. Entonces, para su gran
asombro y alivio, le hicieron un corte de cabello con el que quedó feliz.
Después de ducharse y escoger un estilo de
peinado, era tiempo de vestirse. Suponiendo que no pusiera un pie fuera del
Dakota, que era comúnmente el caso, John se ponía unos jeans y una playera
o una camiseta de polo. Su playera favorita era una roja con el Gran Sello
de Estados Unidos, el símbolo francmasónico que se encuentra en los reversos
de los billetes de dólar y en los letreros de entrada de los pabellones psiquiátricos.
Le gustaba la pirámide “del ojo flotante” mágico.
Si John quería salir, checaba con “Madre”.
Yoko casi siempre se despertaba antes que él, comúnmente alrededor de las
cinco. Ella no necesitaba dormir mucho. Normalmente, se quedaba abajo en su
oficina, el Studio One, la mayor parte de la noche, dormitando a intervalos
en el canapé y haciendo llamadas de negocio a Europa y a Japón, o tramando
su siguiente movida con su lector de cartas de tarot y consejero de negocios,
Charlie Swan, a quien John llamaba “el Oráculo”, o simplemente el “O”. Si
Yoko no estaba en su escritorio cuando John se despertaba por la mañana, él
sabía que estaba en el centro, en Soho, reunida con el O.
(…)
Rich y Greg
Martello habían tenido suerte. Eran unos hermanos adolescentes de Queens,
fanáticos de primera magnitud de los Beatles. (Uno de ellos tenía un ligero
parecido a George Harrison.) De algún modo, se las ingeniaron para colarse
en el Dakota y emboscar a John en el vestíbulo exterior de su apartamento.
Le pidieron un autógrafo, y él los puso a ambos en la plantilla como asistentes
personales.
Sin contar a los psíquicos, todo el tiempo
había cerca de una docena de sirvientes de tiempo completo en la nómina: institutrices
y asistentes de institutrices, cocineras y amas de casa, un hombre llamado
Mohammed que se arrastraba todo el día sobre sus manos y rodillas puliendo
los pisos, un jardinero llamado “Arbol” que atendía las plantas de la casa,
incluyendo el árbol del dinero, una manada de topos que era despachada por
las tardes a traer sushi y sashimi, y un surtido de asistentes administrativos
y personales. La mayor parte de éstos tenía el status de una pieza útil dentro
de una maquinaria, y era sustituida con frecuencia; era raro que alguien durara
más de tres años. La primera regla de John y Yoko respecto a los sirvientes
era: no dejes que nadie se haga indispensable. Si alguien se hace indispensable,
despídelo.
(…)
Solamente en
el Dakota, además de sus espaciosas habitaciones, la oficina y el apartamento
de reserva para los visitantes, John y Yoko tenían dos extensas despensas
en el sótano, y dos apartamentos enteros que utilizaban exclusivamente como
almacén. Guardado en esas 28 habituaciones había ropa cara, equipos electrónicos
y estéreos, instrumentos musicales, arte y antigüedades, y archiveros que
se desbordaban en papeles y correspondencia desorganizada de los viejos tiempos
de John con los Beatles. Nunca utilizan ese material, solamente lo acumulaban.
John siempre estaba dibujando pequeñas historietas
en trozos de papel. Las dejaba tiradas por la casa. Algunos sirvientes se
las robaban y las vendían en las convenciones de los Beatles. Entonces, cuando
la siguiente convención llegaba a la ciudad, Yoko despachaba a un topo para
que comprara toda la memorabilia de Lennon a la vista, incluyendo las historietas
pequeñas que otro sirviente (ya despedido) había vendido en la convención
anterior. Todo eso sería almacenado y olvidado.
John y Yoko tenían muchas posesiones diferentes
en muchas casas, habitaciones y bóvedas, era imposible llevar un registro
de todo. En la mayoría de los casos, cuando algo era robado, ni siquiera lo
notaban. Cuando más, el número de personas con acceso al arte más valioso
y a las antigüedades era limitado.
Básicamente, cualquiera que trabajara para
John y Yoko por un largo periodo de tiempo iba a hacer dinero con ellos de
una u otra forma. Era inevitable, y John lo hallaba desmoralizador. “¡Me está
dejando sin dinero!”, gritaba una y otra vez en referencia a algún sirviente
ladrón.
Los ladrones más descarados salían con los
estéreos y los aparatos de TV a color. Una vez, un ama de casa se adueñó de
unas pieles de Yoko que valían varios miles de dólares, después renunció.
La pérdida no fue descubierta durante dos semanas. Después llamaron a la policía,
pero nada pudo ser probado y el asunto fue abandonado.
(…)
Era
1963 y los Beatles estaban entre bastidores en una sala de conciertos, en
algún lugar del norte de Inglaterra, programados para salir en quince minutos.
