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Javier Corcobado vuelve a romper los viejos esquemas con su nuevo trabajo “Fotografiando el corazón”. Mayo de 2003 Aprendiendo a apreciar la vida
Este es de los países en que los tópicos se aprenden con una rapidez inusitada y Javier Corcobado (Frankfurt, 1963) lo sabe muy bien. Comenzó en la música con un proyecto llamado 429 Engaños y con una maqueta. Casi veinte años después de aquello su currículum incluye dos libros (“Chatarra de sangre y cielo” en el 91 y “El sudor de la pistola 13” en el 94) y su discografía alcanza los nueve álbumes firmados a su nombre más otros dos como componente de Mar Otra Vez y Demonios Tus Ojos. Aun así, la mayoría de las referencias que se han hecho a su persona durante este tiempo no acentúan su faceta de creador, sino que abordan principalmente su vida privada poniendo por delante adjetivos como “autodestructivo”, “excesivo” o “maldito”. “Los dos primeros términos me encantan, pero si no se usan frívolamente. He recurrido a la autodestrucción durante mucho tiempo porque no terminaba de entender el sentido de que yo estuviera aquí. Eso me llevaba a la rabia y, por no agredir a nadie, me agredía a mí mismo. Quería eliminarme, inmediata o pausadamente. Respecto a lo de ‘excesivo’… también lo acepto: hay veces en que hay que serlo simplemente para que te respeten. Hoy en día ya no soy tan autodestructivo; me he dado cuenta de que ésa no es la solución y que lo mejor es obviar esas circunstancias que te incitaban a la rabia. También soy más comedido en mis excesos. Puede que sea una cuestión de haber aprendido a apreciar más la vida. Lo que nunca me ha gustado es el término de ‘poeta maldito’: es un rollo que se ha repetido mucho y que me parece obvio y cansino. Sí soy poeta, pero lo digo pocas veces porque no son muchos quienes entienden eso. Es como el decir que eres cantante. Cuando alguien me pregunta a qué me dedico y le contesto que soy cantante la siguiente pregunta que surge es: ‘¿de qué?’. Y ahí ya me empieza a hervir la sangre”. Y no es raro. Si alguien quiere construir unos cánones cerrados en lo referente a la expresividad musical siempre encontrará en Corcobado a un animal en peligro de extinción, a una especie endémica que no cuadra con ningún árbol genealógico. Su aparición discográfica llegó en 1985, con un miniLP que presentaba en sociedad (o aparte de la sociedad) a Mar Otra Vez. “Era como la continuación de mi primer proyecto serio. Si 429 Engaños era una máquina de hacer ruido aquí todo se volvió más dulce. En ese grupo había varios talentos, sobre todo Gabriel Arias, un guitarrista que ha desaparecido de la escena musical y que creo que ha sido muy copiado por otros guitarristas con los que he trabajado después”, recuerda Javier sobre aquella propuesta que, a través de varias formaciones, presentaba alternativas de rock y ruido mirando de reojo a la no-wave neoyorquina de la época. Otros dos miniLPs y un álbum (“Algún paté venenoso” 87) después, el trapecista saltaba hacia otra experiencia intensa surgida de la crisis: Demonios Tus Ojos. “Realicé mi primer intento de trabajar en solitario, pero, después de unos ensayos, decidimos montar el grupo. Ese proyecto tenía fecha de caducidad desde el principio porque lo que tratábamos era de llevarlo todo al extremo. El disco que grabamos en el 88 no reflejaba mucho ese hecho, pero los directos que hicimos sí. De ese álbum yo me quedaría con alguna que otra buena canción”. En 1989 Corcobado comienza a firmar en solitario. Su concepto de la música como experiencia sensorial cuaja mal con un compendio colectivo y depende en exceso de cabezas cuyo mecanismo es como el de un reloj de plastilina. Su primer álbum es “Agrio beso”: “No era todo lo que yo quería. Me podían mucho las circunstancias y, probablemente, no iba exactamente a los sitios donde yo quería: siempre aparecía en otros diferentes. Creo que con Demonios Tus Ojos empecé a agradecer el hacer canciones, algo que no consideraba anteriormente porque lo que me interesaba era más las sensaciones y los límites”. Intento fallido. O no. La cuestión es que, en soledad, su producción no aportó más que otro EP (“Poemas”) antes de volver a un refugio colectivo: Los Chatarreros de Sangre y Cielo. “Aquello era más que un grupo: éramos casi una familia y teníamos un contacto permanente entre todos y a partir de todo. Ha sido la banda, hasta ahora, más sólida de todas las que he tenido. Vivimos experiencias dignas de una película y