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Pinchando duro por Diego A. Manrique. Septiembre 2003
“Hey, señor DJ, pincha un disco Es la era del DJ, el disc-jockey es la estrella, bla bla bla… Llevamos mucho tiempo escuchándolo y sí, claro que sí, se trata de un lugar común, pero también tiene empaque de realidad indiscutible: los mejores DJs cobran barbaridades y aparecen con letra grande en los carteles de festivales y clubes, bien como complemento o como plato principal. Incluso puedes encontrarte con DJs ejerciendo su oficio en restaurantes, en tiendas de ropa o ¡museos de arte moderno! Las voces más embriagadas hasta llegan a establecer comparaciones entre los DJs y los galeristas o los comisarios de las exposiciones. Pelín más modesto, Oscar Mulero se solía definir como “transmisor de información musical de vanguardia”. Se veía venir. En algunos sectores, con temor: “son la peste”, dicen los músicos, que han oído cómo, en los años 60, los primeros DJs acabaron con los grupos y las orquestas que tocaban música para bailar en los locales juveniles, provechosa escuela de formación para The Beatles y otros grandes. En los últimos tiempos, los DJs de relumbrón eclipsan a los artistas discográficos. En ambas épocas coincidieron tres razones de peso: • Primero: un DJ suele ser más barato que un grupo (una rentabilidad mucho más evidente si se divide el caché entre las horas de “actuación”). • Segundo: se evita el enojoso proceso de hacer pruebas de sonido o, incluso, alquilar equipo. • Tercero: por lo mencionado anteriormente, el DJ todavía tiene el punto de lo novedoso, el plus “fashion” que permite a contratador y espectadores asumir que están a la última. Así que todo el mundo es DJ (el chiste, ya sabes, sugiere que la obertura de cualquier ligue es ahora “¿estudias o pinchas?”). Ejercen de DJs los chulos de discoteca, las guapas, los radiofonistas, los diseñadores, los músicos, los periodistas, los actores… En realidad, cualquier persona que tenga un nombre en su especialidad sirve para atraer público. [Aquí conviene establecer una división esencial. Más que por la música que utilizan, la primera separación estaría entre los pinchadiscos y los DJs. Los primeros, trabajen con vinilo o con CD --lo de pinchar con “laptop” todavía es relativamente raro--, prefieren poner temas completos, sin apenas manipulaciones más allá de lo necesario para cuadrar (fundir) una canción con la siguiente. Por el contrario, los DJs aceleran, ralentizan, trituran, transforman, aumentan la fuente de sonido original. Manejan constantemente el “pitch”, el “crossfader”, los “loops”, puede que hasta el micrófono, tal vez hacen “scratch”, a veces cuentan con instrumentistas que tocan por encima…]. Está por escribir la historia del DJ español. Lo que se cuenta de los pioneros de los años 60 y 70 es que eran amantes de la música que se distanciaban del material con que trabajaban cotidianamente. Me explico: hablabas con ellos y resulta que habían interiorizado una jerarquía que colocaba a la música mayormente blanca (rock progresivo, jazz-rock…) por encima de los sonidos de origen negro (soul, Filadelfia, disco music…) que eran sus armas preferidas. Así, en España no hubo nada parecido a lo ocurrido en Gran Bretaña, donde DJs proselitistas desarrollaron clanes de fanáticos --el ejemplo más obvio es el “northern soul”-- que generaban un circuito especializado, con apéndices en forma de fanzines, pequeños sellos, promotores de concierto… una pasión que, aparte de generar una masa de indispensable información histórica, permitió sucesivos movimientos revivalistas --así, el ska-- y suficiente fertilizante para que crecieran megaestrellas que reciclaban la música negra con astucia mercadotécnica y personalidad creatovaz: George Michael, Simply Red, Annie Lennox, Paul Young, Sade, Fine Young Cannibals, The Blow Monkeys… Una curiosidad: