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El Festival de Jazz de Granada vuelve a contar con el éxito. Noviembre 2003

El imperio de la voz

Armando Chick Corea fue el encargado de abrir la XXIV edición de Festival Internacional de Jazz de Granada, la muestra decana de Andalucía que, con setenta actuaciones, ocupó todo el mes de noviembre. Nueve fueron los conciertos principales mientras que, en noches paralelas, se contó también con Elvis Costello Youssou N’Dour, Marcos Valle, Grooveyard, Paul Stocker y Lucky Peterson.

Compartiendo escenario con una pareja de jóvenes híperdotados como son el excepcional contrabajista Avishai Cohen, capaz de hacer hablar a su instrumento gracias a sus habilidades y su extrema sensibilidad, y el baterista Jeff Ballard, perfecto como acompañante y deslumbrante como solista, Corea mostró su faceta más jazzística pura tras muchos años de dedicarse a la fusión con el rock y los sonidos más altisonantes. Pero, por encima de todo, fue una noche especial: comenzaban gira y hacían las primeras tomas para una anunciada grabación en directo, “Live in Spain”. Y además contaron con Gayle Moran (cosas de parejas, porque su afinación fue más que comprometida) y Rubem Dantas, que actuaba en el programa paralelo del festival. Todos juntos rubricaron una noche en la que presentaron el disco “Past, present & futures” y cerraron con un “Spain” ovacionado y hasta coreado por el público. Lo que se dice un comienzo feliz.

El segundo concierto de la presente edición del festival ofreció en vivo a una de las voces actuales de mayor peso especifico del mundo del jazz y el musical, la franco-americana Dee Dee Bridgewater (en la foto), una mujer que pisa fuerte en el escenario y en la vida. Su presencia en las tablas recuerda a la de una joven Tina Turner: todo energía, músculo y largas piernas al servicio del espectáculo. Dueña de un físico imponente nada oculto tras un vestido de jirones de diseño que resaltaba sus felinos movimientos, Dee Dee vive lo que canta hasta extremos impúdicos: tras una impresionante recreación del “Speak low” no tuvo reparos en confesar: “me he excitado cantado. ¿Ustedes también?”. Dotada de una voz poderosísima, con picos de fuerza salvaje absolutamente animal, se hunde segundos después en la sensibilidad más delicada y acariciante; amplitud de registro imponente que salpimenta con su desinhibición y ausencia de prejuicios, a la que hay que unir una capacidad dramática heredada de los muchos musicales que ha realizado en Broadway. Si el tandem Weill-Brecht copó su salida a escena, con ‘hits’ de la talla de “Lost in the stars” , “September song” o la saga juguetona de “Jenny”, de entre todas las posibilidades con que cuenta esta mujer escogió hábilmente las de un repertorio para gustar; tan sólo entre “Stranger here myself” y el mencionado “Speak low” ya habíamos tomado contacto con su amplísima gama de facultades, incluidas las furibundas improvisaciones vocales con las que se enfrentó a sus compañeros como un instrumentista más, cuando aún faltaban noventa minutos por delante. El paso de ecuador fue a ritmo de blues orgulloso ligeramente escorado hacia el Caribe por el peso de los tumbaos, una invocación a Horace Silver (al que dedicó en su momento un disco entero) con piezas como “Cape verdean blues”, la vacilona “Doodlin” o “Cooking at the Continental”, en la que, mano a mano con un desatado organista, nos llevó hacia el soul de la Atlantic y la religiosidad del gospel. Amén.

“He sido muy guapa y ahora soy una mujer mayor igual de guapa”, decía la cantante Abbey Lincoln (Chicago, 1930) momentos antes de salir a actuar en el Teatro Isabel la Católica. Los privilegiados que la escucharon en ese concierto, para el que estaban agotadas las entradas, comprobaron que era completamente cierto. A pesar de sus problemas de movilidad y de un inoportuno principio de gripe, la gran cantante afroamericana ( y más con su pasado) creció y embelleció hasta seducir completamente a su público. Los discutibles arreglos orquestales de sus últimos discos parecen prescindibles ejercicios formales ante la suficiencia del trío en directo, con una sección de ritmo con la garantía de lealtad y un pianista muy capaz y perfecto en su papel de interlocutor y modulador de la tensión interna de los temas. “Skaylark” fue la primera toma de contacto de un concierto que fue creciendo hacia adentro, hacia el núcleo duro de la sensibilidad. Ni siquiera un correcto y animoso blues afectó a la solemnidad melancólica de la noche. “Love is made” concentró en cuatro minutos todo su potencial de introversión, “The music is magic” supo a confesión esperanzada y, cuando estaba ya todo dicho, desarmó completamente al público con una versión en español ‘natkingcoliano’ del “Somos novios” de Armando Manzanero, relatado con no poca picardía y dobleces en su dicción.