dábamos enormes patadas a las puertas de la percepción. Como músicos eran excepcionales y muchos de ellos (Justo Bagüeste, Nacho Laguna, Susana Cáncer…) han hecho discos en solitario”. Fueron cuatro años con una producción solvente y con una enorme ristra de experiencias para añadir a una futura autobiografía. “Tormenta de tormento” (91) es definida por Javier como un álbum muy especial y “Arco iris de lágrimas” (95) es colocado en su mente como el mejor de los trabajos que ha realizado si exceptuamos el más reciente. Entre ellos aparecieron “Ritmo de sangre” (93) y otros dos Eps, pero, entre medias, comenzaba a surgir una nueva faceta tan personal como las anteriores, aquella que presentaba a Corcobado como intérprete de boleros al frente de Cría Cuervos. “He escuchado boleros desde la infancia y era la primera vez que podía dedicarme a una labor de mero intérprete. Esos discos no se habrían podido hacer sin Justo Bagüeste. El se encargó absolutamente de todo y yo no tenía más que disfrutar cantando temas que, además, no eran míos”. “Boleros enfermos de amor”, la única creación del tándem, propinó dos entregas (en el 93 y en el 97) que supusieron, a la larga, paradas técnicas de avituallamiento. El cansancio empezaba a pesar, más en la cabeza que en los miembros, algo que tuvo cierta repercusión en el álbum que Corcobado firmó a pachas con Manta Ray en el 97 (“Diminuto cielo”) aunque no enturbiara un resultado sorpresivo. Dos años después Javier reaparecía en malas condiciones: “’Corcobator’ resultó, para mí, una decepción. Fue un álbum grabado en circunstancias muy desfavorables, sobre todo de salud”. Lo de Javier no era precisamente cumplir el trámite rockista de “vivir deprisa”. Al contrario, su trayectoria había mostrado pasos lentos, pero de gran calado, y ello había provocado, al final, un viaje largo y denso que imponía un receso. “Tenía que tomarme un descanso. Llevaba mucho tiempo con esto y estaba agotado, tanto física como anímica y mentalmente. También tuve algunas enfermedades y llegó el momento de tomar una decisión para poner punto y aparte a determinadas historias. Tenía que olvidarme de la música y de otras cosas implícitas a ella. Me fui a A Coruña, estuve allí dos años y luego me marché a México. En esos momentos había tomado la decisión de volver a hacer canciones, pero me aterrorizaba la idea de ponerme a hacerlas en A Coruña o en Madrid; no estaba nada seguro de que me salieran. En México no tenía excusa para evitar la situación de ponerme a componer y asumía que lo tenía que hacer por una cuestión de dignidad”. Se empezaba a fraguar “Fotografiando el corazón”. “A México ya había ido en el 92 y en el 93. Se había publicado allí uno de mis discos y había gente que nos conocía. Fui con los Chatarreros e hicimos cinco o seis conciertos. El país me fascinó y volví al año siguiente en plan de vacaciones. Fue entonces cuando pensé en grabar allí mi siguiente disco, pero en aquel momento no se pudo hacer”. La historia devolvió el golpe a principios del nuevo siglo. Javier viajó al impresionante país azteca absolutamente recuperado de todos sus males y con la cabeza obsesionada por volver a componer. “Quería recuperar el método de hacer canciones, casi por una cuestión de supervivencia. Me considero frágil y hacer canciones, ver que me salen, me da seguridad. También quería llevar a cabo dos sueños sonoros que nunca pude realizar por cuestiones meramente técnicas. Uno es ‘Ciudad erótica’, la construcción de una secuencia rítmica y melódica hecha sólo con voces, susurros y respiraciones. El otro es ‘Todo se rompe’, una canción basada en el incremento de timbres y en una laberíntica interposición de elementos eléctricos y electrónicos. En este disco quería hacer canciones clásicas, atemporales. Estoy harto de la mediocridad musical de este mundo y, aunque confiaba mucho en lo que trajera el siglo XXI, mis expectativas en ese terreno se han visto confirmadas justo al contrario”. El resultado, que se ha puesto a la venta en las tiendas hace pocas semanas, es “Fotografiando el corazón”, un disco sacado del ídem pero “muy premeditado: no es un disco espontáneo en el terreno sonoro. Lo considero sólido, aunque no sé si el mejor de los que he hecho. A mí me lo puede parecer ahora mismo por la aventura que ha supuesto crearlo, pero, para valorarlo, prefiero que me preguntes dentro de cuatro meses”. El álbum tiene, dentro de sí, características muy concretas y nuevas mellas en el filo de la navaja. Eso sí: ya no