Festivales veraniegos de jazz. Septiembre
2003
Poco jazz y menos españoles
El jazz, como siempre, se convierte, en el
verano, en una música mayoritaria que se expone, fundamentalmente, en base
a festivales. Estos aspiran, en inicio, a cubrir las necesidades culturales
del aficionado y a exponer, ante un público no muy habituado a esta música,
los mejores proyectos de lo surgido en las últimas fechas.
Lo malo es que no siempre se consiguen los
objetivos. En otra parte de este número podrás informarte sobre las quejas
que los músicos de jazz españoles están realizando, ya de un modo insistente
y considerable, sobre su discriminación en este tipo de eventos. Y es que
no les falta razón: da la impresión de que, con el tiempo, los festivales
de jazz aportan muy poco a la difusión de esta música cubriendo sus programaciones
con otros géneros que, aunque merecen un absoluto respeto, podrían tener cabida
en otro tipo de eventos. Del mismo modo, el espacio dejado para el jazz viene
a cubrirse, cada año más, con una pléyade de artistas extranjeros que, en
el fondo, casi siempre son los mismos. Es como si los festivales más importantes
tuvieran, en su fuero interno, la obligación de llenar sus carteles con aquellos
artistas a los que el público mayoritario conoce en lugar de generar lo que,
en el fondo, es un festival: un acopio de proyectos diferenciados destinados
a cubrir la ausencia de conciertos a lo largo del año.
Galapajazz
La mejor prueba de lo dicho anteriormente
es la nueva etapa que (esperemos) aborda el “Galapajazz”. Como ya se informó
en el número anterior, el programa de este año ha tenido que ser configurado
deprisa y corriendo después de que todo el trabajo realizado hasta el día
de las elecciones hubiera sido aprovechado, finalmente, por la vecina localidad
de Collado Villalba. El Partido Popular, que criticó enormemente la organización
del festival durante todo el tiempo que estuvo en la oposición, se encontró,
al subir al Ayuntamiento después de los últimos comicios, con que el anterior
concejal de cultura y organizador del festival, antes de esperar que le confirmaran
en su puesto, llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento de Collado Villalba para
trasladar allí un evento que, en su opinión, no sería aceptado por el nuevo
equipo de gobierno de Galapagar. La acción, que podría haberse zanjado de
otro modo tal vez más práctico, fue la demostración palpable de que un partido,
cuando habla en la oposición, tiene que responder de lo dicho cuando sube
al gobierno. Lógicamente, después de que el PP estuviera poniendo a parir
al festival desde su nacimiento, nadie podía esperar (y menos el organizador
del mismo) que, de repente, a sus políticos les naciera la vena “cultural”.
Pero así fue y el nuevo equipo se vio en
la obligación de inventarse un festival de la noche a la mañana, aunque sólo
fuera para mantener y dar sentido a la campaña de promoción que ya se había
realizado antes de las elecciones. El proceso seguido, muy propio en estos
casos, fue el típico de quien no tiene idea de estas cosas: llamar al amigo
de turno y decirle que montara un festival en el que no existía ningún problema
de dinero. De ese modo, el Ayuntamiento completó un programa de tres fechas
que costó, de largo, mucho más que el programa que había preparado la antigua
organización en cualquiera de sus tres ediciones anteriores. Curiosamente,
una de las mayores quejas que el PP ponía en la oposición al festival era
su alto costo para la localidad.
Y no sólo eso: en el programa de tres fechas
organizado rápidamente y a precio de oro se incluían solamente dos actuaciones
españolas de un total de ocho. Y ambas de flamenco: Vicente Amigo y El Niño
Josele. Habría que decir, para ser justo, que hubo un artista español más
en el programa, Diego El Cigala, quien aparecía en tándem con Bebo Valdés
para presentar su reciente disco conjunto. El Cigala, lógicamente, también
hizo flamenco.