Diane Schuur (foto de la derecha) ha sido la tercera estrella del jazz vocal femenino que este año ha pasado por la muestra granadina. Tres estilos completamente diferentes de enfocar el canto y la presencia en escenario. La Schuur, además, es pianista, invidente y un personaje de personalidad extrema que, como demostró en rueda de prensa previa a su concierto, es capaz de alternar la carcajada con el llanto sin dificultad aparente. Ese extremismo emocional llevado a la música hace que sus conciertos sean peculiares y siempre con un muy fuerte componente pasional. En su concierto mostró varios perfiles estilísticos: el jazzístico, el bluesero y el de vocalista para todos los públicos. Con el primer material no hay discusión ninguna: es una de las grandes. “Deep purple”, “My romance” y la poderosa “Unfforgetable” son material precioso para el metal apasionado de su garganta que, si en disco y arropada por orquesta nivela su abrumadora sentimentalidad, en vivo es todo carisma de raza. El blues estuvo presente con un robusto “Everyday have the blues”, que empezó a cantar ya en la orquesta de Count Basie en sus comienzos. Escuchándola es fácil comprender por qué la llamó B. B. King para grabar un disco entero con ella. Y el tercer registro es el de cantante de standards pop al reconocible estilo americano. Aquí, junto a sorpresas como la adaptación jazzy del clásico de los Searches (¡blancos e ingleses!) “Love potion # 9” con destellos doowop, llegó un conjunto de piezas debidas al compositor de maistream Barry Manilow que hubiesen sido la banda sonora exacta para la serie “Vacaciones en el mar”: perfectamente olvidables.

Cuando en la presentación del festival el abajo firmante aludió a John Scofield como uno de los nombres dentro del paquete más jazzísticamente correcto del programa (aun sabiendo que el guitarrista no tiene límite ninguno), no esperaba, en verdad, que abriese su concierto citando a Cole Porter y menos que lo cerrase aludiendo a Louis Armstrong, un marco clásico para un concierto de otra galaxia. Esa facilidad para hacer lo imposible es lo que resulta más llamativo de este músico, incluido en el censo de músicos de jazz pero que incorpora a su sonido cualquier estilo sin el mayor problema. Por encima de toda categorización está la imaginación para inventar sonidos, y la de este hombre es vastísima incuso sin necesidad de acudir a los medios tecnológicos de vanguardia que otros usan enmascarando la falta de ideas. En lo suyo nada es previsible: todo es sorprendente y asombrosamente natural. Si su trabajo es insoportablemente perfecto hay que destacar también el soberbio y personalísimo sonido de Steve Swallow, su bajista favorito salvo cuando, por razones de cartel, alista a Charlie Haden. Dueño de un sonido imperturbable y empujador, redondo y continuo, dotado de un extraña apariencia gomosa que tiene su tiempo propio y un fraseo obsesivo que maciza su entorno. El mejor concierto del festival, con diferencia.

Tras “dios” Scofield nada mejor que un concierto de sus siervos más aventajados: Take Six en su único concierto español. Con tanto viaje, debían traer los relojes con el uso horario invertido, ya que confundieron la misa de doce con el jazzístico “round midnight”. La abracadabrante formación vocal norteamericana se metió al público granadino en el bolsillo en un hora larga de concierto, tanto con sus deslumbrantes facultades vocales como con el espectáculo que las envuelve, discutible debido a sus gags de teleshow pero que, indudablemente, ayudan a crear un ambiente distendido y buenhumorado. Pasan de un arreglo jazzero para voces, en el que imitan perfectamente a los instrumentos y a sus tocadores (en el caso de Miles Davis con un solo de sordina incluido), a un potente coro religioso, y de allí saltan a una canción pop en la línea de Marvin Gaye, a quien han cantado en varias ocasiones. Sus voces sonando al unísono suenan impresionantes, sublimes, perfectas. Su música está llena de sonidos y referencias, utilizando técnicas antifonales y un entramado de armonías a capella absolutamente deslumbrante para un minuto después romper el encanto con cualquier chiste del tres al cuarto.

El concierto final del programa principal fue también una noche recordable con el grupo de Terence Blanchard, un prodigio de sensibilidad en términos neoclásicos pero sin obsesionarse por ningún estilo concreto. El punto de partida es la zona medular del jazz de toda la vida, el neobop, pero evolucionado hacia… ¿la galaxia Marsalis menos integrista? Con la incorporación del guitarrista de Benín Lionel Loueke cambia la jugada de banda a banda. Blanchard es el líder por derecho, pero no ejerce: se incorpora a la formación como un compañero más aunque el temario fuese suyo. El tema de la expresión individual se soluciona de una curiosa forma, ya que apenas hubo actuaciones solistas conjuntas, sino más bien ordenadas y sucesivas apariciones individuales de los integrantes del grupo. El sexteto fue un organismo vivo que necesitó de todas sus partes para dar este concierto con la seguridad de que el de pasado mañana será muy distinto por la diferente combinación de elementos personales, algo que en la música improvisada debería ser habitual pero que, en realidad, no es tan frecuente.

El compositor fetiche de las películas de Spike Lee es un trompetista de largo recorrido, músico híperdotado técnicamente que utiliza todos sus conocimientos interpretativos como medio y no como fin en sí mismos. Prueba de ello fue la bellísima balada “Azanía”, casi un soliloquio del trompeta meditando evocadoramente con su instrumento desde la penumbra, un tema confesional y sobrecogedor que nos permitió saborear la potencia imaginativa de su música y su facultad para generar los paisajes que luego reutiliza Lee en sus películas. Algunas de ellas impresionaron las retinas del público que llenó hasta la bandera las actuaciones en esta edición del festival granadino.

Juan Jesús García

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