hay esfuerzos de explosión sónica ni viajes químicos reconstruidos. “Ahora me parezco más al Corcobado de crío, al que era limpio y estaba puro de experiencias. Este disco refleja eso, aunque también tiene mucho de la sabiduría y la experiencia que pueda tener como persona. Es un álbum sincero en el que hablo de la realidad más que nunca. Es un disco honesto”. La honestidad, palabra casi tatuada en la frente de Javier, es abordada también por otros terrenos más pragmáticos. Después de haber realizado el grueso de su obra en pequeños sellos independientes (cinco álbumes con Triquinoise, uno con Recordings from the Other Side y su colaboración mantarayniana con Astro), su aventura contractual ha terminado recalando en Dro, compañía que ya apostara por él en varias ocasiones publicando el resto de su discografía y sus primeros álbumes con Mar Otra Vez y Demonios Tus Ojos. “Es con la gente con la que mejor me entiendo, la que confió en mí y con la que más discos he hecho. Me siento a gusto con ellos porque me comprenden. Las experiencias con otras discográficas han sido un poco decepcionantes. Eran una alternativa para seguir publicando, pero, en el fondo, no tenían buenos cimientos y, cuando fallaban, siempre terminaban recurriendo a métodos desagradables, como dejar de pagar los royalties. Al final aquellas independientes terminaban siendo como las multinacionales, con todas las falsas promesas de las ‘majors’ pero en plan más cutre”, afirma Javier, quien también ha visto reeditado abundante material de su paso por Dro (por Gasa, en concreto) dentro del reciente libro-disco “Un época de grabaciones accidentales”. El álbum entra dentro de la serie que la compañía pone en la calle con escogidos elementos de su catálogo y en los cuales se incluye una biografía ilustrada del protagonista. Echando un repaso a este material, uno advierte que la música de Corcobado, en sus diferentes proyectos, nunca ha ido especialmente unida a las corrientes imperantes preferidas por el público español. “Soy un artista de minorías, aunque de minorías suficientemente amplias como para poder seguir grabando. Tampoco es que haya tenido demasiadas buenas críticas. El otro día vi un dossier de recortes de prensa: dominaban las malas, aunque algunas se hicieran con buena fe”, apunta. Y es que hay algunas cosas que no cambian con el tiempo. “Fotografiando el corazón” vuelve a poner de manifiesto que donde está Corcobado no está la masa. La reacción no es solamente unívoca y de un sólo sentido: “Ni encuentro ni me llegan espontáneamente cosas que me emocionen. Como mucho, algunas cosas se quedan en el nivel de ‘interesante’, pero nada más. El panorama me parece un poco desolador y haría falta remontarse mucho tiempo para encontrar algo que me haya impactado. Puede que lo último fuera Add N To(X), un grupo londinense con dos chicos y una chica. Eran unos verdaderos terroristas. Imagino cómo se lo debían pasar haciendo la música que hacen”. Con todo, ante los ojos de Javier se abre un panorama nuevo y, probablemente, desconocido para él. La edición de su álbum no es una simpleza realizada con pocos medios, sino un trabajo sumamente cuidado al que su compañía está concediendo atención. Además de abundantes actividades promocionales se han creado las situaciones adecuadas para que, en breve, se pueda volver a ver a Corcobado en directo, algo para lo que no habrá que esperar demasiado. Tal vez, en esta ocasión, la aventura sea más larga que en las anteriores. “Es un proyecto que depende de mí y que es estable. No puedo decir si seguiré con los mismos músicos que tengo ahora porque cada persona tiene su vida y los músicos siempre son personas fluctuantes. Pero, aunque cambien ellos, el proyecto continuará. Ahora vamos a empezar una pequeña gira de promoción por cuatro ciudades y después del verano tenemos firmadas veinte fechas por toda España. En febrero del año que viene iremos a México, donde también se va a publicar el disco, y en verano intentaremos hacer algunos festivales, tanto en España como en el extranjero. Luego, a partir de octubre, iremos a Estados Unidos y Sudamérica dentro de la gira de Rock en Ñ”. Si bien es cierto que el nuevo siglo no le ha traído a Corcobado coches voladores quizás sí le reivindica como artista y como poeta dejando en el tiempo otros tópicos suntuarios. Abstenerse quienes no quieran sentir algo más allá de lo cotidiano. E.P. Corcobado. “Fotografiando el corazón”. Dro
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