Pag.Ppal. Artículos Discos Crítica Agenda Directorio Foros Anuncios Contacto

La vida en la carretera (y XIII). Mayo de 2003

En carne propia

por Kike Turrón y Kike Babas con ilustración de Mart

Nos consta que muchos de los lectores de esta revista ya lo saben, pero, para quienes no, hemos de confesar que los autores de esta serie de reportajes de “La vida en la carretera” (y algunos otros artículos de esta revista), Kike Babas y Kike Turrón, militamos en un par de esas bandas que habitualmente descargan en las pequeñas salas de esta ciudad y, por ende, en cualquier cuchitril de fuera que nos pague el precio del alquiler de la furgoneta y nos dé algo de cenar y de fumar. King Putreak, The Vientre y los ya extintos Huevos Canos son bandas en las que se nos ha podido ver sudando la camiseta, agotando las existencias de J&B y echando fuego por la boca a base de palabras descerrajadas e insolente mandibuleo. Es por ello el momento de contar nuestra propia versión de los hechos y, de paso, despedir esta serie que nos ha acompañado durante todo un año. ¡Cuidado! Si conducimos, bebemos.

Kike Babas: “Lágrimas, sudor y… babas”

Lo primero que me gustaría resaltar, y que no ha salido a relucir en ninguno de los capítulos anteriores, pues estaban más dedicados a anécdotas que a sentimientos, es que en la furgoneta, en las sucesivas horas y horas de rodaje, quieras o no, se convive con personas de una manera especial, de una forma muy sui generis. Con quien vas es gente con la que se comparten un buen puñado de específicas vivencias, bastante personales, y que, sin embrago, pueden no tener nada que ver con tu día a día cotidiano, gente de la que no sabes nada de su vida en pareja (por ejemplo) y con la que, de pronto, te encuentras compartiendo habitación para dormir. Las posibilidades de convivencia y confianza con esas personas, compañeros de curro y diversión al fin y al cabo, se balancean entre dos posibilidades: o te abres y allí sale todo o te cierras y nadie sabe nada. A lo largo de todas mis salidas a tocar fuera, a veces me he abrazado llorando a compañeros de grupo, hablando de nuestras penas y nuestros sueños, y en otras ocasiones hemos sido perfectos desconocidos, silenciosos en nuestras vidas privadas, únicamente juntos porque la función debe continuar. Es un aspecto que me llama tremendamente la atención.

La experiencia me ha llevado a pensar que no es tanta la unión de la que hacemos gala: una vez deshecho el grupo resulta que apenas te vuelves a ver con esa persona, que nada tiene que contarte, o que nada quieres contar, y pronto se olvidan los tripis a medias, las pastillas enteras, los bocadillos a pachas, los menús de carretera… Eso sí: cuando, después de pasar por las doscientas batallitas de salir a tocar fuera, haces un buen colega ése es para siempre, aunque el grupo se separe, porque siempre habrá esa complicidad que se gana cuando a cientos de kilómetros de tu barrio te comes tripis a medias, pastillas enteras, bocadillos a pachas, menús de carretera…

Claro, que, si de anécdotas se trata, alguna hemos tenido. ¡Vaya si las hemos tenido! Comentemos algunas pues.

En el primer concierto que ofreció Huevos Canos fuera de Madrid, en la Feria Alternativa de Sevilla, nos bajamos en dos coches prestados, prietos de bultos y ebrios de sensaciones, con bolsas de speed escondidas en las botas y con la sensación de que íbamos a comernos el mundo (o, al menos, el contenido de las bolsas). Juanito, guitarrista y cantante, --recientemente fallecido en un trágico homicidio involuntario en un bar del barrio--, era algo mayor que nosotros y provenía del pasado más sórdido de Hortaleza. El había sido yonqui durante muchos años, arrastrando con viciosa resignación las nefastas secuelas, haciendo gala de un carácter bondadoso, elegante, y una voz aguardentosa con deje aflamencado. Pues bien: Juanito nos fue relatando, al paso de la comitiva por delante de unas cuantas gasolineras de la carretera de Andalucía, cómo, en sus años duros, había atracado muchas de ellas (y hay unas cuantas) haciendo hincapié aquí o allá en detalles escabrosos que él contaba con un desparpajo y un dandismo arrabalero que casi hacía parecer que aquello fue un inconsciente camino de rosas. Acojonados nos dejó. A la vuelta de los dos días sevillanos, con una gaupasa y una ronquera de puta madre, pudimos comprobar la utilidad de los conocimientos quinquilleros del Juan: el primero de los coches partió de vuelta a casa llevándose, sin querer, las llaves del segundo (por supuesto, los teléfonos móviles estaba sin batería desde hacía más de un día), así que Juanito, que menos mal que le tocó en el segundo coche, tuvo que hacerle el puente para poder volver. El cuadro era precioso: cinco tíos sin afeitar, sin duchar y sin dormir, haciendo el puente a su propio coche (¡ojo!, prestado) en las pocas paradas que hicimos de vuelta: a repostar, a mear, a tomar una birra, mirando siempre para todos los lados antes de que Juan agachara la cabeza y recordase viejos tiempos haciendo saltar la chispa al juntar los cables precisos. Sólo la coña hizo que no nos pararan y nos cansáramos de dar explicaciones.

