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Rolling Stones + Pretenders

Estadio Vicente Calderón. 27 de junio de 2003

Se le podrán sacar mil defectos y burlas al grupo más veterano del rock’n’roll británico, pero… cuando Jagger y los suyos se suben a un escenario dejan bien clarito que, quien les quiera hacer la mínima sombra, aún tiene que comer mucho chocolate. De momento, y hasta que no pasen unos cuantos añitos o se arregle lo de la crisis, no hay banda que ponga en sus conciertos un repertorio y un espectáculo similar al que ponen los Rolling. Pero ni de lejos. Y, después de verlos, poco sentido tienen las acusaciones de que la banda no es nada sin su macroescenario o sus espectaculares montajes de vídeo. Hoy por hoy, los Stones siguen siendo capaces de apagar todas las bombillas, montarse un ring en medio de un estadio y hacer bailar a cincuenta y cinco mil personas al ritmo de un blues o de una versión de Dylan. Y, si eso lo hacen sólo con su palmito, imagínate lo que pueden llegar a dar cuando ponen a funcionar todo lo que llevan en sus setenta trailers.

El paso de los Rolling por Madrid evocaba las tardes de grandes conciertos que Madrid está olvidando a marchas forzadas. El Vicente Calderón, espacio céntrico, gigante y preparado para este tipo de eventos, volvía a acumular a su alrededor las enormes colas que iban, en procesión, haciendo fichas de los tenderetes y puestos de bebidas, hasta las puertas de acceso. Si bien no pareció haber demasiado orden en ese terreno lo cierto es que, cuando empezaron a tocar The Pretenders, ya había una buena representación de público en el empaquetado césped y en las butacas de las gradas.

Como antaño, el espacio del Calderón olía a fiesta, a gran evento, a noche inolvidable. Y así resultó: la gente no esperó mucho para empezar a disfrutar aun siendo consciente de que el minutaje del espectáculo era de los largos. En cuanto Chrissie Hynde empezó a desgranar los éxitos de Pretenders la gente ejecutó su función y se puso a cantar, bailar y levantar las manitas mirando fijamente las pantallas de vídeo instaladas para la ocasión. Tocando de día era realmente difícil que las siluetas de los músicos se distinguieran en un escenario tan enorme, por lo que no resultaba extraño que, más allá de las cincuenta primeras filas, el público prefiriera la imagen catódica antes que la natural.

Se fueron Chrissie y los suyos (realmente magníficos y sin salirse un ápice de su papel de teloneros) y empezó el baile de las cincuenta y cinco mil almas. Quien no iba al bar, iba al servicio, y quien no buscaba entre los asientos numerados alguna ausencia para poder acomodar su trasero. Los más pudientes echaron un vistazo a las tiendas de merchandising o preparaban sus móviles para hacer fotos y enviárselas al amigo que se había quedado colgado sin entrada.

Daban las diez y veinte cuando una intro pregrabada servía de fondo musical para que un telón gigantesco se izara y para que los robots de las luces comenzaran a moverse en todas las direcciones. Un minuto más y… los abuelos hacían su aparición al ritmo de “Brown sugar”. Fue escuchar el riff de inicio y darse cuenta de que aquello iba a resulta memorable: desde la primera fila hasta la última grada se empezó a mover. Nadie concedió tiempo al precalentamiento.

Posteriormente, con “Start me up”, llegarían los primeros efectos de escenario: por en medio del fastuoso telón aparecían cuatro pantallas de vídeo móviles que recogían cada una a uno de los miembros de la banda. El rugido se oyó en Pernambuco y los abuelos parecían olímpicos maratonianos del equipo español. Jagger sigue teniendo los 59 años mejor llevados de la historia y continúa ofreciendo todo su catálogo de muecas y movimientos. Hay muchos artistas que imitan a otros animales de escenario, pero, en el caso de Jagger, cualquier imitador resultaría ridículo haciendo esos movimientos o abriendo la boca tal y como lo hace este morritos. El, sin embargo, ha hecho de sus tablas gimnásticas santo y seña de una manera de entender el escenario.

Keith Richards, sin embargo, se dosificó de otro modo. Los primeros temas del repertorio daban más cancha a Ronnie Wood que a él, pero en la segunda parte del evento se cambiaron las tornas. Charlie, por su parte, ejerció de Charlie: no dio un golpe de más y, cuando se le podía ver la cara (por medio del vídeo, claro), su gesto era el mismo de siempre. Es como si este tipo hubiera nacido así, menos expresivo que una caballa.

