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El octeto de Hortaleza debuta con “Ministers del ronsteady”. Abril de 2004 “Somos la banda”
Trajes de chaqueta y pantalón. Zapatos a juego. Corbatas estrechas. Sombrero o gorra cañí. Ternos de tres cuartos como gabanes de antaño. Y en la mano… un estuche sospechoso que recuerda a las películas de cine negro de los 40. Caminan por la calle erguidos, seguros de que todas las miradas del barrio se centran en ellos. Como si se tratara de un plano estudiado, cada uno avanza por una calle hasta llegar, a la vez, al lugar de reunión. Allí se dan cita ocho elementos con la misma pinta, cada uno con su sospechoso estuche. Ahora andan en paralelo ocupando toda la calle. Su presencia impresiona como si fuera un desfile. Llegan a una puerta y el más alto llama con los nudillos. Cuando un despistado abre la puerta sus ojos de sueño se abren como platos. -- “Buenas. Somos la banda”. -- “¡Ah! Sí, sí. Pasad” El ejercito de Ministers toma el local, un garito que abre tarde y que hoy se pondrá hasta los topes con olores de humo y alcohol. La banda empieza a abrir sus estuches. De ellos salen saxofones, trombones, armónicas, teclados, guitarras y bajo. Baterista y percusión tienen que hacer un par de viajes todavía para traer todo su equipo. Son ocho y el escenario se les queda pequeño. Tres horas después los Ministers comienzan su actuación. Un set de sudor y sonido que a nadie deja indiferente. El atónito público busca un calendario en sus carteras para confirmar que está viviendo en 2004. Mirando al escenario nadie lo diría. Soul, funk, reggae, ska, aires étnicos, calypso, rumba, son… “La música más actual que nos interesa es la de los muertos”, dicen, y se niegan a contaminar sus trajes con formas de pop o rock’n’roll. El encargado del local sonríe. Sus existencias de licor están bajando considerablemente. La gente baila como si estuviera posesa y hubiera entrado en la máquina del tiempo. El espectáculo es increíble. Llama a su programador y le pregunta: -- “¿Quienes son estos?” -- “Los Ministers”. -- “Llámalos más a menudo”. Cuarenta y ocho horas después los trajes y los gabanes descansan en el armario. Fredy Ramires empieza su jornada en el Parque Sindical viendo su lista de encargos. El se considera “el sabor” de los Ministers. Es el percusionista que, en vez de mirar a Jamaica como referente, miró a Cuba. Al mismo tiempo, Mono se dirige con su cartera a la escuela de sonido en la que estudia todos los días. Pasa por delante de una tienda de instrumentos y recuerda cuando adquirió su primer trombón por quince mil pesetas. Ahora, piensa, aquel trombón no estaría a la altura de un grupo como Ministers. Del mismo modo, cada uno de los componentes del grupo entran en su vida diaria y la conservan hasta volver a sufrir la próxima transformación. Y, aunque alguien pueda pensar lo contrario, el hecho no es nada habitual dentro de una banda. Lo normal, en los días que corren, es que la gente suba al escenario con la misma ropa con la que juega al baloncesto, asuma sus actuaciones como una continuación de su noche loca y viva los lunes del mismo modo que los viernes. Los Ministers no: son diferentes y lo saben. Tienen en sus manos el poder de hacer bailar a la gente, como el flautista de Hammelyn. El grupo surgió en 1996, pero no era como en la actualidad. Por aquel tiempo, algunos miembros de Troleblues estaban buscando algo de calor para su formación y hablaron con Mono, de Raíces y Cogollos, una banda que, siendo mucho peor, calaba mejor entre el público. Se propusieron hacer rocksteady, pero su talento no era suficiente. Se conformaban con decir que hacían “ronsteady” haciendo relación a su bebida preferida. Su gusto por los vientos hizo que empezaran a llamarse, unos a otros, “Ministro del Aire”. Así encontraron el nombre a una banda que se había convertido en sexteto y que ya contaba con metales y teclados. Cuando quisieron hacer un tema propio les salió “Rolling penguin” y se dieron cuenta de que ahí estaba la magia, que eso era lo que querían tocar. Coincidieron en las antípodas de sus esperanzas: algunos de ellos eran enfermos melómanos que buscaban la séptima línea de bajo en una pieza de dieciséis minutos firmada por King Crimson, otros tenían en su casa la colección completa de Kortatu y eran capaces de perseguir como detectives una grabación pirata de los Dead Kenedys, alguno más adoraba al Vicentico de los Fabulosos Cadillacs en su versión más cazurra, y hasta había uno que suspiraba con los devaneos jazzie latinos del pianista Michel Camilo. Nadie pensaba que metiendo todo eso en una coctelera y agitándolo con un poco de ron fuera a salir un combo como Ministers. “Queríamos hacer de todo menos el ‘puncha puncha’ facilón del ska rock. Es algo que no nos gusta aunque, a decir verdad, nos encanta complicarnos la vida”, dicen. Actualmente el grupo lo forman Tonino Cárdenas en el saxo alto, Salva Carsi en el tenor, Mono con el trombón, Jaime Cuevas como teclista, Carlos Martín al bajo, Nacho de guitarrista, Fredy con las percusiones y Pepeíllo, la última incorporación, en las baquetas de la batería. No es la formación original de la banda, pero mantiene la premisa principal de los primeros días: “El que no baila con nosotros es porque no tiene zapatos”. Presumen de introducir en su música “alegría, desparpajo. Dentro de la música no somos conservadores, sino conservacionistas”, dicen haciendo alusión a su gusto por los clásicos. Entre éstos no están sólo las leyendas del ska negro jamaicano: también aparecen en su hoja de ruta eufóricos