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Carlos Núñez se enfrenta, en “Almas de Fisterra”, al universo de Bretaña. Mayo de 2003

Viaje al fin del mundo

Como no podía ser menos, el gallego Carlos Núñez vuelve a presentar su más reciente trabajo con un viaje tan espectacular como fantástico. En “Almas de Fisterra”, el gaitero se entronca con la música bretona e invita a su fiestón a dos músicos de sobrado calibre: Dan Ar Braz y Alan Stivell.

“Es un disco que te captura inmediatamente, te lleva a un viaje. Es como una película fantástica en la que todo está trabajado en base a leyendas o tradiciones que llevan mucho trabajo de investigación. Me ha llevado tres años crear este viaje hacia esa especie de paraíso que es Bretaña, hacia una cultura atlántica, común. Es también una forma de sensibilidad porque Finisterre no es esa postalita turística del Caribe: es el fin de la tierra, donde se abre un mar que está vivo, que es un monstruo. En la antigüedad eso era el fin del mundo y ahí sigue habiendo una imaginación extra”. El vigués Carlos Núñez no evita calificativos a la hora de hablar de su nuevo trabajo. Nunca lo hace. En contraposición a otros artistas para los que grabar un álbum no es sino un trabajo más o menos periódico, este gallego de frente prolongada siempre tiene entre ceja y ceja convertir cada uno de sus álbumes en una aventura inolvidable. Para su público, pero especialmente para él. “Para mí lo mejor de la música es toda la vida que hay a su alrededor. En un disco como éste cada canción o cada melodía es un sentir especial con lo que hay alrededor, una aventura. Por eso he tardado tres años en hacerlo; he sido como un druida que tiene que ir inventando la llama de la magia. Si me traigo a Alan Stivell quiero que se traiga también su primer arpa y que no grabe en Bretaña, donde lo conocen, sino en Galicia. Toda esa semana de vivencias se refleja cuando grabas. Lo que sale es irrepetible. Puedes repetir la experiencia, pero el resultado no será el mismo”.

“Almas de Fisterra” es el quinto álbum de Núñez y llega tras la aparición del recopilatorio “Todos os mundos” (01) y de un cambio de compañía. Cada una de sus canciones está pensada como una aventura casi documental en la que la música lleva hacia la leyenda, la historia o, simplemente, la vivencia única. De ese modo, en el disco hay alusiones al príncipe bretón Mailoc, se narra la aventura de Yann Derrien, al que se le apareció su madre muerta, se graba con Alan Stivell tras una semana acompañada de dólmenes y queimadas, se cumple el sueño de juntar las gaitas escocesas, irlandesas y gallegas bajo la cúpula de una iglesia gótica y se baja una de las moradas del rey Arturo para tocar la flauta entre estalactitas. Cada álbum que desarrolla este singular personaje es algo parecido a una serie literaria de leyendas medievales, sólo que retomadas desde un universo musical absolutamente encuadrado dentro de la música celta. “La imagen que nos venden de la música por televisión, en OT, con el cantante metido en un zulo rosa y repitiendo trescientas mil veces la misma estrofa, no es real. Es una pena que la gente lo crea así porque la música es mucho más interesante que eso”, dice este incansable viajante.

“Yo llevo intentando siete años para colaborar con Jordi Savall. Y no porque él no sea asequible, sino porque me pidió algo sublime, algo que le enamorara. Yo apuntaba alto, pero cuando él me dijo esto… A mí me hace feliz trabajar de esta manera, aunque soy consciente de que no es nada habitual y no se estila. Para inventarte cosas nuevas, añadir nuevos lenguajes o buscar nuevas vías, se necesita tiempo de rodaje, experimentación, investigación. El día que grabé con Jordi estaba feliz. Venía de Ortigueira, volé a Barcelona y luego viajé hasta la iglesia. Conseguimos la pieza a las tres de la madrugada y al día siguiente tocaba en Luxemburgo. Estaba rendido, pero era el hombre más feliz del mundo. El disco está lleno de esos momentos”. Carlos habla con pasión de “Phonthus et Sidoine”, una pieza que retrata el amor de Phonthus, antiguo rey de Galicia, y Sidoine, reina de Bretaña. La pieza fue grabada en la iglesia románica de Sant Pere de Casserres, en medio de un bosque de la Cataluña profunda, y con el único acompañamiento de la viola de gamba de Jordi Savall. La anécdota, que podría resultar pintoresca, no es sino una más en un álbum como “Aires de Fisterra”. Algo similar podría decirse, por ejemplo, de “As covas do rei Cintolo”, una pieza recogida en cuevas subterráneas de las montañas de Mondoñedo a las que Carlos y su hermano Xurxo descendieron junto a un grupo de espeleólogos durante más de cuatro kilómetros. Según el escritor Alvaro Cunqueiro, los habitantes cercanos hablaban siempre de la antigua presencia en esas cuevas del rey Cintolo, el nombre gallego del Arturo bretón, y en ellas se puede apreciar una arquitectura natural fantasiosa que desemboca en la “sala de órganos”, una verdadera catedral intraterrestre. Allí, con instrumentos diminutos, se recogió el sonido de las estalactitas que aparece sampleado en el álbum.

