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Gamuza Azul publica un interesante libro sobre The Clash. Noviembre 2003.

Con la mirada de un roadie

Johnny Green comenzó con los Clash como roadie de escenario, pero no tardó mucho en convertirse en su road manager personal. Estuvo con el grupo en el período 1977-1980, mientras Joe Strummer y los suyos cimentaban la obra y la historia de una de las bandas más respetadas dentro del rock británico. Ahora, la editorial Gamuza Azul publica en castellano las memorias de Green con el título de “Nuestra rebelión personal. Día y noche con los Clash”. Lo que se publica a continuación es el primer capítulo de la obra, una pequeña introducción del libro de 260 páginas que cuenta, igualmente, con ilustraciones de Ray Lowry.

Estábamos pelados. Por entonces, los Clash no tenían manager y salían de una crisis económica para caer en otra. Estaban grabando “London Calling” en los estudios Wessex, a pesar de que la falta de confianza entre la discográfica CBS y la banda era tan grande que nadie estaba seguro de que fuera a ser editado.

Joe Strummer, Mick Jones y Paul Simonon no tenían dinero. Topper Headon menos aún. Tampoco Baker ni yo, que teníamos voz en todas las decisiones de la banda: nos ocupábamos de las tareas administrativas y cargábamos y montábamos los amplis y los equipos de sonido. La CBS nos retenía el dinero, tratando de suavizar a los Clash, intentando moderar la imagen y la postura política de la banda. La oferta, a última hora, de actuar en un festival de música en Finlandia era una oportunidad de obtener dinero en metálico demasiado buena como para dejarla pasar.

Pero tenía que ser en metálico. Debíamos dinero a los bancos y nuestras cuentas habían sido congeladas, ya que había un acuerdo pendiente con el anterior manager, Bernie Rhodes. La inclusión de los Clash en el Russrock Festival de Finlandia había sido gestionada por Ian Flooks, que acababa de crear su propia agencia, Wasted Talent. Flooks andaba buscando clientes y había echado el ojo a unos Clash sin agente. Tuve que insistirle en que no queríamos cheques ni giros bancarios, sólo billetes; libras esterlinas, por adelantado y en la mano.

Llevé aquellas largas negociaciones desde el teléfono público de pared del pasillo de los estudios Wessex. Por fin, acordamos una cantidad. Sólo quedaba otro problema: el equipo. Todo el material de la banda estaba montado en el estudio, para la grabación. No había tiempo para desmontarlo y enviarlo a Finlandia y, de todos modos, nos había costado tres días encontrar el sonido adecuado y no podíamos permitirnos los gastos en horas de estudio que habría supuesto volver a empezar desde el principio.

Después de varias llamadas telefónicas a Escandinavia, lo solucioné gracias a Thomas Johansen, road manager de Abba, que accedió a que usáramos sus amplis y su equipo de sonido. Abba era el único grupo de éxito que me había enganchado. Ya me imaginaba el hormigueo de emoción al conectar el jack al ampli de Agnetha… Luego resultaría ser más que un hormigueo.

Volamos a Finlandia con el personal mínimo. A Rob Collins, un técnico de sonido con el que ya habíamos trabajado antes, le llamamos en el último momento; a Jeremy Green, ayudante de grabación en los estudios Wessex, lo reclutamos allí mismo para que se encargara de las guitarras y los amplis. Al despegar el avión, todos sentimos que la banda se quitaba de encima la presión. Se impuso una atmósfera de chavales-recién-salidos-de-clase que se mantuvo durante todo el viaje. Nos alejábamos de las tensiones de la grabación y de nuestros problemas de dinero, y con la perspectiva de cobrar en metálico. ¡Estábamos de vacaciones!

Aquella sensación cobró aún más fuerza cuando llegamos al lugar donde se celebraba el festival. Los camerinos eran varias caravanas situadas tras el escenario, junto a un hermoso lago, entre abetos y al sol. Un trecho muy largo desde las calles de Notting Hill y los garajes de Candem Town, que eran el tema principal de las canciones de los Clash. Y tenían que tocar al aire libre, a la luz del día, algo casi desconocido para ellos. Eran los segundos del cartel, detrás de Graham Parker and The Rumour. Los Clash no habían salido de teloneros desde que lo hicieran con los Sex Pistols en la gira “Anarchy in the UK” de 1976. Conocíamos a Graham Parker y a su banda y no podían entenderlo.

-- ¿Cómo es que sois teloneros? ¿Cuánto vais a cobrar? --preguntaban.

Nos hacíamos los suecos y sonreíamos a escondidas.

Momentos antes de salir a escena, la banda preguntó:

-- ¿Dónde está el dinero?

