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Fundacion Eivissa
Hay ocasiones en las que los tópicos, las etiquetas o el marketing que rodea a un disco hacen que su contenido quede, en la valoración del público, en un segundo o tercer plano. No sé exactamente qué ocurrirá con esta segunda entrega de Fundacion Eivissa, pero el álbum se presenta comercialmente, a priori, como algo que no es. Bien es cierto que la etiqueta “chill out” representa bien poca cosa y que dentro de ella cabe igual el folk celta que el pop electrónico. Parece que la única premisa para vender música con esa seña de identidad es que el ritmo de sus composiciones sea de baja intensidad. Fundación Eivissa, además, abunda en la parafernalia de Ibiza, de su isla y de sus parajes como si, realmente, pudieran ser dibujados por una música o unos artistas en concreto. El chill out “ibicenco”, como se ha demostrado innumerables veces, puede ser hecho en Croacia o Katmandú y numerosos DJs se surten de música de los países más recónditos para realizar las sesiones que luego son comercializadas con la isla mediterránea como emblema. Fundacion Eivissa ofrece un supuesto musical que ni es nuevo, ni identifica nada y sólo tiene validez si nos atenemos a sus resultados estéticos. Estos no aportan innovación ni nada que no pueda encontrarse en multitud de producciones y, si acaso, se pueden identificar más con un pop melódico surtido en base a instrumentos electrónicos y programaciones que a cualquier otra etiqueta comercial. El álbum, bien producido y coherente en su concepto, se une a otros mil que tiran del ambient, de las texturas espaciales y de un adecuado uso del estudio. Las canciones, que también las hay, abundan en las formas de pop más blandito y habitual. E.P.
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