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Limp Bizkit Cubierta de Leganés. 29 de febrero de 2004 Pinchazo, o tremendo reventón, el que protagonizaron los estadounidenses Limp Bizkit a su paso por España. En Barcelona hubo hasta cambió de recinto y, en Madrid, la Cubierta de Leganés presentaba un aire más que desangelado (se vendieron unas cuatro mil entradas de las doce mil que puede acoger). Muchos son los motivos que apuntan al origen de este desastre, entre ellos un posible castigo otorgado por sus seguidores ante el plantón sufrido hace dos años en el “Festimad” (eran los esperados cabeza de cartel y en el último momento se negaron a tocar alegando falta de seguridad en el recinto). Ahora era la primera vez que venían a tocar ante el público español y puede que sus anteriores aires de grandes promesas se hubiesen esfumado o, simplemente, desinflado. Aun así, la expectación de los pocos que fueron a verles era palpable; cuatro discos en el mercado dan para tener ganas de comprobar en directo si es oro todo lo que reluce. La excusa de su visita era la presentación de su último trabajo, “Results may very”, un disco de dieciséis temas al que no le faltan sus clásicas combinaciones de hip hop, rap, hardcore, aires de metal y finas hierbas pero que a muchos les ha sonado con falta de garra y el gamberrismo de discos anteriores (¿Más exploración musical? ¿Más sosería?). Así pues, y sin apenas retraso, la banda originaria de Jacksonville saltó a un escenario montado para grandes estrellas: visualmente impresionante la mesa de sonido de DJ Letal (Leo Lee Diamant) o las vistosas luces que daban color a la triste esfera que allí se percibía. No tardó en dar señales de vida y saludar (y, de paso, pedir perdón por el citado plantón) Fred Durst, el popular y polifacético líder de esta banda, para, tras ello, comenzar con “My generation”, uno de los temas más aclamados del grupo. Se iniciaba un concierto que no terminaría de romper el hielo entre público y banda. Hay que reconocer que Limp Bizkit es mejor cuando se propone hacer botar que cuando quiere ser escuchado con temas un poco “apalanque” como “Underneath the gun”. Lo mejor, sin duda, son los arranques de la potente voz de Durts en piezas como “Gimme the mic”, donde ganan, enganchan y se deja sentir el poderío de la batería (John Otto) o la fuerte presencia del bajo a manos de Sam Rives. Les costó calentar motores, pero les ayudaron las versiones que se marcaron (“You know, you’re right” de Nirvana y “Behind blue eyes” de The Who, incluida ésta en su último trabajo) y algunos temas antiguos (“Nookie”, “Faith”…) que proporcionaron la alegría y potencia que se echó a faltar en muchos momentos del concierto. Aparecieron también dos supuestos espontáneos que, junto a Fred Durst, se animaron a bailar a lo “break dance” en el escenario sacando algún grito de ovación del respetable. Tras la primera despedida saltaron de nuevo al escenario y, sin motivo aparente, se encendieron las luces del recinto hasta el final de la actuación: excentricidad o manía (no se sabe) que, teniendo en cuenta el espacio vacío en el recinto, acentuó aún más la sensación de vacío y frialdad. No hubo ninguna sorpresa más, aunque habría que comentar la juventud de la mayoría de los componentes del grupo, algo que hace pensar que el fenómeno Bizkit es el resultado de cierto síndrome de “rock’n roll star” que habrá que tratar con algo más de vitamina musical para crecer con salud. Gemma Sanz
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