-- No os preocupéis, está en el hotel, por seguridad --dijeron los organizadores, sorprendidos por la petición.

-- De eso nada. Lo queremos ahora, en la mano, antes de salir.

Uno de los promotores finlandeses me llevó al hotel para entregarme el dinero. No podía creerse que yo estuviera allí, en aquella habituación de hotel, contando 7.500 libras esterlinas en fajos de 100. Aquella no era la manera habitual de hacer negocios. El festival lo financiaba el gobierno finlandés, dentro de un programa de desarrollo para la juventud y la cultura, así que parecía poco probable que nos pagaran de menos. Pero, con la experiencia, habíamos aprendido a no fiarnos de nadie. Satisfecho al comprobar que estaba todo, lo metí a puñados en mi maletín rosa atómico y volvimos a toda prisa al estadio.

-- Tenemos la pasta, chavales ¡Podéis salir!

La banda estaba preparándose para entrar a escena cuando noté un zumbido que venía de las cajas de amplificación. Me apresuré al escenario para conectar un jack suelto, me apoyé en un pie de micro con la otra mano y di un volatín hacia atrás en mitad de escena al sentir una descarga eléctrica atravesándome el pecho. El público aplaudió enfervorizado. Pensaban que mi acrobacia formaba parte del espectáculo. Yo estaba furioso. Agarré el micrófono, empecé a insultar a los incompetentes técnicos finlandeses y, ya en general, a pedir que toda Escandinavia se hundiera en la más profunda mierda, empezando por toda la peña que aplaudía. Aquello les gustó todavía más y, cuando volví a bastidores para aferrarme de nuevo al maletín repleto de pasta, los Clash salieron al escenario entre un griterío ensordecedor. La banda dio un buen concierto, con el depósito cargado de vodka finlandés que habían pedido antes del pase.

Después del concierto, seguíamos con aquella sensación de vacaciones. Estuvimos viendo a la banda de Graham Parker desde el lateral, aullando para animarles y tomándoles el pelo. Yo tenía una cámara barata, así que salí al escenario y, en mitad de una canción, le pedí a Parker que sonriera para la foto. El cantó una estrofa y me susurró.

-- Lárgate. Lárgate, cabrón.

Tras el bolo, las bandas y el personal técnico fuimos a una gran fiesta que se celebraba en el salón de baile del hotel. Todos nos esforzamos por pillar una buena; la cerveza finlandesa está regulada por el estado y lleva etiquetas en las que aparecen una, dos o tres estrellas, dependiendo del grado de alcohol. Nosotros nos decidimos por las tres estrellas. Como de costumbre, me agarré una tajada por encima de la media y acabé pasado: eso sí, sin dejar de aferrarme a la maleta de la pasta cual difunto que se niega a dejar el vicio.

Finalmente, Joe y Paul decidieron llevarme a mi habitación. Al día siguiente, me dijeron que habían sido incapaces de levantarme y que habían tenido que llevarme a rastras hasta el ascensor. En mi espalda estaban las rozaduras de la moqueta para probarlo. Al cruzarse con Joe, que iba tirando de mí y del maletín rosa, Graham Parker le había gritado:

-- ¿Quién es ese capullo?

-- Es nuestro road manager --dijo Joe--. Cuida de nosotros.

En el aeropuerto de Turku, esperando para coger el vuelo de regreso, nos sentíamos aún muy animados, como si volviéramos sin problemas de un atraco a un banco. Como Pennie Smith, la fotógrafa, diría más tarde: “viajar con los Clash es como un asalto de comando perpetrado por los Bash Street Kids (1)”. Durante el vuelo, sentado con el maletín en mi regazo, fui repartiendo fajos de billetes, como si aquello fuera un juego.

-- Uno para ti, uno para ti, uno para mí…

Los Clash iban llenándose los bolsillos de billetes, ante el asombro del resto de los pasajeros y de los miembros de la tripulación. Por fin teníamos pasta y queríamos alardear de ello. Habíamos burlado a nuestros acreedores y a los bancos, y habíamos sido compañeros de conspiración durante el bolo. Graham Parker and The Rumour ni siquiera sospecharon que, a pesar de ser teloneros, habíamos cobrado más que ellos.

Hicimos trasbordo en Estocolmo y compramos una copia de “Playboy” para cada uno porque aparecía un reportaje sobre Keith Richards y los Rolling Stones, escrito por Tony Sánchez, en el que no salían muy bien parados. Mick Jones tenía la planta de Keef (2), y lo sabía, pero su afición por el estilo de vida de Keef no estaba tan expuesta al público. Se inclinó hacia mí y me golpeó en la nuca con el “Playboy” hecho un canuto.

