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Belmonde
El grupo apareció a finales de 2001 con “Primer acto”. Allí dejaban casi sentenciadas sus coordenadas de rumbo: música instrumental, instrumentos acústicos, gusto por la percusión… Sus composiciones eran como pequeñas bandas sonoras escritas según el movimiento de hipotéticos personajes. Resultaba curioso, melancólico… llamativo. Ahora llega el segundo y afianza un estilo al que hay que buscar recursos si no se desea caer en lo repetitivo. Belmonde los ha encontrado y ha cuajado un disco más sugerente que, sin embargo, mantiene la línea de personalidad que ya exhibía su debut. Marimbas, vibráfonos, ritmos pausados y un ambiente nacido de la tristeza. No se usan en este caso las percusiones para incitar a la danza o para emular a brasileños y cubanos. Al contrario, la música de Belmonde rememora a Pascal Comelade y a sus sonidos de feria decadente. Resultan, por momentos, encantadores. El sentido cinematográfico de las piezas ha sido reconocido y explotado: el grupo ha encargado dieciséis cortometrajes que servirán de fondo a la interpretación de las dieciséis canciones del disco encima de los escenarios. Es reconocer que las piezas están cojas sin imagen. Algunas de ellas, cuanto menos. Muchas bandas sonoras tienen su riqueza en traer al oyente el recuerdo de las situaciones reflejadas en la pantalla y en el caso de Belmonde la decisión de asociar su música a la imagen puede generar lo mismo, complementar la composición y ensalzarla. Ello generará también cierto encorsetamiento en directo, pero la duda no viene al caso por cuanto es la música la que marca la pauta y estos temas fueron creados para ser expuestos en un álbum. E.P.
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