Fuera
como fuera, el festival se saldó con un considerable éxito de público, aunque
no ocurrió lo mismo con la aceptación de las actuaciones. La nueva concejala
de cultura trató de ejercer de simpática cicerone el primer día y se llevó
una buena pitada antes de que los flamencos subieran al escenario. El segundo
día, tras una interesantísima introducción de Malia (excepcional vocalista
de nuevo cuño que aúna el jazz tradicional con las sonoridades contemporáneas),
Milton Nascimento dejó su imagen por los suelos en un concierto largo, pesadísimo
y con muy poco resultado artístico. La gente terminó aplaudiendo más a su
corista que a él mismo. La situación quedó bastante delicada para el solvente
saxofonista Joshua Redman (en la foto de la derecha), que habría de pagar
los platos rotos viendo cómo el público se le quedó en la mitad debido, sobre
todo, a que la hora avanzó considerablemente y empezaba a sentirse el fresco
de la sierra. Aun así, con formación de trío y con solamente dos de sus temas,
volvió a recuperar el tono de cordura y conquistó al público que, todavía
en número considerable, deseaba escuchar jazz. Redman, hecho un verdadero
showman, supo exponer el repertorio que, en ese momento, todo el mundo pedía:
una buena conjunción entre ritmo y virtuosismo que el personal agradeció.
Para el tercer día del festival la organización
había conseguido a Diana Krall, la canadiense que ha arrasado en las listas
españolas y que se llevó el zurrón llenito después de haber pegado el palo
de su vida. La Krall, junto con Beady Belle, volvió a llenar el Velódromo
de Galapagar dejando en el aire la celebración de la edición del próximo año.
Viajazz
El “Viajazz” era la traslación del programa
previsto en principio para el “Galapajazz” de este año, es decir, el mismo
cartel y los mismos precios pero colocados en el campo de fútbol de Collado
Villalba. De algún modo, la premura con la que ocurrió todo generó que el
recinto elegido no hubiera podido adecuarse mejor para el evento que, de repente,
iba a acoger, lo que supuso algunas incomodidades para los asistentes que,
probablemente, serán subsanadas para la próxima edición.
El “Viajazz” comenzó discretamente el 1 de
julio con la actuación de Jorge Ben Jor y el Trío Mocoto. Poco nivel de convocatoria
entendido perfectamente por la sorpresa de los habitantes de Collado Villalba
y por lo que afectan los horarios de estas cosas en los primeros días de la
semana. La actuación de The Roots, el segundo día, ya puso las cosas en su
sitio y aglutinó a una considerable audiencia que, además, chocaba por su
juventud en un evento de este tipo. The Roots, que fueron precedidos por un
tributo a Rufus Thomas por parte de Carla & Marvell Thomas, fue uno de
los triunfadores del programa debido a su buen hacer y su nivel de comunicación
con el público.
Un
poco más difuso quedó el programa del tercer día, fecha en la que se estrenaba
públicamente La Fábrica de Tonadas. El grupo que se esconde tras este nombre
ha sido el organizado por Santiago Auserón (foto de la izquierda) a la hora
de decidirse por entrar en el mundo del jazz. Si con su “Cantares de vela”
ya dejaba clara su intención, una propuesta como La Fábrica de Tonadas pasa
por convertirse en un escalón mayor dentro de ese camino. En La Fábrica trabajan
como obreros Chano Domínguez, Jorge Pardo, Jordi Bonell y Marc Miralta, gente
de buena cualificación que difícilmente aceptará un cargo que no sea de ejecutivo.
Eso se apreció en el concierto, realizado entre ejemplos de nerviosismo y
con las piezas todavía en período de ajuste.
El viernes Collado Villalba recibía la visita
de dos leyendas vivientes de la música. La primera era la del sempiterno ex-Stone
Bill Wyman, quien, con sus Rhythm Kings, parece haberse acostumbrado a esto
de venir a España un año sí y otro también. Lo ofrecido por la banda (que
no contó en esta ocasión con Georgie Fame) fue lo habitual en sus conciertos:
una agradable selección de piezas de los 50 y los 60 ubicadas en el rock&roll
y el rhythm&blues; suficiente como para poner al público la sonrisa en
la boca y animarle a bailar desde el principio hasta el final.
La
segunda leyenda era Solomon Burke (foto de la derecha), un clásico del soul
que adorna sus actuaciones con toda la parafernalia propia del género. Su
mole, incapaz casi de andar, reposó durante todo el concierto en un sillón
puesto al efecto mientras que sus acólitos se encargaban de todos sus deseos,
hasta de secarle el sudor de la calva. Burke dedicó el concierto al fallecido
Barry White y fue presentado por Rafael Fuentes, quien, en esta ocasión, era
homenajeado por el festival por mantener durante veinticinco años en antena
su programa radiofónico dedicado al jazz.