-- No se te ocurra hacernos esto a nosotros, Johnny --dijo.

Y ahora lo he hecho. Cuando le conté a Mick este proyecto, no puso ninguna pega.

-- No te preocupes, no voy a centrarme en la cocaína y las tías --le dije.

-- Es una pena --dijo--, mejoraría mi reputación.

-- ¿Qué cojones de permiso? --dijo Joe--, me encantaba aquello de “¿quién es el responsable?”, “aquél…”, y allí estabas tú, completamente pasado.

Y, de un salto, se encaramó con las piernas abiertas sobre el tronco que ardía en la hoguera. Las chispas y las llamas rebrotaban en torno a su danza del fuego y su silueta, que aún lucía un buen tupé, se destacaba contra la aureola que rodeaba la luna llena en eclipse. Parecía sólo un poco más viejo, un poco más sabio que aquella silueta que ofrecía en el escenario veinte años atrás.

Así que conseguí el visto bueno y eché la vista atrás. Los Clash estaban rodando un vídeo para “London Calling”…

Baker y yo habíamos llegado a Battersea Park a mediodía. A alguna mente lúcida del ayuntamiento se le había ocurrido colocar topes en el sendero del parque, seguramente para reducir la velocidad de las sillas de ruedas fuera de control. Era un suplicio tener que maniobrar con las cajas rosa atómico de amplis y monitores de los Clash por encima de los topes para pasarlas al muelle flotante, pretenciosamente bautizado como Dique de Battersea, que se balanceaba al compás de la corriente del río. Don Letts, que iba a dirigir la filmación, apareció en una lancha motora con sus trenzas rastas al viento, acompañado del personal de rodaje. Montamos el equipo como si fuéramos a actuar en el Lyceum: amplis, cableado, micros, pies de micro y juego de monitores. Y esperamos y esperamos a que llegara la banda. Nos abotonamos las chaquetas para combatir el cada vez más intenso frío de la tarde. Incluso el buen humor de Letts comenzó a disiparse. Pasaron las horas, frías, y el sol se puso. Empezó a llover y, entonces, aparecieron los Clash. Todo el material de la banda estaba allí, bajo la llovizna, empapándose. Don mandó traer unos focos y yo mandé traer Rémy Martin. Quería recoger y marcharme a casa. El bote se alejó de la orilla, navegando a contracorriente, y Letts empezó a dar instrucciones a la banda con un megáfono, como si aquello fuera la regata entre Oxford y Cambridge.

-- Vale, vamos a parar. Cuando repitamos esa parte, acercaos todos al micrófono y luego os separáis…

Aquello era tan surrealista que empecé a animarme. La banda repetía las tomas una y otra vez, con paciencia, como profesionales, ofreciendo una imagen urbana y cosmopolita, y húmeda. Era como si hubieran sabido que iba a llover y que iban a acabar rodando al anochecer. Joe empuñaba su vieja y leal guitarra, con aquella pegatina que decía “IGNORE ALIEN ORDERS” (3). Paul lucía un sombrero de gángster de ala ancha. Mick llevaba un traje negro, corbata roja y un pañuelo que despedía reflejos de color. Cada vez que Topper golpeaba la batería, gotas de agua salían despedidas y rociaban su cara, que destellaba bajo la luz artificial. Entre toma y toma, en una pequeña cabaña de madera que había cerca de allí, yo les secaba la cara con toallas, y también los instrumentos, empapados por la lluvia, mientras daban tragos al Rémy y se apretaban unos contra otros para combatir el frío.

Por fin, acabaron. La banda se largó en un taxi. A Baker y a mí, helados, mojados y hambrientos, nos dejaron allí para que recogiéramos todo. Ni siquiera nos quedaba el rugido del público como despedida.

Baker dijo en un lamento:

-- Mira todo esto. Está empapado. ¿Cómo vamos a secarlo? Ya no sirve para nada.

Agarré un pie de micro y lo tiré al río. De la furia surgió la fuerza; levanté un monitor de cuña, alquilado a Maurice Plaquet, y, con un bramido, lo arrojé al Támesis. Para nuestra sorpresa, flotaba, y, entre carcajadas, nos quedamos mirándolo chapotear bajo las luces de colores del puente Chelsea.

© Ediciones Gamuza Azul 2003

(1) Se refiere a un cómic en el que los protagonistas son un grupo de escolares gamberros internados en el típico colegio británico.
(2) Keef es uno de los apelativos que Keith Richards tiene en Gran Bretaña.
(3) “No obedezcas órdenes de extraños”.

