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Dream Theater
Está ya más claro que el agua que Dream Theater es uno de esos grupos que, hoy por hoy, determina un estilo. Ellos no han inventado realmente nada, pero su trayectoria les avala como la banda más sólida dentro de lo que se dio en llamar el “heavy progresivo”, ese revival del rock sinfónico setentero en el que el virtuosismo instrumental se antepone a todo lo demás y en el que los parámetros de la música clásica se reconducen en clave de rock. Ante una propuesta como ésa hay quien cae enamorado y hay quien se echa a correr. Y ello viene determinado, básicamente, porque siempre estamos ante una pescadilla que se muerde la cola y que no hace sino dar vueltas alrededor de parámetros fijos que solamente se enriquecen con el exhibicionismo técnico de los instrumentistas. Dream Theater, dentro de ese terreno, ha caído ya en lo más eficaz, en lo más comercial y en lo más pretencioso, y ahora echa el freno entregando un disco más habitual y con un corte más clásico. Las composiciones, como casi siempre, se van por encima de los diez minutos, en los que cada miembro de la banda da rienda suelta a sus concepciones musicales tirando de los esquemas barrocos y ejercitando dureza en el sonido. Las piezas (alguna de las cuales retoma del pasado) se quedan en mimbres a fin de dejar más aire y terreno libre a los protagonistas. Con ello se cierra un álbum 100% Theater que ni hará más fans ni hará que ninguno de los actuales se retire. Es un álbum de continuidad, necesario y, sobre todo, menos pomposo que los trabajos anteriores de la banda. En cierto modo, eso se puede considerar un adelanto por cuanto, en sus últimas entregas, el combo había perdido norte y había alcanzado posturas casi delirantes. E.P.
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