Lo cierto es que muchas veces pienso que el hecho de que grupos como los nuestros salgan a la carretera ya es, en sí mismo, una anécdota, pues hay que recordar que en el circuito de bares y garitillos, cuando tú eres tu propio manager, tu propio pipa, tu propio técnico y tu propio conductor, hay de todo menos comodidades y facilidades. Que yo recuerde tan sólo una vez hemos dormido en un hostal: el resto de las veces (y han sido unas pocas… ¡centenas!) o no hemos dormido o nos hemos apoltronado en casas de diferentes colegas. Por lo demás, nos lo hacemos todo: conducimos, cargamos, descargamos, montamos, cerramos el bolo, peleamos por la pasta, vendemos nuestro material, compramos “material”… Y, en cada lugar, la misma historia: llegar el primero e irte el último. Así lo entendemos. Por eso, a lo largo de todos estos capítulos, me he ido sintiendo identificado con muchas de las anécdotas de cada apartado: con el capítulo II, “Los olvidados”, recordaba cuando casi me quedo en tierra a la vuelta de un bolo de King Putreak en Barbate tras telonear a Boikot. Las furgonetas llenas y yo desaparecido; llegué por los pelos, recién salían, contento y sonriente tras perderme por haber inaugurado una discoteca de bakalao en Zahara de los Atunes.

En el capítulo IV, “La benemérita”, tragué saliva cuando rememoré aquella vuelta de Málaga, también con King Putreak, cuando me traje escondido en los calcetines sucios, al fondo del macuto, unos cuantos gramos de opio para trapichear y nos pararon los picoletos y escogieron, de los tres, mi macuto para registrar. Cómo sudé y cómo temblé. Y cómo le dije al picoleto, cuando me preguntó por qué parecía tan nervioso, que es que me daba “corte” que me registraran la ropa tan, tan sucia, tras lo cual el tío dejo de rebuscar poniendo un cierto rictus de asco. ¡Uuff!. O el capítulo VIII, “Accidentes”, que me hizo recordar aquella vuelta de la Costa de la Muerte en Galicia, tras abrir para Los Enemigos, donde nos dimos un tremebundo festín químico de agárrate que hay curvas que me obligó a parar el coche, ya llegando a Madrid, porque se me empezaron a quedar dormidas las extremidades mientras la taquicardia iba en aumento. ¿Te imaginas conducir sin sentir los brazos, las piernas y con un atacón cardiaco de la hostia? Hubo momentos en que perdí el control del coche, pero, por suerte, me detuve a tiempo para reponerme mientras los chicos roncaban placidamente.

Con el capítulo IX, “Touring in Spain”, me acudió a la memoria la vez que hicimos de road managers de The Jacobites (el fantástico grupo inglés de rock’n’roll rollingstoniano y marcbolaniano dirigido por Dave Kursworth y Nikki Sudden) ya que, cuando al día siguiente de un antológico bolo en El Sol salíamos para Barcelona, me quedé dormido por la tremenda juerga de la noche anterior. Tuve que ir en autobús ¡siendo el road manager! mientras la banda se iba en su furgo guiados por un Turrón más profesional en horarios pero sin papa de inglés; el resultado fue que se llegó tardísimo a la sala (la Magic) y los encargados, pensando que no llegábamos, ya habían dejado pasar a la gente gratis al recinto. No quedó otro remedio que ir pasando la gorra entre la gente dando paupérrimas explicaciones y contribuyendo a la leyenda negra de la banda. Siempre recordaré las palabras de Nikki Sudden: “¡Kiki: this is very unprofessional!”.

O como olvidar, del capítulo diez, “Escatología”, aquella vez en Cáceres cuando, a la mañana siguiente de un bolo con Huevos Canos, aún de empalmada los diez miembros, Raúl, el batería, se dirigió a “descansar” a la furgoneta y no tuvo mejor ocurrencia que vomitarla entera de arriba abajo. ¡Vaya ataque de risa nos dio (menos mal) mientras limpiábamos, con Raúl incapacitado, los restos de comida, alcohol y jugos gastrointestinales esparcidos por el suelo del vehículo! Aún recuerdo el característico olor de la pota impregnada en el ambiente todo el camino de vuelta.