John no recordaría exactamente dónde estaban, quizá en Manchester, quizá en
Sheffield… ya no importaba realmente. La beatlemanía ya estaba fuera de control;
todo estaba. Sentado en el camerino con los otros, mientras rasgueaba su guitarra,
John sintió una repentina necesidad de coger inmediatamente --algo que hiciera
temblar sus rodillas--, y despachó a Neil Aspinall, el “road manager”, para
que le trajera a la rubia más cercana, de preferencia una de tetas grandes.
Unos instantes después, Neil regresó con la muchacha. Estaba un poco borracha
y no sobrepasaba los 17 por más de un día y apenas con un día sobre los 17
--exactamente lo que John quería--. El no dijo una palabra; simplemente la
puso contra la pared, hurgó debajo de su falda, le arrancó las bragas, se
sacó la verga y se la metió. Pero cuando la sacó, la sangre manaba de la cabeza
de su verga y todos se estaban riendo. John estaba horrorizado. Se había lastimado
una membrana del prepucio.
“¡Maldita vaca! --grito a la pasmada muchacha--.
¿Qué le hiciste a mi maldita verga?”
John iba a abofetearla, pero Neil lo refrenó.
“Sal y toca tu pinche guitarra, cabrón”, dijo, dirigiéndolo gentilmente hacia
el escenario, los otros ya estaban fuera, esperando.
“Nunca cogeré de nuevo”, gimió John, metiendo
su verga sangrienta dentro de sus pantalones y caminando hacia el escenario,
hacia las fauces de la multitud chillona.
© 2003 Robert Rosen, © 2003 Grupo Editorial
Random House Mondadori, S.L., © René Portas, por la traducción
Más de los Beatles

•
Este mes nos han llegado dos obras más que tratan también sobre los protagonistas
del cuarteto británico más exitoso de la historia. Son, en concreto, “Los
Beatles día a día”, de Barry Miles (Ma Non Troppo), y “Paul McCartney. El
día a día de un fabricante de melodías”, de Juan Manuel Escrihuela (Milenio).
Ambos libros parten de la misma estructura: un calendario o agenda en el que
se van recogiendo todas las actividades de los protagonistas. En el libro
recopilado por Escrihuela todo se limita a la figura de Paul y, exceptuando
una introducción en la que se narra el nacimiento de los Beatles, cada capítulo
aborda un año (del 62 al 2002) que se va siguiendo cronológicamente con las
andanzas del compositor. Miles, por su parte, se limita a la vida del grupo,
pero aporta mucha más información además de firmar una obra que se complementa
con un material gráfico estupendo. Documentalmente, el libro de Miles aporta
más, aunque, si eres fan de Paul, obviamente se te quedará corto y querrás
leer el de Escrihuela.
Otros libros
•
Una biografía poco estricta y planteada con un tono ligero es la que firma
Carlos Zanón en torno a la figura de Willy Deville. El libro, editado por
Milenio, se va hasta las doscientas páginas, pero dedica la mitad de las mismas
a la guía de ediciones (tanto oficiales como inéditas) del músico y a una
selección bilingüe de sus canciones. Un estudio eficaz que sirve como reivindicación
del artista y que cuenta con un prólogo de Loquillo en el que el músico barcelonés
cuenta cómo descubrió la música de Deville.
•
“Bola y cadena. 20 años de explosión mod” es una especie de autobiografía
novelada de Ricky Gil, quien fuera componente, entre otras cosas, de grupos
como Brighton 64 y Matamala. El libro, agradable y de fácil lectura, trata
de reflejar una época de la música española sin llegar a concretar definidamente
qué es eso de la música “mod”. La corriente, que en Inglaterra hacía caso
a la música preferida por los chicos adinerados, tuvo una gran relación con
el mundo de la moda y con los ambientes pijitos. En España, como no era sino
otra etiqueta importada, todo se restringió a copiar imágenes y a consumir
la misma música que había destacado en el ambiente londinense. Gil cuenta
sus aventuras, su convencimiento juvenil de que estaba haciendo algo importante
y sus sueños de juventud. Al mismo tiempo, aprovecha para poner de manifiesto
una forma de vivir la música que, hoy en día, ya se ve poco.
•
Roberto Cueto ha publicado recientemente “El lenguaje invisible” aprovechando
la celebración del 33º Festival de Cine de Alcalá de Henares. La obra (560
páginas) se constituye con entrevistas realizadas a dieciocho compositores
españoles de bandas sonoras y aprovecha la situación para abordar, desde un
plano histórico, la evolución de esta faceta de la cinematografía. Además
de una sólida introducción (muy pertinente), el autor se adentra con exquisito
criterio en la vida y obra de los entrevistados completando cada entrevista
con una discografía y filmografía completa. En la última parte del libro se
añade también un rico y conveniente diccionario, así como una relación alfabética
de muchos más compositores especializados en el campo del cine y un completo
índice onomástico. Para que no falte de nada, el libro viene acompañado por
un espléndido CD con dieciocho piezas pertenecientes todas a películas españolas.
Un libro altamente recomendable tanto para quien quiera introducirse en el
género como para el más concienzudo de los aficionados.
Redacción