Gamuza Azul

¿Te gusta el rock? Entonces… lee rock

Leyendo libros tan entretenidos y clarificadores como “Nuestra rebelión personal”, de Johnny Green, o tan sinceros y profundos como “Los malos tiempos han quedado atrás”, de Dave Alvin, uno llega a la conclusión de que Teresa, la directora de la editorial de rock Gamuza Azul, tiene muy buen gusto. ¿Una editorial de rock? Efectivamente: has leído bien. Y no nos referimos a una editorial que se dedique a publicar biografías o álbumes de fotos, sino a la literatura con el rock como espina dorsal no bibliográfica, pues está escrita por personas que se han dejado la piel en él, en el escenario o en las bambalinas: novelas, cuentos o poemas, batalleo vital con la misma intención con la que se escribe una canción, sin la pretensión fría y meramente informativa. Una delicia. Cabe preguntarse qué razones encontró Teresa para hacer una empresa en inicio tan "quijotesca" como Gamuza Azul. “Lo que quiero es, básicamente, publicar libros que me gusten. Dar salida a libros, originales o traducciones, que creo que merecen la pena. El hilo conductor es la música, el rock’n’roll sobre todo, si bien hay también obras de músicos de otros estilos aunque todos con la actitud del rock’n’roll. ¿Por qué este tipo de libros? Bueno: el rock es un ambiente, un estilo de vida en el que me he movido y que dice cosas que me llegan, a mí y a más gente. Un día pensé que, seguramente, muchos de esos músicos cuyas canciones me gustaban también tendrían algún manuscrito en el cajón de la mesilla (o algo ya publicado en otro idioma). También considero la publicación de autores que no sean músicos si es que me gusta lo que escriben”.

Loables intenciones, aunque sabido es que el público rockero no se caracteriza precisamente por ser ávido lector, la receptividad del mercado frente a la propuesta puede ser arriesgada. “No es muy grande porque mucha gente no conoce a los autores y lo relacionado con el rock’n’roll no vende, eso ya se sabe. En primer lugar, porque no hay mucho público interesado y en segundo porque, es cierto, hay menos gente que lea libros. Para mí la editorial no es un negocio, así que me da igual que no tenga mucho mercado. Además, así puedo publicar exactamente lo que quiera, sin pensar en ningún momento si va a dar dinero o no. Yo sé que hay gente, aunque no sea mucha, que va a disfrutar los libros tanto como yo, y eso, y el placer de publicar algo que creo que es bueno, me basta. También es cierto que, a veces, la gente se espera algo distinto de la editorial, con eso de que va de música. Sí: es música, pero es literatura, no letras de canciones ni batallitas sin sentido…” Con ese carácter casi desinteresado, altruista, de la editorial no parece que la consolidación definitiva esté entre sus objetivos prioritarios, aunque nunca se sabe. “Ahora no tengo ninguna dificultad para consolidar la editorial. El libro de los Clash ha hecho, y esto ya lo imaginaba, que se conozcan los dos anteriores y que la editorial, como propuesta, siga adelante. Yo voy poco a poco, un libro cada año, de momento. Al principio lo del dinero era una dificultad grande porque no tenía un trabajo fijo y, claro, ya sólo la impresión del libro es una pasta. Si luego tienes que pagar la traducción, los derechos si se da el caso… Ahora eso ya está resuelto. Tengo otra dificultad que es no vivir en España, pero el libro lo preparo durante el año y cuando voy de vacaciones lo saco”.

Pues que sean muchas las vacaciones que Teresa pase por aquí (vive en Estados Unidos) para que los aficionados podamos seguir disfrutando de la literatura rock, ese genero tan desconocido que demuestra que tras la gañanería hay corazón y sentido (literario). Antes de despedirse, la directora de la editorial nos da una breve opinión de cada uno de los tres lanzamientos que lleva hasta la fecha: “el libro de The Clash es una historia caótica sobre una banda de rock contada por alguien que la vivió de cerca: no un escritor sino alguien con mucho que decir. El libro de Dave Alvin relata escenas de la vida cotidiana de los Estados Unidos, intimistas, con mala leche, un poco de tristeza y sentido del humor, contadas por un poeta del rock. El libro de Malcolm Scarpa, ‘¿Qué te debo, Jose?’, es una paranoia divertida sobre la vida cotidiana de un artesano de la música y la palabra. Para leer en pequeñas dosis. El próximo lanzamiento es un libro de cuentos, ‘Doghouse roses’, de Steve Earle, un músico de country-rock alternativo. Son historias de unos personajes al límite o fuera de él: un músico country adicto a la heroína, un traficante de droga en la frontera mexicano-americana, un veterano del Vietnam, un condenado a pena de muerte…”

Kike Babas & Kike Turrón

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