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Yes Conde Duque. 22 de julio de 2003 -- “¡Jolín! ¡Por fin hemos visto a Yes!” -- “Sí. Y encima con Rick Wakeman”. Lo escuchaba según enfilaba la subida hacia Alberto Aguilera. Quienes iban hablando no cumplirían ya los 40 y, por el modo de decir las cosas que tenían, se me hacía evidente que no habrían ido a ver a Yes a no ser que hubieran actuado, como era el caso, en un sitio como el del patio del cuartel de Conde Duque. Cada día que voy a ese recinto me convenzo más de que, año tras año, va acogiendo a un tipo de público al que no le importa pagar seis o doce euros más en la entrada siempre y cuando se asegure una comodidad acorde a su edad. Y es que eso parece ser lo más importante dentro de los conciertos ubicados dentro de “Los veranos de la Villa”. Si no, se me hace bastante incomprensible el grado de satisfacción que exhibe la gente ante actuaciones que, como la de Yes, resultan tremendamente mediocres en comparación con otros conciertos suyos en nuestro país. Howe, Anderson, White, Squire y el recuperado Wakeman aparecieron en el escenario madrileño sin ningún tipo de show, algo inherente (hasta hoy) a la banda que mejor ha representado, al cabo de los años, el apabullamiento espectacular del rock sinfónico. En esta ocasión, lo único vistoso encima del escenario era el armamento instrumental que siempre exhiben estos personajes. Y, aun así, no era nada comparable con lo que el quinteto ha exhibido en otras ocasiones. Sí estaba la colección de teclados que siempre acompaña a Wakeman, y el enorme catálogo de guitarras que Howe utiliza tanto en sus discos como en sus directos, y hasta el famoso bajo de tres mástiles de Squire, pero… ni una luz complementaria, ni un mínimo decorado: nada que no fuera el logotipo del grupo colgado del techo. Ante eso uno aspiraba a que el grupo exhibiera toda su mitología musical y pusiera en el terreno de lo práctico todas aquellas virtudes que han hecho de su nombre uno de los míticos de la música contemporánea. Pero tampoco: salieron como si fueran al trabajo, ejecutaron sus papeles con solvencia y se fueron como si allí no hubiera pasado nada. Por no hacer, ni siquiera hicieron la típica lista de “greatest hits” que se podía esperar. Apenas un recuerdo, de soslayo, a sus archialabados “Fragile” y “Close to the edge” y… para casa. Puede que los británicos no estén ya con ganas de ejecutar los desarrollos de quince o veinte minutos que empapaban su música hace ya treinta años, pero eso no pareció inmutar a un público que se aburrió de aplaudir cada vez que uno de los veteranos músicos hacía una mínima virguería. Tocar, tocan de sobra, y tienen repertorio como para estarse en el escenario cinco horas seguidas. Y eso es de lo que se sirvieron los famosos Yes en esta ocasión: salieron, se dieron un baño de fama (recinto lleno hasta reventar), curraron lo mínimo y pusieron la mano. La gente encantada y, como se decía anteriormente, mucha de ella feliz por haber visto a la banda sentadito en una butaca, con el whisky en la mano y sin que nadie le dé un pisotón. Todos contentos. E.P.
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