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Michel Camilo
Aunque aún se discuta, lo llamado “jazz latino” va más allá de lo que se terminó etiquetando como “salsa”. Como bien dicen muchos maestros del género, el jazz no es un estilo en sí mismo, sino una forma de tocar, un modo concreto de abordar las piezas. Y, del mismo modo que los estadounidenses abordan su repertorio, los cubanos, portorriqueños o, como en este caso, los dominicanos también lo hacen con el suyo. Siempre ha sido un error histórico entender que el jazz sólo puede ser creado a partir de los standards de un país en concreto; es, simple y llanamente, una manera de entender la música que puede ser utilizada por cualquier músico con talento. Michel Camilo, sin duda, lo tiene. Y también es latino. No es extraño, por tanto, que, cuando compone, le salga el eco de su memoria perfectamente entretejido con su exquisita formación clásica. En su manera de tocar y componer siempre ha quedado algún que otro agujero, pero aquéllos aparecían, probablemente, porque el entendimiento, como las amistades, necesitan su tiempo para asentarse. Hoy en día, la obra de Camilo está sumamente asentada, fluye con una naturalidad pasmosa y evidencia que su creador ha consolidado un estilo y una música propia. Su producción en los últimos tres años (“Spain” en el 2000, “Triángulo” en el 2002 y este directo recién salido) le muestra como una de las mentes más lúcidas del actual panorama latino dentro del mundo del jazz y se disfruta una enormidad cuando se aprecia en vivo. El nuevo álbum, que le presenta en un club clásico en el que no desentona nada, es doble y absolutamente delicioso. E.P.
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