De todas estas cosas, y de muchas más, Carlos habla sin necesidad de que aparezcan las preguntas. Si bien como gallego es costumbre que a éstas conteste, a su vez, con otras, cuando comienza a hablar de sus aventuras, es capaz de no parar en todo el tiempo del que disponga. “La música nace del mar. El mar es el corazón de esta música celta. Bretaña la descubrí a los trece años y es ahí donde empieza este disco”, comienza. Y, a partir de ahí, es necesario controlar el reloj a fin de que, algún tiempo después, haya solventado todas las dudas que puedan surgir alrededor de “Almas de Fisterra”.

Comencemos, pues.

No está de más empezar por las particularidades de este álbum en común. Al contrario que en sus viajes musicales anteriores, en éste Carlos se ha conformado con un ámbito geográfico menor, limitándose a la Bretaña. Si sus discos eran, habitualmente, cruce de culturas y universos de fusión, “Aires de Fisterra” se ha concentrado en el terreno céltico y ha eliminado experimentos interraciales.

-- “El trabajo de los invitados ya, de por sí, genera una riqueza muy grande. Es un viaje de Galicia a Bretaña y lo más importante del disco es haber podido capturar la emoción en estado puro. Las técnicas de grabación permiten hoy cosas imposibles: ir en barco grabando y componiendo, meternos con espeleólogos en una cueva y grabar una flauta, grabar con Jordi Savall en un monasterio a media noche o grabar en casa con Alan Stivell”.

-- Estaría bien que nos contaras algo de la experiencia con Alan. Aún no habíais grabado…

-- “Alan fue casi el inventor de la música celta en Bretaña. Le conocí a través de mi padre. El estuvo exiliado y Alan participó en un concierto a favor de los españoles. Allí le conoció y me habló mucho de él. En esta ocasión llegaba el momento de enseñarle Galicia. Cantó en bretón y en gallego y le encantaba descubrir palabras que, en gallego, tienen reminiscencias celtas: nombres de ríos, sitios que conservan su nombre prerromano… El es muy como Asterix (Bretaña es el país imaginario de Asterix y Obelix): te dice que el calendario que tenemos hoy es una chapuza y que el bueno es el calendario lunar. Es como cuando descubrimos falos tallados en piedra en algunos hórreos al lado contrario de una cruz cristiana. Galicia y Bretaña están llenas de esas pistas del pasado, códigos antiguos que fueron arrasados por civilizaciones posteriores. Por eso el disco es un viaje en el tiempo. Si Europa fuera una playa encontraríamos muchos restos de naufragios”.

-- Dan Ar Braz es otro de los invitados ilustres del álbum, sobre todo porque aún no habíais trabajado juntos en un disco, aunque creo que sí habíais tocado ya en varios festivales…

-- “A Dan Ar Braz le llaman el Mike Oldfield bretón. Es de los pioneros que ha incorporado las influencias de la música americana a la música celta. El creó un sistema de sonido, L’Heritage de Celt, y me invitó a participar en el proyecto. De ahí surgieron las colaboraciones de San Patricks. Yo he querido hacer mío ese sistema de sonido porque me parece muy interesante. El bagadou es como una especie de big band de música celta con gaitas, lombardas, percusiones… Son formaciones a las que hay que dar de comer; tienen tantos armónicos que requieren arreglos musicales muy potentes. Con ellos armas una arquitectura musical muy grande. Es música celta a lo macro y se puede tocar en sitios enormes, como en estadios sólo conquistados hasta ahora por el rock o las óperas. Los bretones lo crean todo a lo grande, no como los irlandeses, que lo hacen todo pequeñito, recogido”.