Tras cuatro temazos clásicos, los Stones se pusieron sentimentales y, apoyándose en el estupendo montaje de vídeo, hicieron un “Angie” melancólico y un “You can’t always get what you want” que fue subiendo de temperatura según avanzaba. El montaje de imagen los presentaba, en ese momento, como si estuvieran en un show televisivo de los años 60, en color sepia y difuso, con Keith, Ronnie y Daryl Jones (el bajista contratado desde que Bill Wyman diera la espantada) alineados igual que, en sus primeros tiempos, lo hacían quienes estaban en los platós televisivos. Puede que no fuera la idea original, pero daba la impresión de que los abuelos querían señalar con el dedo a quienes dicen que no han vuelto a ser tan salvajes como en sus primeros días: comprobar las grabaciones históricas con el efecto de vídeo actual tiene más similitudes que diferencias, sobre todo cuando Jagger coge el foco. Viéndole moverse continua y espasmódicamente hace pensar que, si hace cuarenta años se movía más todavía, le habrían metido en un psiquiátrico.

En esta gira los Stones no presentaban disco nuevo, y eso surtió al repertorio de un “grandes éxitos” que empalmaba temazo tras temazo. Pero lo mejor era que la elección se decantaba por temas crudos y blueseros que se enriquecían una barbaridad con los arreglos de teclados y viento. A éstos (los vientos) los dejaron cuando, por una rampa tipo Las Vegas, los músicos se largaron bailando hasta el centro mismo del estadio. Allí se había preparado un miniescenario en el que el grupo se mostró desnudo, sin luminotecnia, sin vídeos y sin telones. Hicieron “Street fighty man” y “Manish boy” con Jagger poniendo a la gente al borde del colapso soplando una armónica. Posteriormente, con “Like a rolling stone”, reconvirtieron la canción dylaniana en uno de los momentos mágicos de la noche. Imagínate el estadio totalmente iluminado, con los abuelos en el centro y con un mar de brazos dando palmas y echando humo. Resultó fantástico.

De vuelta al gigantesco escenario principal continuaron ejecutando sus éxitos: tras un “Gimmie Shelter” demoledor llegó el tiempo de “Sympathy for the devil” y “Honky tonk woman” entre otras. En estas dos últimas el efecto de vídeo fue, de nuevo, de lo más resultón: con la primera una pantalla incendiada iba apagándose hasta dejar la silueta de la lengua stoniana marcada a fuego. En el segundo, una chica manga le colocaba un piercing a la misma lengua y se ponía a cabalgar sobre ella antes de que la boca la terminara engullendo. En “Sympathy for the devil” también aparecieron cañones de fuego y tres o cuatro cosas más de ésas que provocan el “uhiii” generalizado.

Keith también tuvo su parte solista, con dos canciones que, dicho sea de paso, no le quedaron nada bien aun cuando el público no paró de corearle y brindarle aplausos. Queda claro que, en este país, se quiere tanto a Keith como a Jagger y que, a la hora de los reconocimientos, Charlie fue el que menos parabienes recibió del personal. El final de la noche no podía ser otro que el marcado por “Satisfaction”. El riff más famoso del rock se desplegó con toda su intensidad mientras el estadio entero se cubría de confeti rojo. Otra de las fotos increíbles del concierto: después de dos horas, el público seguía absolutamente poseído como en el momento en el que se dio el pistoletazo de salida. Como bis, y antes de unos modestos (en comparación con otras ocasiones) fuegos artificiales, el grupo volvió a salir para hacer “Jumpin’ Jack Flash”, otro himno que ya derrotaba a los más incrédulos y que volvía a dejar claro que el Jagger es como el muñequito de Duracell. De punta a punta del estadio se fue echando carreras mientras que la mayoría de los presentes ya sufríamos todos los achaques de haber estado bailando más de lo que acostumbramos.

En resumen podría decirse que el concierto de Madrid de la nueva gira no pudo cerrarse con mejor resultado. Las críticas que se quieran hacer a la banda siempre serán las mismas (no hubo canciones nuevas, tienen muchos años encima…), pero, a la hora de comparar, esta gente sólo puede ser comparable a ellos mismos. Sigue sin haber en el firmamento musical alguien que haga lo que esta gente hace y, a la hora de recordar los últimos macroconciertos celebrados en esta ciudad (Springsteen, Metallica), solamente puede surgir el comentario de que, entre aquéllos y los Stones sigue habiendo una distancia abrumadora.

Y en lo que respecta a la edad… ¿qué quieres? Viéndolos uno piensa que los comentarios despectivos no pueden ser sino de sana envidia. ¡Anda que no firmaría cualquiera estar como el Jagger a los 60! Quien diga que Roberto Carlos (el futbolista) es un prodigio de la naturaleza debería ver al abuelo éste. En un solo concierto se mueve más que el defensa en toda una temporada.

E.P. Foto de Domingo J. Casas.

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