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Entrevista a The Black Keys . Diciembre 2004

Con dos cañoñes por banda

Con el viento de una parte de la prensa británica soplando a su favor, The Black Keys avistan tierra firme y de bienes en lontananza. En apenas tres años, aprovechando la estela de White Stripes, han enviado otras tantas señales en las que hacen bandera de las raíces musicales afroamericanas. Y lo curioso es que al frente de la nave no figura un capitán septuagenario, sino dos grumetes que en su vida han pisado el Delta del Mississippi.

“No me preguntes por eso, tío… No voté a Bush, de hecho no conozco a nadie que le votara, no tengo ni idea de qué pasó” .

Era de rigor y casi obligado hacerlo, hombre. Lacónico y cansado, quizá un anticipo de la resignación por lo que le espera durante los próximos cuatro años, Patrick Carney (batería) no entra a fondo en ninguna de las cuestiones, pero tampoco las rehuye. Es como si reservara fuerzas en previsión del futuro o quisiera conservar las pocas que le quedan. Cuando un rato después sube al escenario a romper baquetas y a presentar las nuevas canciones de Rubber factory , todas las dudas quedan definitivamente despejadas sin necesidad de más retórica superflua.

“Fue sólo un mes lo que empleamos trabajando en el disco. Habíamos comprado equipo para grabar y no sabíamos cómo usarlo, se rompían las cosas y teníamos que repararlas y aprender a usarlas. Y después juntamos las canciones que ya teníamos en maquetas y las grabamos. Pero la mayor parte del tiempo estuvimos tomando café en el local de ensayo” .

Junto a Dan Auerbach –guitarra y voz–, Carney forma un dúo de esforzados rastreadores de las huellas de la cultura estadounidense más profunda y popular, entiéndase como folk o, principalmente, blues . Aunque él no le otorgue demasiada importancia:

“No pensamos en esos términos de ser renovadores o cambiar las cosas, qué influencias tenemos y bla, bla, bla,…Sólo hacemos canciones que nos gustan” . Lo suyo es una labor de bricolaje en el estudio exprimiendo al máximo los escasos recursos disponibles –él mismo firma la producción en sus tres álbumes, de los que el segundo se grabó en un solo día– y también un empeño por ese minimalismo que, caprichos del destino, en los últimos tiempos ha deparado cuantiosos dividendos y una recepción impensable cuando daban forma a sus primeras canciones en un sótano de Akron, Ohio:

“Seguro que gracias al éxito de White Stripes hemos tenido más oportunidades, esto es así, pero no estamos bajo su sombra porque tampoco hay tantas similitudes” .

Carentes de la incontinencia y la extravagante imaginación que derrochan The Fiery Furnaces en las suyas pero bastante más ágiles que las de Soledad Brothers, las canciones de Rubber factory inyectan adrenalina a un ideario inequívocamente añejo. Pantanosas casi por definición, primigenias por necesidad y escuetas en su resolución, condensan lo mejor del grupo en la trotona “All hands against his own”, ejemplar síntesis que bien pudiera haber salido de las sesiones de gestación del Acme de la Blues Explosion.

“Nos sentimos cerca de los grupos pequeños, esas bandas de indie -rock que no tocan muy bien… Es lo que nos inspira y con lo que hemos crecido: alguno de mis grupos preferidos no son músicos muy dotados pero hacen canciones realmente buenas” .

Así pues, no asombra tanto su tímida confesión –pese a las apariencias no es el blues lo que más le entusiasma– ni que se sientan a la vez privilegiados y extraños compartiendo mesa y mantel con tan legendarios caballeros:

“Es raro ser el grupo más joven del sello Fat Possum, pero mola. No somos grandes fans, está claro que es muy buena música pero nuestro background es obviamente diferente. Quizá, con suerte, la gente que nos escucha a nosotros se interese por estos artistas. Dan sí es muy fan de Junior Kimbrough y de R.L. Burnside pero no creo que ellos nos conozcan” , asegura entre risas. Originarios del mismo agujero que vio crecer a Devo

“Hay muchos grupos allí y es una ciudad realmente pequeña. Según viajas por el mundo te parece cada vez más pequeña cuando vuelves. Allí no hay mucho que hacer, es bastante deprimente durante el invierno así que la gente toca en grupos como una forma de escapar del frío Medio Oeste”

–, no dudaron lo más mínimo cuando el año pasado Sleater-Kinney les brindaron la oportunidad de conocer otras realidades:

“Fue nuestra primera gran gira por Estados Unidos. Sleater-Kinney son fantásticas y fue muy sorprendente que nos pidieran que tocáramos con ellas. Soy muy fan y las había visto 3 o 4 años antes, así que imagínate cuando nos llamaron. Están muy infravaloradas en nuestro país y creo que aún tienen muchas cosas que decir. Ya sabes, todas las buenas bandas son menospreciadas” .

Una postrera revelación aclara –quizá también sorprenda– algo más acerca de la personalidad de este joven delgaducho y con aire ausente que se transforma en su reverso tenebroso, tremebundo púgil con mortal gancho de derecha, cuando la campana de inicio del combate suena sobre el cuadrilátero.

 

“Conozco una discográfica española pero no sé si es de Madrid o de Barcelona, se llama Elefant” . Hubo alguna más, pero la grabadora ya descansaba. José Durán

 

The Black Keys

Rubber factory . Fat Possum/Pias

 

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