Estas y otras muchas nos han ocurrido, momentos que, al llegar a casa, pasan a ser risas y chascarrillos de bar. También ha habido momentos duros, muy duros, como el resbalón mental de Trespi (guitarrista y miembro fundador) en aquella gira gallega de The Vientre, o la vez que Panta (guitarrista y miembro fundador) abandonó King Putreak a la vuelta de unos bolos extremeños. Anécdotas nada divertidas que aquí no se van a rememorar. Y es que la carretera da mucho de sí. Si no, ¿qué piensas que han sido todos estos capítulos?

Kike Turrón: “Sangre, sudor y carajillos de ron”

La escena se repite y es difícil no engancharse a ella. Estas excursiones (las de los bolos) las financian los poemas y las músicas que inventamos. Eso supone todo un motivo de satisfacción: la creatividad tiene su precio y ésta está en venta, porque lo de llegar a ser disco de oro… Aún nos queda un pelín. La noche anterior a salir de concierto tratas de acostarte tarde por si durante la ruta puedes cerrar los ojillos, cosa difícil e improbable, y preparas algunas cosas en la bolsa: cambio de ropa, un poco de desodorante y un libro por si lees, cosa también quimérica. Cenas poco y… a dormir.

La mañana siguiente, tempranito, solemos quedar en una cafetería gallega del barrio, excelente por sus pimientos rellenos, su tortilla y ese lacón en salsa tan exquisito. Todas las caras albergan una intrépida sonrisa. Muchas veces sabes lo que te encontrarás en tu destino, otras ni idea, aunque el nexo en común, siempre, será ver a una gente a la que le gusta el mambo, con ganas de liarla y algún joven hostelero que tratará de llevar a buen puerto su osadía de traer a unos de Madrid. Nuestras armas, invariablemente, serán un puñado de canciones berracas envueltas en papel celofán o de regalo.

Quizá una de las ocasiones más bonitas de nuestra vida en la carretera fue cuando nos llamaron de la compañía discográfica de Manu Chao diciéndonos que le telonearíamos en su concierto en Madrid. Más de cinco mil personas. Impresionante a la par que anónimo, porque, la verdad, uno está acostumbrado a la lucha cuerpo a cuerpo. Una vez actuábamos en Galicia y, guiados por la intuición, a la hora de afrontar el tema titulado “Quiero ser camello” (un clásico del repertorio de King Putreak), el Babas sacó una bolsita de droga y nos puso una tontería a los del grupo, en plena canción, instando al publico a que pasase a comulgar a pie de escenario. Parecía que aquello se iba a desbordar. Sin embargo, la gente, desconfiada y precavida, no daba crédito a lo que veía y no se fiaba de que aquello fuese, en efecto, droga que regalaban los del grupo. Todo eso hasta que un autóctono se arriesgó y, volviéndose con cara de satisfacción, llamó a la masa a ponerse: “¡Es de verdad, es droga!”. Tarde, amigos: la canción estaba acabando y la sustancia también. Lo mismo hicimos cuando nos contrataron para tocar en Mallorca.

Nos habían avisado del peligro del aeropuerto, mejor dicho, de los picoletos del aeropuerto. Decidimos que lo mejor era ponérselo todo y que registrasen, si querían, que todo lo llevaríamos puesto. Bruno, avezado guitarra de King Putreak, era la primera vez que volaba en avión, y no digo nada del viaje que se pegó: asustado, blanquecino, sudoroso y risueño, se debatía entre dos asientos y entre la química que poblaba sus entrañas, con los ojos brillantes y la guitarra entre las piernas, mientras el avión seguía su curso. Al llegar, la policía, en ved de venir a buscarnos, se limitó a contemplar nuestro etílico-químico espectáculo.

