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Entrevista a Dwomo. Diciembre 2004

Llegando a la Tierra

Cuesta trabajo encontrar grupos con los presupuestos y los resultados de Dwomo. Capaz de reinterpretar en japonés a Bob Marley y de haber actuado nada menos que seis veces en Bolonia, el dúo madrileño continúa forjando una imaginería propia a golpe de pop excéntrico y malabarismos gramaticales.

 

Su nuevo artefacto, Hijos de un domador , da fe de ello, pero también plantea imprevistos interrogantes sobre su aparentemente ilimitada habilidad para la sorpresa. Será que la fórmula del cóctel cósmico ya es casi de dominio público –a saber: promiscuidad estilística e irreverencia idiomática a partes iguales, cuidado por la estética e incluso una vena conceptual- o que los ecos de Osinaga aún resuenan y dejan poco margen para una nueva entrega que no difiere tanto de su predecesora como ellos, Antonio J. Iglesias y Jorge Lorán, hubieran deseado. O será que la cara que se le quedó a quien arrimó el oído a aquel imprevisible debut fue algo simplemente irrepetible.

“No queríamos hacer un disco igual que ‘Osinaga'. El primer disco siempre es más urgente, irrepetible, con esa frescura. El cómo hacerlo y qué decir fue algo que hemos ido fraguando. Queríamos, sobre todo, sorprendernos a nosotros y creo que, para bien o para mal, lo hemos conseguido, hemos hecho otra cosa” (Antonio).

Hijos de un domador gana en riqueza y variedad pero pierde en pegada; la electrónica pesa más que las guitarras y se echan de menos canciones irresistibles desde la primera escucha, como fueran “From Portugal”, “Somos muchos ye-yés” o “La fiesta de Scaramouche”.

“Sí, es menos inmediato, menos directo, es un disco con mucha ambientación y con muchas más pistas por debajo, las canciones tienen más recorrido. Es menos duro y más romántico” (Jorge).

Ambos cuentan que durante la grabación hubo espacio para el remate de canciones que llegaban al estudio apenas esbozadas y que Fernando Polaino, el tercer Dwomo , también tuvo voz y voto desde la pecera de los estudios NC –

“El sitio propicio para plasmar la idea que teníamos y poder dejar parcelas para desarrollar canciones cuyo resultado final no era tan premeditado” -, donde se desarrolló la grabación de un trabajo más orientado a las atmósferas que a la fabricación de hits. Persiste, y que dure, la lírica de greguerías castizas e imágenes que abordan lo cotidiano desde lo absurdo. “Libre como un taxi en Recoletos, libre...pero vacío” (“La crisálida”), “Pasan los años y la carrera espacial ya no me da respuestas. Y unos por otros, Marte sin explorar” (“Marte sin explorar”), ejemplos de una prosa que aúna ingenio e inspiración.

“Hay media docena de temas que son de letra ultra-corta, fragmentos musicales más que canciones. Sólo dos tercios del disco se ajustan al concepto de canción y el otro tercio son ambientes” , explica Antonio, quien también ofrece detalles del punto de partida de Hijos de un domador :

“Ha habido dos cosas claras en este disco en cuanto a la composición: empezar a componer a partir del efecto, no desde el ritmo, sino desde el ambient; y también empezar el proceso cantando, edificar a partir de una melodía vocal” .

Aseguran que es el entendimiento, la química entre ellos a la hora de mezclar ingredientes, lo que les permite evitar platos de difícil digestión. Y no ha de ser sencillo: un cancionero que discurre sin apenas transición de la hipnosis maquinal de Kraftwerk a la suave languidez de Joao Gilberto y al revisionismo histriónico de Ween no puede por menos que suscitar reacciones de todo orden.

“Como a todos los grupos que se separan un poco de lo estándar, hay gente que te hace caso, mucha gente que te toma en serio poco a poco y otra que directamente te rechaza porque no entienden lo que haces para nada. Nosotros vamos a lo nuestro, por nuestro camino, intentando hacer lo que nos gusta” (Jorge).

Sin embargo, no parece irritarles la respuesta más comúnmente recibida por quienes, como es su caso, se hospedan en tierra de nadie.

“La incomprensión está ahí siempre, pero preferimos estar ahí; lo difícil es que no te etiqueten sin hacer algo muy inasequible. Es el gran reto, partir de la premisa de no encasillarte de principio, y creo que es una base desde la que debería despegar más gente, para no ser esclavo de tus influencias” , asevera Antonio, quien además resume de forma más que precisa su posición al respecto:

“Cuando te etiquetan y no dan en el clavo, te ríes; cuando sí aciertan te ríes más y cuando no te etiquetan, todos contentos” .

La traslación al directo del universo Dwomo reflejado en los discos es también retrato de la pareja. Su careo con el personal depende del evento y de su apetencia, por lo que se les puede ver a ellos dos solos, acompañados por Fernando Polaino, por una bailarina oriental o por una batucada. Y así han cruzado el Mediterráneo hasta en seis ocasiones para deslumbrar al público italiano.

“Hay una gran conexión italiana que empezó por amistad y que nos ha llevado a hacer cinco giras por allí. Nos han tratado muy bien” , apunta Jorge mientras Antonio ofrece más detalles sobre la recepción de su propuesta allende las fronteras:

“En la cola para entrar a un festival en Bolonia hubo gente que nos reconoció. Incluso a nivel místico tenemos una relación con Italia, somos sus duomos ”. Pena no ser tan políglota como ellos, ¿qué habrá querido decir? José Durán

 

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