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Elbicho
De vez en cuando el flamenco tiene que recibir a alguien que lo remueva un poco. Es como todas las músicas: si no llega alguien a revolucionar las formas, al final se estandariza y vive siempre de los ídolos muertos. Afortunadamente, el flamenco ha vivido una década bastante buena si la comparamos con las tres o cuatro anteriores: todas las multinacionales han apostado por algún artista de relumbrón y más de una ha echado redes entre los valores que tiraban al alza en el ambiente. Y lo han hecho, además, aunando purismo y jondura (Estrella Morente, Cigala, Marina Heredia…) con francotiradores que trabajan sin temor al rechazo de la vieja escuela (Tomasito, La Barbería, Navajita Plateá…). No entra, en este terreno, el rumberío o el flamenquito popero. Y no por falta de respeto a ello, sino porque es otra cosa sumamente diferente. Elbicho se encuadra, en este aspecto, dentro de los grupos que toman del flamenco pero que rechazan lo jondo en su propuesta. No hacen pachanguita con cajones, ni jolgorio facilón a base de palmas, pero tampoco obedecen a los palos tradicionales como si fueran dogmas de fe. Para que te hagas una idea, lo suyo se acercaría más a las formas de La Barbería que a las de Ketama o similares. Pero… ¿hacen algo nuevo? Porque ésa es la cuestión. En su primer disco la novedad no aparece con nota palpitante, pero aporta cuatro temas que sí reflejan lo que más aporta Elbicho al panorama: su entrega en el directo. Los ocho temas que completan el álbum no impresionan tanto, no muestran que aquí haya un fuera de serie o que el grupo vaya a crear algo que lo vuelva todo para abajo. Probablemente, la aparición de tantos nombres habituales (DiGeraldo, que produce, Benavent, Tomasito, Carrasco…) hacen al disco mucho más familiar de lo que se pretendía. E.P.
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