Burke realizó un concierto fantástico, ideal
para un festival. Generó un repertorio que añadió a algunas de sus piezas
varios popurrís de clásicos del soul y el rock’n’roll que difícilmente se
pueden escuchar ya en un concierto. Desde emblemas de Otis Reading hasta medleys
de Little Richard, la voz de este reverendo (fantástica a pesar de su considerable
edad) fue apropiándose de todo poniendo a la audiencia boca abajo. La solvencia
instrumental de la banda y la presencia escénica de esta enorme mole colaboró
notablemente para que el resultado terminara en una fiesta generalizada. El
escenario lleno de público y Burke envuelto en su capa como triunfador real
del evento.
El “Viajazz” se cerró con un programa un
tanto ecléctico: los ritmos bailables y explosivos de Incognito junto a la
rigidez técnica y el canto a la improvisación que supone la música del guitarrista
John Abercrombie. Buen resultado, por tanto, aun cuando, como se ha dicho
anteriormente, se echó a faltar jazz y, sobre todo, presencia española.
Jazz en la Costa
La Fábrica de Tonadas ofreció en Almuñécar
su segundo concierto. Se presentaba para el público andaluz e inauguró la
decimosexta edición del festival “Jazz en la Costa”, que se celebraba, en
esta ocasión, entre el 11 y el 19 de julio. El resultado de la actuación (al
menos el cuantitativo) no puede ser más optimista, ya que acudió el doble
de interesados de los que cabían en el Parque del Majuelo; cualitativamente,
la fórmula evidenció las mismas carencias que ya había mostrado en Collado
Villalba. El día siguiente, la protagonista del evento fue Rosa Passos, quien,
con una afinación inapelable y una dicción perfecta, homenajeó a sus mayores:
Ella Fitzgerald (con quien la comparan en los EE.UU.), Betty Carter, Shirley
Horn y, sobre todo, Ellis Regina. También a Caymi, Djavan y, obligatoriamente,
a Jobim, como ya hiciera en el disco “Entre amigos”, donde descubrimos su
facilidad para atreverse con el standard más sobado y salir airosa con una
canción nueva bajo el brazo.
El tercer concierto presentó a cuatro voces
masculinas, entre las que sobresalió, por encima de todas, la del legendario
Jon Hendricks, maestro de maestros. La idea de unir estas voces fue de Kurt
Elling, cantante de última generación, perfecto, casi de diseño, esteticista
y rompecorazones, que puso en marcha a sus compañeros para realizar algo que
podría denominarse "reivindicación de género". Kevin Mahogany, Elling
y Mark Murphy fueron el soporte perfecto para un magistral Hendricks al que
rindieron pleitesía. En este concierto exhibió su facultad de narrador de
solos con algunos de Coltrane y Davis mientras sus alumnos, sentados en frente,
aplaudían, aun más que el público, las excelencias del abuelo. Mahogany dejó
para la posteridad un “Routte 66” exquisito, Murphy se descubrió como un impecable
baladista y Kurt Elling, el más profesional y polivalente de todos, puso imagen,
dirección del evento y un recordable “Bye bye bird” con el que se despidieron.
The Soulbop Band, esto es, Bill Evans, Randy
Brecker, Ronnie Curver y los suyos (protagonistas del concierto del día 13),
son lo más parecido a meter los dedos en el enchufe: abrasan y te ponen los
pelos de punta. No hay medias tintas ni eclecticismo sonoro: fue jazz de alto
voltaje, "heavy bop". Música urbana destellante, proteica y hasta
bailable. Brecker estuvo absolutamente rompedor con su trompeta con wha-wha
mientras que BIll Evans nos devolvió la confianza a quienes ya le veíamos
malintencionadamente próximo a Kenny G.
Justo
en el centro de la programación del festival, el saxofonista Maceo Parker
(foto de la izquierda) puso un punto y aparte en la historia de este certamen:
nunca se había oído tanta música y para tanta gente en este festival (más
por más igual a una barbaridad). No cabe duda de que Maceo es una artista
que sale barato por minuto para cualquier organizador y que sus entradas son
un chollo, ya que nadie entrega más música por euro pagado. Sin embargo, y
a pesar a tener en cuenta que batió el record de audiencia con más de tres
mil personas, sus conciertos empiezan a ser demasiado parecidos a ellos mismos,
con lo que los 190 minutos de reglamento pueden llegar a sentirse como el
doble… o más, según se apaga la capacidad de sorpresa. Tras el huracán Parker
llegaron a Almuñécar dos días de relajo y paz: primero la presentación del
debut discográfico de la Big Band de Granada (“Mamá me gusta el bop”) y luego
la impresionante actuación de Gonzalo Rubalcaba. Los granadinos acusaron la
presión de jugar en casa y se encogieron notablemente en comparación con otras
actuaciones.