la citada querencia de los DJs españoles por el rock y el pop blancos también tuvo, de rebote, un impacto en el devenir de la música británica. Pienso en los llamados “balearic beats”. En los años 80, los súbditos de Isabel II alucinaban en Ibiza --ocurría también en la costa valenciana, aunque allí no acudían tantos británicos-- al escuchar sesiones de discoteca que mezclaban los llenapistas habituales --esencialmente la última “dance music” afroamericana-- con temas de techno pop, rock siniestro, new wave evolucionada… Esa porosidad, un eclecticismo inimaginable en el Reino Unido, encendió la mecha del renacimiento del rock de Manchester, donde convivían las máquinas y las guitarras eléctricas; de Ibiza también llegó el éxtasis y ocurrencias indumentarias que embriagaron a millones de jóvenes de Gran Bretaña hasta el punto de que el gobierno conservador acabó con aquella subcultura con leyes draconianas y despliegues policiales no menos brutales. [Otro inciso. Como suele ocurrir, la industria musical española no supo beneficiarse de semejante coyuntura. Sólo el DJ José Padilla supo rentabilizar el Efecto Ibiza trasladando a una serie de discos sus sesiones crepusculares en el Café del Mar. Ya sabes: cae el sol en la playa y miles de maravillados guiris acangrejados aplauden el espectáculo. Las disqueras hispanas parecen ser incapaces de capitalizar en el hecho de que éste es el segundo país del mundo en número de turistas. Así, Londres se ha apoderado hasta del negocio del “flamenco” bailable: allí vive Martín Morales, un DJ peruano que ya ha editado dos volúmenes de “Futuro flamenco” aparte de llevar por todo el mundo el correspondiente espectáculo.] “soy un DJ, soy lo que toco Ahora ya hay escuelas de DJs… hasta en España. Anteriormente sólo funcionaba el meritoriaje. Generalizando, el aspirante era un amante de la música que acudía regularmente a una “disco”, que se iba haciendo amigo del encargado y del DJ residente hasta que le dejaban pinchar en horas tranquilas o --esa Oportunidad Dorada tan querida de los guionistas de Hollywood-- le pedían reemplazar a la estrella de los platos, incapacitada para trabajar (una incidencia harto frecuente, dado el estilo de vida dominante en el mundillo). Si lo hacía bien ascendía inmediatamente a DJ habitual. Si su nombre se difundía le iban llegando ofertas para trabajar el verano en la costa, para pinchar una noche en locales de provincia o en algún “rave” multitudinario. El argumento actual de la película no varía demasiado. Si acaso, urge destacar que la demanda se ha multiplicado: el concepto de un-rollo-diferente-cada-noche-de-la-semana hace que haya más oportunidades. Y el mercado se ha profesionalizado, con agencias que se ocupan de buscar contratos para sus representados. Estos, igual que los músicos, salen a cada bolo con su hoja de ruta donde están detallados hora, lugar, organizador, transporte, hotel, pago y demás información útil. Se trata de un sector en expansión, donde incluso se organizan “paquetes” de marketing muy calculado: tal vez recuerdes el lanzamiento, hace un par de años, de “Women DJs” o “Las guerreras del techno”, jugando con el morbo de las mujeres que pinchan. Fuera de esas novedades, los más solicitados siguen siendo los artilleros del house y el techno: César de Melero, DJ Loe, Angel Molina, José Luis Magoya, Oscar Mulero… “Cuelga al DJ, cuelga al DJ, cuelga al DJ Con una industria discográfica tan cenutria como la nuestra, está claro que los españolitos que pinchan lo tienen crudo. Rara vez se les encarga que confeccionen compilatorios audaces, con potencial para venderse fuera. Desencantados y ansiosos de escaparse del sota-caballo-y-rey, algunos de estos recopiladores se están montando sellos propios. Así, DJ Floro, estrella de los sábados de Suristán, ha lanzado su colección de afrobeat electrónico; “Republicafrobeat”, a través