Pag.Ppal. Artículos Discos Crítica Agenda Directorio Foros Anuncios Contacto

Carlos Núñez

La Riviera. 26 de marzo de 2003

Annbjørg Lien

Suristán. 26 de marzo de 2003

¡Qué cosas tiene esta ciudad! Pueden pasar meses enteros sin que aparezca en nuestra cartelera un artista folkie de talante internacional y, de repente, en el mismo día, coincidir dos ofertas tan suculentas como las que proponen Carlos Núñez por un lado y la violinista noruega Annbjørg Lien por otro. Afortunadamente, con eso de que uno escribe en una revista, puede, en estas ocasiones, acudir a los dos debido a que no coincidieron en hora, pero está claro que, para quien tiene que pasar por taquilla, un solo concierto es más que suficiente como para dejar temblando su cartera durante una semana.

El caso es que la noche resultó de lo más satisfactoria. En La Riviera se pudo disfrutar de la propuesta, digamos, tocha, amplia, espectacular, mientras que en Suristán todo se recogió al concepto de sala, con un ambiente de lo más íntimo y acogedor. Además, en el fondo, todo resultó como muy complementario: Carlos Núñez es el típico artista de masas, uno de ésos que parece que todo lo tiene que hacer a lo grande. Annbjørg, sin embargo, da la impresión de pedir sencillez, de gustarse más cuanto más quietecito lo hace todo.

Así, el gaitero expuso una buena ración de su reciente “Almas de Fisterra”, un disco muy apropiado para presentarlo en directo con abundancia de medios. Teclas, dos violinistas, la sección eléctrica para el bajo y la guitarra (o el bouzuki) y el kit de percusión que es, en sí mismo, Xurxo, el hermano de Carlos. Además, por el escenario pasó también un cuarteto de gaitas que atronaba a base de soplidos y la vocecita (“de hada”, dice Carlos) de Eimear Quinn, quien apareció en un par de ocasiones para poner un punto pelín “ñoñín” a la noche. Pero tampoco estuvo mal.

La línea argumental de todo la iba contando y susurrando el gaitero gallego explicando cómo una canción venía de aquí y otra apareció allá, cuál es la diferencia entre la gaita escocesa y la que se toca en Galicia… cosas así que servían como de intermedio entre sinfonía y sinfonía. Y es que Carlos Núñez es como un sinfónico folkie, un perfecto utilizador de elementos y más elementos a fin de dar siempre con el arreglo adecuado y la sonoridad perfecta. Su concierto fue una muestra más de ello: bien es cierto que, de vez en cuando, ponía a bailar a la gente con danzas de filigrana en tono un poco más austero, pero la mayoría de lo que expuso era propio para sentarse, tomarse una Guinness de ésas (o un Albariño, que es como más de aquí) y disfrutar de los paisajes retratados por toda la colección de flautas y pitos que el vigués utiliza en cada uno de sus shows.

Lo de Annbjørg Lien, claro, es como el opuesto. Ella sale al escenario pequeñín, coloca a un lado a un guitarrista acústico y al otro a su teclista y, de vez en cuando, por detrás de ella, aparece la cabeza de un batería que, en la mayor parte del concierto, no hace más que mirar. Annbjørg prepara al público (sentadito, cómodo, sin apreturas) con alguna tonada festiva y, cuando ya tiene a todos donde ella quiere, se sienta y empieza a desgranar sus líricas historias nórdicas. Ahí, con ese violín (el hardanger se llama) que no suena, realmente, a violín (es de cuerdas dobles y siempre suenan dos al mismo tiempo), o con un mamotreto (el nyckelharpa) que es como una especie de zanfona pero sin ruedecita, ella se dedica a trasladar al personal hacia paraísos de hielo, a campitos verdes con flores… Todo, además, como muy cercano y agradable. De vez en cuando, también se pone a contar que si esto es una leyenda, que si aquello viene de una bruja… pero, como lo hace en inglés, pues como que no te enteras demasiado bien.

Luego vuelve a ceder espacio a su teclista y éste vuelve a pintar el Suristán de ambientes, de vientos, de sonidos de fondo sobre los cuales vuelve a imponerse en violín (o el hardanger ése). De vez en cuando, pero muy de vez en cuando, la noruega se siente como en la obligación de demostrar su capacidad técnica y se marca unos fraseos de ésos que hace que desees una repetición de la jugada. A cámara lenta. Y no porque se ponga a tocar deprisa y corriendo, sino porque no terminas de explicarte cómo alguien es capaz de hacer cantar a un violín.

Los dos (Carlos y Annbjørg) estuvieron deliciosos. Lástima que quienes vieron a uno no pudieran ver a la otra y viceversa. A ver si en otra ocasión hay más suerte y no se dan coincidencias de este tipo.

E.P.

Arriba