No estábamos tocando con los grupos, pero sí presentado la biografía (proféticamente titulada “Tremendo delirio”) de Siniestro Total por tierras valencianas. Digamos que era una gira por Fnacs financiada por la SGAE donde charlábamos por la tarde con los medios y por la noche con los gramos de comunicación. Habíamos cumplido con nuestra misión y era hora de salir a patrullar los bares de la ciudad del Turia: dos Kikes y un Julián Hernández, todos ellos tocados por la noche anterior, que hubo que hacer exactamente lo mismo. Uno no sabe cómo ocurren estas cosas, pero de pronto sonó en el bar un enorme cataplán que paralizó la música y el murmullo. Julián Hernández se debatía entre el dolor y la vergüenza, arrugado en el suelo, maltrecho al final de unas escaleras metálicas, pero, eso sí, sin haber perdido una sola gota del cubata que agarraba con su mano derecha (eso es profesionalidad). A duras penas le levanté y traté de trazar un diagnóstico. Julián me decía que le dolía el costillar mientras yo le aseguraba que eso era por el susto, que no había sido nada. Le acompañé a un taxi y le mandé al hotel para seguir a lo mío. Todo normal (una caída más): no es la primera vez que veo hacer eso a Julián Hernández… por los cojones. Al día siguiente Siniestro había suspendido su bolo en Mislata y los siguientes… ¿por nuestra culpa? (estas cosas siempre son así). El roadie, que había llegado por orden del manager a recoger lo que quedaba de Julián, no paraba de sorprenderse cuando le decíamos, los Kikes, que se nos había caído el abuelo, que las escaleras era muy muy duras, que no había sido culpa nuestra… Todo quedó en familia y su costilla rota.

Tampoco fue culpa mía quedarme sin voz al tercer día de gira, quedando pendiente un bolo. Hablaba muy bajito y sólo tenía cuerdas para cuatro palabras, las justas para pedir un whisky solo, sin hielo, que dicen que arregla la voz. La voz, sinceramente, era fea, ininteligible: parecía otro idioma. Sin embargo, me salvó la policía (¡Qué tenga yo que decir esto! ¡Tiene sus bemoles!), ya que, al poco de empezar el bolo, tres tíos uniformados nos invitaron a parar esa ruidera y dar por concluido el concierto.

Y sigo con esos uniformados, esta vez los de verde, los que pegan los sustos en el asfalto. Era de regreso de alguna actuación: el aguerrido Trespi conducía y los demás íbamos incordiando, aunque recordándole que la luz de reserva estaba encendida desde hacía horas. “Ji, ji, ji”, hacía él, pero a los pocos kilómetros dio su último aliento (la furgoneta, se entiende) y, justamente, éste coincidió con un control de ésos de foto para los que van muy deprisa. Nosotros pasamos a diez por hora, por la inercia y saludando con la mano. El impulso nos llevó hasta el coche que te pone el multón, que no pudo más que acercarnos amablemente hasta una gasolinera próxima, donde hicimos lo que deberíamos haber hecho hacía horas.

La vida de grupo te lleva a diversas propuestas que, en fin, uno hace porque se debe a su arte. Esta vez éramos Huevos Canos cerrando bolos con un menda de Miraflores de la Sierra. El tipo, rústico de planteamientos, tenía una discoteca y le gustó nuestra primera actuación, de modo que nos ofertó ser el grupo que, cada mes, actuase en su discoteca. La imaginación manda más que el sentido común y nos propuso dar a cada actuación una temática diferente. Ahí estuvimos vestidos como obreros de la construcción, disfrazados de Feria de Abril (¿?) y, como era de esperar, de romanos, con sábanas y sin ropa interior debajo.

En otra ocasión King Putreak éramos invitados por Boikot para tocar en Barbate en días de Semana Santa. La imaginación nos llevó a ponernos capirotes, de ésos tipo penitentes que se ponen los devotos. Por la rendija que nos permitía el modelazo apenas veíamos, así que íbamos con pies de plomo. Eso hasta que el humo blanco del escenario empezó a colarse por la rendijita. Todo se iba cayendo a nuestro paso: guitarras, cubatas, micros… un vía crucis de padre y muy señor mío. La gente de allí aún nos recuerda por la épica procesión.

Finalmente regresas al local de ensayo, mantienes el sentido del humor con la temblequera del no dormir y no dejar y devuelves todo a su sitio. La cabeza todavía tardará un poco en hacerlo, pero es cuestión de días. Solucionado eso, buscaremos en los bolsillos los teléfonos que conseguimos en la ciudad que fuese, los pondremos a limpio y llamaremos: “Hola: somos King Putreak. ¿Te acuerdas que me dijiste que tenías un barecito donde poder tocar? Vale: el próximo sábado estamos ahí”.

Capítulo 1: La vida en la carretera
Capítulo 2: Los olvidados
Capítulo 3: Guía gastronómica
Capítulo 4: La Benemérita
Capítulo 5: Por el guiri
Capítulo 6: Los runners
Capítulo 7: Entretenerse en la furgo
Capítulo 8: Accidentes imprevistos y otros baches
Capítulo 9: Touring in Spain
Capítulo 10. Escenas escatológicas

Capítulo 11: Fuerzas de la ley vs. rock'r'roll
Capítulo 12: El baúl, con tachuelas, de la Piquer

Arriba