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Eliseo Parra

Suristán. 9 de abril de 2003

Dentro del folk hay quien se dedica a componer y fusionar a partir de la música tradicional y hay quien, por el contrario, dedica todos sus esfuerzos a recuperar la música ya hecha que, a punto de perderse por no haber sido recogida en productos fonográficos, guarda una parte importantísima de nuestra cultura. Eliseo Parra es de estos últimos y, a lo largo de su carrera, se ha ganado una bien merecida fama por ello. Gracias a sus estudios e investigaciones conoce no sólo la mayor parte de nuestro folklore, sino que es capaz de interpretarlo con la mayoría de sus instrumentos naturales. Su colección de panderos, almireces, panderetas o castañuelas son el punto de sustento de miles y miles de tonadas y melodías extraídas de nuestros pueblos y sus gentes.

En Madrid se presentaba de nuevo al frente de su banda, aquélla en la que cuenta como soporte de lujo con Eduardo Laguillo en los teclados y que se nutre de guitarra, bajo, dos percusionistas y un Xavi Lozano a los vientos que también se exhibe como un enorme coleccionista de todo tipo de instrumentos soplables.

Juntos viajaron imaginariamente de Palencia a Segovia, de Cataluña a Trasmonte, de Salamanca a Burgos… siempre con algo que decir y, sobre todo, con algo que cantar. Su repertorio abordó desde habaneras a seguidillas y de jotas a pasacalles exponiéndolo todo con una acertada mezcla de arreglos que, sin quitar un ápice de fidelidad a las canciones, sí les aportaba una mayor consistencia instrumental. Las piezas, extraídas de fuentes como el cancionero de Agapito Marazuela o los testimonios recogidos a mediados del siglo XX por el musicólogo Alan Lomax, se entremezclaban con lo advertido por el propio Eliseo en sus abundantes viajes a nuestros pueblos más perdidos.

El resultado de la puesta en escena es vistoso, alegre y, sobre todo, educativo: muestra bien a las claras que la riqueza rítmica de nuestro folklore no sólo no tiene nada que envidiar a cualquier otro estilo musical etiquetado, sino que lo supera por activa y por pasiva. Además de ello, la riqueza de los textos, en los que se aprecian palabras ya inusuales y mezclas de lirismo y picaresca, colaboran a apreciar el encanto de esta música y de su origen popular.

La propuesta de Eliseo y de compañeros como él no entra, obviamente, en los cánones de los medios mayoritarios en los que se premia lo banal e intrascendente, pero reivindica y recupera la música que ha hecho posible que este arte permanezca más allá de un año o una década. Su labor de arqueólogo y restaurador es de las que no se aprecia hasta que falta quien lo haga. Convendría darse cuenta de que la colonización musical anglosajona que sufrió España desde mediados del siglo XX no ha enriquecido en absoluto nuestra forma de entender la música.

E.P.

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