Pag.Ppal. Artículos Discos Crítica Agenda Directorio Foros Anuncios Contacto

Linkin Park

Palacio de Vistalegre. 8 de septiembre de 2003.

Es en el territorio del metal en el que el rock parece dar sus más recientes coletadas de renovación. En ese terreno, un grupo como Linkin Park ha generado enormes expectativas debido, principalmente, al resultado sonoro de sus discos, piezas de artillería pesada construidas con metales preciosos y lustradas con el mejor de los abrillantadores. El grupo, que puede presumir con absoluto derecho de ser el que mejor sonido pone en sus discos, parte, en directo, con ese mismo handicap: es absolutamente imposible sonar así en el mundo real. Ni la acústica de la mejor sala de actuaciones del mundo puede reproducir lo que Don Gilmore es capaz de sacarles tras semanas y semanas de estudio. Es innecesario aclarar, además, que el “Palacio” de Vistalegre madrileño no es, ni mucho menos, la mejor sala de actuaciones del mundo, sino una plaza de toros redonda y con cúpula que ha terminado aprovechando un equipo de baloncesto, ya que en Madrid no hay un sólo recinto deportivo que acoja a diez mil personas. Alguna vez, cuando una parte de la grada se levanta para poder colocar un escenario enorme, también se usa para hacer conciertos.

Era imposible que>, con estas premisas, Linkin Park impresionara como impresiona en disco, pero eso no significa que defraudara. Al contrario: el grupo sacó nota en su examen madrileño y mostró una perfecta conexión con su público aun cuando tuviera que recurrir, en muchas partes de su concierto, a una sobreproducción sonora. Los californianos aparecieron en el escenario después de que bandas como Adema o Redman hicieran su papel de teloneros. El horario previsto ya se había ido al garete y los fans más recalcitrantes de los Linkin empezaban a caer como moscas debido a la larguísima espera y a las condiciones de espacio que habían de pasar. Ni el metro en hora punta está tan lleno como la arena de Vistalegre en un concierto como éste.

El quinteto apenas pone show en su actuación: coloca un telón en la parte de atrás del escenario (que cambiaría un par de veces), una decoración de ciencia ficción y cuatro podiums con ventilación oculta a los que se suben y se bajan constantemente los miembros del grupo que no tocan sentados. Al fondo, y en alto, el DJ Joseph Hahn a la izquierda y el batería Rob Bourbon a la derecha. El show de verdad estaba atrás, enfrente de la escena: un equipo de técnicos y mesas que quitaba un buen trozo de espacio a la arena.

Entre saltos, paseos, subidas y bajadas, la gente de Linkin Park empezó un concierto triunfal que no decayó en ninguna parte del mismo. Aunque las voces de los cantantes se impostaban de un eco exagerado y las guitarras parecían controlarse desde la mesa, el sonido resultaba lo suficientemente aceptable como para que el público se sintiera encantado. No importaba demasiado, al parecer, la enorme cantidad de material pregrabado que lleva el grupo, ni el hecho de que el DJ, disparador de samplers, se convirtiera en el instrumentista estrella de la noche. Lo que hizo Linkin Park era tratar de reproducir lo irreproducible y consiguió un resultado más que digno en una tarea absolutamente imposible.

A algunos el concierto les terminó resultando corto (hora y cuarto más o menos), pero… de donde no hay no se puede sacar. La banda solamente tiene dos discos en la calle de los que seleccionaron lo mejor, y siguieron dando saltos y paseos sin olvidarse de bajar a saludar al público o subir a un espectador para que hiciera el ganso presentando una de las canciones. A tenor del resultado, a uno le queda la esperanza de que, con el tiempo y en algún lugar más adecuado, estos personajes sean capaces de llevar al directo su magia sonora. Hoy las ciencias avanzan que es una barbaridad.

E.P.

Arriba