Lo
de Rubalcaba (foto de la derecha), sin embargo, empieza a no tener nombre.
¿Jazz? ¡Qué va! A diferencia de otros músicos, no
se ha aprovechado de su origen para colocarse la rentable etiqueta del latin
jazz y, al menos hasta ahora, se ha decantado por un jazz más profundo
y comprometido en el que lo latino surge de forma natural, más como un medio
expresivo que como un fin. Sus manos pueden desatar un verdadero vendaval
de notas, incluso en los tiempos más rápidos; los pasajes más enrevesados
los trata con una espeluznante fluidez, tanto cuando se mueve dentro de la
armonía como cuando gravita alrededor de los acordes. En los últimos tiempos
ha ido prescindiendo de sus facultades olímpicas para perseguir las melodías,
por leves y evanescentes que sean, y en este concierto
se reconcentró minimalistamente en unas pocas notas, casi explorando su efecto
emocional tecla por tecla, silencio por silencio. Lo mejor del verano.
En la recta final de Almuñécar no se pude
obviar al gran Ivan Lins, maestro de las armonías, imaginativo enhebrador
de melodías, que ofreció una versión pop un tanto retro de sus canciones (pop
en el sentido 'valeriolazaroviano' del término), formalidades accesibles y
comerciales y no pocas complejidades escondidas bajo la melodiosidad y la
inmediatez de su dicción, dulce, creíble y perfecta para la confesión al oído.
El blues fue el encargado de despedir la
edición 2003 de “Jazz en la Costa” con un encuentro a tres bandas. Los Lagartos
ejercieron de anfitriones, ya que jugaban en casa. Fueron breves y concisos,
tan refinados y academicistas como siempre. Tras ellos salieron los Blues
Blasters, que practican un bullicioso boggie-blues completamente extrovertido
y resultón; Bonal y Mingo Balaguer son dos fieras de la escena blues, contrastados
incluso entre los mismos americanos. Bruce Ewanand y Bobby Radcliff, la tercera
parte del triángulo, habían tocado ya con ellos en los EE.UU. y los acompañaron
en parte de su set. Aunque de distinto nombre, ambos son hermanos de sangre
y blues, y ambos comparten un sentido muy equilibrado y nada aparatoso de
lo que es esta música. Tres puntos de vista que confluyeron en un “Sweet home
Chicago” en tromba para terminar.
Quince mil personas pasaron por esta edición
del festival, la primera con precio en la taquilla y que ha cumplido los objetivos
de los organizadores de reducir a la mitad el tamaño del aforo de otros años,
por comodidad y calidad del espectáculo. Y es que aún hay quien piensa que
el tamaño no es lo importante.
Festival de
jazz de San Javier
También el Festival de San Javier tiene que
apuntarse este año en su debe el "pero" de que el jazz haya sido
un estilo al que echar de menos. Aun así, la programación de este evento es
tan amplia y generosa que, con todas las pegas que se le pueda poner, siempre
está a la cabeza en lo que respecta en la cobertura del género. A lo largo
de sus veinticuatro conciertos programados pasaron por la localidad murciana
apuntes jazzísticos como los que dejó un triunfador Wynton Marsalis, un finísimo
Steve Khun, unos eficientes Manhattan Transfer o una académica Jane Monheit.
Del mismo modo, la participación española volvió a ser considerable si ha
de contrastarse con cualquier otro festival de alto calibre: Ximo Tébar abrió
fuego el 4 de julio a un programa en el que también estuvieron Chano Domínguez,
Kiko Veneno, Martirio y el grupo del saxofonista navarro Mikel Andueza.
Pero esto no ha de engañarnos. Si se pueden
apuntar tantos nombres es, simple y llanamente, porque la programación de
San Javier cubre todos los fines de semana del mes de julio e, incluso, algunos
días entre semana. En porcentaje, ni el jazz ha predominado ni la participación
española ha cubierto un espacio importante entre tanta oferta. Y es que San
Javier, año tras año, parece conformar un festival que, más que centrarse
en el jazz, trata de ofrecer a un público desconocedor la gran cantidad de
ofertas estilísticas de las que dispone la música contemporánea. Nada que
oponer al respecto, claro, si no fuera porque, como todos los festivales de
este tipo, lleva eso de "jazz" en su nombre.