de Afrobeat Project, una asociación cultural constituida por admiradores de Fela Kuti. Y Borja Sr. Lobo, responsable del primer volumen de “Casa Latina”, acaba de estrenar su marca, Love Monk, con “Un limón en la cabeza”, un single de Gecko Turner, antes con Perroflauta.Si el DJ tiene pretensiones de lanzar música propia, otra solución es intentar introducirse en el mercado internacional vía sellos londinenses, berlineses o parisienses. El último caso es el del madrileño Leandro Gámez, que ahora difunde su techno duro a través de Intec, en Londres. El dilema profesional del DJ de cualquier país pasa por (1) intentar crecer o (2) superar su fecha de caducidad. Crecer supone pasar a actividades menos desgastadoras y más lucrativas: remezclar temas, producir, editar sesiones, crear música, trabajar en la industria discográfica, gestionar locales nocturnos… Ocurre que la de DJ es una profesión de alto riesgo. Las horas imposibles, las tentaciones del alcohol y las drogas (¡y el sexo!), los viajes salvajes… todo conspira para atacar la salud. En un aeropuerto es fácil reconocer al DJ: aunque no te fijes en la maleta plateada donde va su tesoro, está esa cara de cansancio infinito, “si-es-martes-esto-debe-ser-Málaga”, un zombie vestido con arrugada ropa “fashion”… Sin olvidar la trastienda: en horas diurnas hay que buscar discos, probar en casa, ensayar fundidos… Y estar nutrido de material fresco requiere constantes inversiones: si eres DJ residente en un local, te pagarán las dosis vinílicas; si vas por libre, aunque recibas material promocional gratuito, te gastarás al año cantidades astronómicas. Aguantar físicamente es una cosa; andar al día supone una batalla aún mayor. Las revistas especializadas establecen un apartheid musical tan rígido que ríete tú de las peleas entre heavies y poppies. Toma nota de los principales subgéneros, todos susceptibles de subdividirse con un adjetivo (hard, deep, minimal): house, progressive house, beats ‘n’ breaks, garage, r&b (o urban), techno, drum‘n’bass, hip hop, bhangra, hard dance, trance, dancehall, dub, electro, chill, leftfield… Por cierto: la última etiqueta es un genuino cajón de sastre donde se encajan músicas que no caben en los anteriores huecos. El asunto consiste en que los DJs que aspiran a ganarse el respeto de sus colegas deben elegir una categoría y salirse lo menos posible. Una opción que genera visión de túnel y una actitud militante que ignora a los paganos que no estén en su onda. Al otro extremo, los eclécticos, que hacen sesiones “freestyle” donde se salta de uno a otro estilo. No serán reconocidos como profetas, pero (A) suelen divertirse más y (B) generan mayor satisfacción a una gama amplia de gente. Así hablan los Zaratustras “El éxito del DJ se basa en el factor sorpresa. Hay que provocar
a la gente con música que aún no conoce”. “Claro que hay músicas que requieren drogas. Yo pincho distinto
si veo que la tropa está empastillada”. “No me muevo, no hago caso a los espectadores. Mi estatismo
le da mucho morbo a la gente”. “Un DJ sin psicología para leer al público es lo peor: detesto
a ésos que van de listos y pinchan para sí mismos y para otros DJs”. “La gente se pregunta si el techno matará al rock. Para mí ya
se lo ha cargado”. “Hay mucho fascismo techno: ‘ni se te ocurra poner esto’. La
gente agradece que pinches pop y rock”. “El techno debe mantenerse en el underground; en cuanto pasa
a fenómeno de masas se desvirtúa”. “Primero les pongo lo que a ellos les gusta y poco a poco voy
pinchando lo que a mí me gusta”. “No sé pinchar como un DJ, pero creo que tengo un abanico más
amplio y un gusto más fino que la mayor parte de ellos”. “En Barcelona la gente es más snob, sigue más las modas. En
Madrid es más visceral”. “El DJ no es una estrella. Te lo pasas muy bien, vacilas un
poco y ya está”.
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