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Aretha Franklin
Una verdadera señora. Con todo lo que ello conlleva. Cuando Aretha Franklin era una cría cantaba como una cría, cuando era una adolescente lo hacía arrebatadoramente y ahora, ya cumplidos los 60, lo hace como una señora mayor, con su estilo, su sabiduría y su ritmo. Ya no son los de antaño, pero es que el tiempo… es lo que tiene. Escuchar ahora mismo a Aretha sigue siendo un placer y no es comparable a volver a sus clásicos de la Atlantic. Es otra cosa, ni mejor ni peor: diferente. Hoy en día el soul ya casi no existe. En Estados Unidos se utiliza el término r&b para etiquetar a los cantantes de color que hacen música suave, ideal para escuchar mientras cenas con tu chica a la luz de las velas. Y ahí es donde se coloca la actual Aretha. Ya no utiliza su voz para romper cristales ni estalla en alaridos dibujados de negritud. Ahora todo es elegancia, seguidismo del estilo impuesto por Babyface en la música negra, aterciopelado, dulzón y siempre con guiños de color, como esos coros en la parte de atrás o esos subidones de garganta que aparecen periódicamente en este “So damn happy”. El álbum no ha sido producido por Babyface, pero da lo mismo. El santo y la seña están en esos arreglos acaramelados y en ese sonido de FM adulta que retrata un momento de la música norteamericana. Aretha se mueve ahí como pez en el agua, como antaño lo hiciera en el jazz y posteriormente en el soul. Aretha se mueve bien en cualquier piscina, es indudable. Sigue teniendo una voz maravillosa y un talante interpretativo de impresión. Una verdadera señora. E.P.
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