Brasileños
como Rosa Passos (foto de la derecha), Ivan Lins o Marcio Faraco (uno de los
triunfadores de la edición de este año, capaz de ensombrecer en su noche la
posterior actuación de un decepcionante Eddie Palmieri), bluesmen como Eric
Sardinas, Magic Slim o Kenny Neal y hasta músicos de country, como Dale Watson,
tienen cabida en este evento que, gracias a su amplia duración, puede abordar
todo tipo de géneros con un buen nivel de selección.
Los aficionados al jazz aprovecharon sus
posibilidades disfrutando el día 7 de un combo espectacular formado por Steve
Turre, Claudio Roditi, Harry Allen, Ronnie Mathews, Rodney Whitaker y Carl
Allen. La excusa para tal aglutinación de talento era homenajear a Dizzy Gillespie
y el resultado una explosión espectacular en la que cada músico dejó bien
claro el porqué de su inclusión en el proyecto. También disfrutaron con la
sensibilidad del pianista Steve Kuhn en un programa que pasaba revista, sin
otra necesidad de acompañamiento, a la presencia cinematográfica del jazz.
Kuhn dejó patente su calidez interpretativa y se sobró como acompañante dirigiendo
el trío que, posteriormente, serviría de soporte a la vocalista Sheila Jordan.
¿Y qué decir de Marsalis? El trompetista dejó una huella en el festival a
la altura de los más grandes. Su concierto, en el que se dio alternativa a
los jóvenes talentos que el norteamericano descubre hasta debajo de las piedras
(lució, incluso, un saxofonista al que aún le queda bastante para llegar a
la adolescencia), fue un repaso en toda regla que ejerció de enciclopedia
ambulante del jazz. Desde el rag de Nueva Orleáns hasta el neobop de los últimos
años tuvieron su presencia en una de las noches mágicas de San Javier. El
último toque de jazz lo puso, el día 25, un Mikel Andueza (contó entre sus
colaboradores con un eficaz Chris Case y con un discreto Iñaki Salvador) que
añadió la parte lírica a un concierto que tuvo, de segundo plato, a un espectacular
Kenny Neal, mucho más eléctrico de lo que uno podía esperarse. En la parte
final de su show Neal dejó espacio para la aparición del armonicista Ñaco
Goñi y para los vientos de Andueza y Case en una jam que tuvo demasiado control
debido, sobre todo, a la timidez de los músicos españoles.
Si hay que referirse a los triunfadores habría
que señalar, aparte de Marsalis, al maratoniano Maceo Parker y al popular
George Benson como buenas piedras de toque: ambos abarrotaron el aforo del
parque Almansa, colgaron el "no hay billetes" en taquilla y desplegaron
sus encantos ante un público que, más que escuchar música, quería disfrutarla
poniendo el ritmo en sus pies. También podría añadirse a la lista la producción
“Viento de poniente”, en la que Chano Domínguez ejerció de introductor para
el posterior jaleo que protagonizarían Kiko Veneno y la sensibilidad coplera
de Martirio. Un sarao en toda regla.
Junto a lo ya citado, el festival apuntó,
además, otro buen puñado de actuaciones. Ximo Tébar, por ejemplo, contó con
la participación de Jorge Pardo y del trompetista David Pastor en el grupo
con el que presentó el material de su nuevo álbum, “Embrujado”. Eric Sardinas
ejerció de "power bluesman" y añadió una prórroga a su actuación
del día 5 apareciendo al día siguiente como invitado de Magic Slim, eficaz
pero ya mayorcito para ciertas cosas. Ivan Lins mostró sus virtudes en la
delicadeza y la templanza mientras Jerry González ejerció de colaborador de
lujo allá donde le apeteciera. En el apartado más latino, si Palmieri decepcionó,
Poncho Sánchez dejó impronta y volvió a reivindicarse como un musicazo al
que hacer caso mientras está en este mundo.
El fin de fiesta se dejó para el country
de Dale Watson y para la lucidez cristalina de Charlie Musselwhite y su colección
de armónicas. Musselwhite fue, precisamente, el músico elegido este año por
la organización del festival a la hora de premiar una carrera dedicada a la
música. Del mismo modo, la tradicional dedicatoria que el festival realiza
cada año fue, en esta edición para Antonio Carlos Jobim y para el recientemente
fallecido Bob Berg.
Juan Jesús García y Esteban Pérez