soulmen de garganta desgarrada, bandas de fusión africana o elementos “funkdamentales” del jazz; y, aunque algunos de ellos son capaces de pirrarse por un solo eterno de un tipo como Mike Patton (Faith no More, Mr. Bungle…), lo cierto es que el rock lo dejan para su trozo de vida que no lleva el apellido Minister. En la música del combo manda, actualmente, lo negro, aunque Fredy pelee su faceta latina un poco más cada día. “Cuando componemos nos vamos a los acentos. No nos planteamos hacer un tema así o asá, pero… buscamos que la gente baile, y eso te remite siempre a músicas que tienen unas características determinadas. Huimos del encarrilamiento: eso es lo que nos divierte. Casi tenemos más claro lo que no queremos hacer que lo que sí queremos hacer”. Aviso para navegantes. Estos ocho talluditos (ya ninguno de ellos cumplirá los treinta) no entienden lo de bailar como la gente de su generación. La mayoría de ellos nunca pisaron una discoteca y, cuando han descubierto la música disco de los 80, se han dado cuenta de que les gusta más que el pop bailable actual. Alguno de ellos, incluso, señala con orgullo que, de crío, no escuchaba la radio. “Escuchaba los discos de mi hermano mayor y, mientras que mis compañeros de clase estaban con Alaska y esas cosas, yo alucinaba con Led Zeppelin”, afirma uno de ellos. Al otro lado de la mesa, casi escondido tras una copa de orujo, uno de sus compañeros apunta que “a los veintidós años ya teníamos suficiente bagaje y cultura musical como para saber qué música es la que se disfruta en el bar y cuál es la que te gusta ponerte cuando estás en el salón de tu casa”. ¿Más diferenciaciones? Por supuesto: Ministers no tiene, ni quiere tener, un vocalista. ¿El motivo? “Un cantante centraliza, representa al grupo aunque no lo desee. Somos conscientes que una chica espectacular, vestida de largo y con escotazo, es algo que muchos esperan cuando ven a los Ministers en el escenario, pero eso no es algo que nos atraiga. Nosotros colocamos la sección de vientos en primera línea y ésta hace su labor: baila, anima, habla… Es menos personal y diluye el protagonismo de cualquiera de los músicos en aras de la banda”. La razón, de peso, se concentra en una frase tras un nuevo sorbo a la copa: “¡Qué caray! ¡Nos gusta la música instrumental! Es lo mejor para bailar”. Dos horas de orujo más tarde la explicación se completa e introduce en la conversación una nueva faceta: “Las palabras, las letras de las canciones, siempre expresan algún tipo de política, alguna forma de ver la vida. Nosotros pensamos que donde hay fusión, mestizaje y sensibilidad ya no hacen falta más palabras: eso mismo ya expresa nuestra ideología”. Parece lógico que, tarde o temprano, una banda que hace rebosar gente por las ventanas de los locales en los que toca se animara a sacar un disco a la calle. Pero el asunto no es fácil: no hay muchas (ni pocas) compañías discográficas que, actualmente, estén dispuestas a apostar por una banda instrumental de ocho componentes que, encima, parecen salidos de una película de Tarantino. “Siempre hemos tenido desidia a la hora de buscar compañía, pero quizás ha sido una cosa de mera sensatez: seguro que ni nos iba a interesar la oferta ni ellos iban a estar muy contentos. Nos gustaría vivir de la música, pero, en el fondo, somos tan realistas que hasta nos perjudicamos”. De todos modos, el tiempo pasa y, cuando ya has arrasado Madrid, la siguiente etapa pasa por quemar la piel de toro. Para ello es necesario un disco que te preceda, que diga a las gentes de otros sitios que los Ministers existen. “Al principio todo era más romántico: tocábamos y ya está. Ahora, cuando llenas los locales por los que pasas es cuando te planteas que tienes un determinado potencial. No es que nos hayamos planteado ninguna manera de crecer; es que es el devenir natural. Nosotros estamos contentos con tener un buen ritmo de conciertos y seguir tocando, pero también nos gustaría que esto se hiciera más allá de Madrid”, dicen. El caso es que el disco ya está en la calle. “Ministers del ronsteady” es una producción modesta que han realizado ellos mismos grabando y mezclando apresuradamente en Subsonic. Aunque la grabación se realizó tras el verano del 2002, el grupo no había dispuesto de suficiente patrimonio como para llevar esa grabación a un formato comercial de CD. 2004 les ha traído ese regalo y la respuesta ha sido la lógica: hicieron una tirada de quinientos ejemplares para venderlos en los conciertos y se quedaron sin ella en una semana. “Nos alegró mucho ver esa respuesta. Vendiendo esos quinientos hemos sacado dinero para hacer una segunda tirada que esperamos poder vender en tiendas”. El tramite para su distribución ya está hecho y, si todo ha ido como se presumía, ya podrás encontrar el álbum de los Ministers en las principales tiendas de discos de Madrid o en los círculos relacionados con el mundo del ska. En el álbum hay colaboraciones de gente como Susana y Alicia Ruiz, Jesús Sánchez, Gerardo Calvo y Bruno Peinado, amigos que, con pintorescas ayudas, aportan algo más de sabor a las composiciones de los Ministers: “Un día de circo”, “Mr. Boogie Boogie”, “Surfin’ monsters”, “La Kasbha”… Sólo los títulos ya ilustran el contenido de las piezas. El álbum, además, será presentado en Gruta 77 durante el mes de abril, aunque… quizás es tontería tratar de asistir. Si quieres ver a los Ministers en directo es cuestión de que saques tu entrada con suficiente antelación. E.P. Ministers. “Ministers del ronsteady”. Autofinanciado
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