-- En este álbum no es la gaita, precisamente, el instrumento que tiene más presencia. Tú trabajas mucho con flautas y con otros instrumentos de viento…

-- “En este disco la gran maquina que son los bagadous están en muchos temas del disco. La gaita es el lado carnal, el sexo; la flauta es el corazón. Me gusta dosificar esas sensaciones para dejar espacio a la gran gaita que son los bagadous. También está el tema de las tres gaitas, ‘The three pipers’. Lo grabamos en una iglesia gótica. Era un sueño que tenía desde hace muchos años: juntar la gaita escocesa (el fuego), la irlandesa, más melódica y muy sofisticada (el agua) y la gaita gallega (la tierra húmeda). No se había hecho porque era muy difícil: son tres animales con tres caracteres, con su acento y sus manías, con sus afinaciones. Cuando grabamos ese tema es cuando entendí eso de ‘templar gaitas’, ese espíritu de contexto o de paz. Fue un esfuerzo de negociación buscando la tonalidad que a todos nos venía bien. Se ha tardado años en encontrar esta paz, sobre todo entre las gaitas escocesa e irlandesa. Si la música mandase en el mundo…”

-- Muchas de las cosas que aparecen en “Almas de Fisterra” no habrían sido posibles sin el uso de la informática. Cuéntame qué uso haces, exactamente, de los ordenadores…

-- “Te permiten mucha libertad y suponen un gran adelanto para conseguir transmitir y grabar la emoción del elemento humano. Lo más difícil no es hacer las cosas perfectas, sino que haya una mecánica de fluidos especial. Es como el amor: es imposible conseguir que la gente se enamore, pero hay hierbas de enamorar que, en manos del druida, pueden funcionar. La informática te permite coger ese instante, improvisar y coger las mejores jugadas, ir a sitios imposibles y grabar la reverb de las estalactitas. Utilizo la informática de dos formas: una como herramienta para construir la pócima y otra para manipular elementos que traemos de la naturaleza. Lo que está claro es que se ha avanzado muchísimo y que trabajamos con la más alta tecnología. No sólo a la hora de grabar, porque grabar en analógico también es otra experiencia, sino a la hora de transportar el sonido. Yo notaba que, cuando vas pasando la música de soporte a soporte, siempre había una pérdida. En este disco hemos usado el sistema U-matic, que no genera pérdidas por más transfers que haya. Si se produce una copia pirata de este disco verás que la calidad del sonido baja considerablemente, ya que se hace mucho más rápida”.

Carlos saltó a la actualidad mayoritaria de la mano de “A irmandade das estrelas” en 1996. Un año más tarde la escena de la música española estaba llena de gaiteros dado que la mayoría de las compañías grandes comenzaron a buscar el suyo viendo que la música folk podía ser un mercado interesante si se trabajaba con orden y criterio. Sin embargo, tal profusión de gaiteros no afectó en absoluto el ritmo de funcionamiento de Carlos. El siempre defendía que sus discos estaban a años luz de los de sus compañeros y que en ningún momento se iba a quedar con lo fácil. El hecho quedó demostrado en “Os amores libres”, su álbum del 99, donde realizó lo que él mismo definió como “su Quijote”. Multitud de artistas de las partes más diversas de Europa participaban en él y las grabaciones del mismo se tuvieron que realizar en estudios repartidos por casi todo un mapamundi. “Mayo longo”, su oferta del 2000, resultó más relajada, con un aire ciertamente pop y con la producción de Alejo Stivel. Ahora, después de que en 2001 Ariola publicase el recopilatorio “Todos os mundos”, el vigués ha decidido abandonar el barco de la compañía que apostó en principio por él, algo poco comprensible cuando estábamos hablando de discos que, probablemente, nadie se atrevería a financiar en la actualidad.

-- “En Sony estaba un gran maestro que ha sido mi Clive Davis particular. Es José María Cámara, el mismo que me fichó para Ariola. Pero es que, además, las historias se pusieron en fila. Hacía años que Sony Francia nos estaba tirando los tejos. Cuando Cámara llegó a la presidencia de Sony se encontró con que el primer proyecto del que le hablan sus colegas de Francia era de Carlos Núñez y ése fue, probablemente, el hecho que le convenció para llamarme. Cámara ha sido un hombre pionero. Tuvo la locura de fichar a un gaitero en el 96. Fue un visionario”.

-- Sobre todo si se habla de discos que llevan una preproducción como los tuyos. No me imagino cómo puedes planificar con tu compañía la forma de grabar teniendo en cuenta que pocas veces lo haces en el mismo estudio o con los mismos músicos. Entiendo que, cuando ellos reciben el disco, lo reciben ya entero…

-- “Así es. Tú no puedes programar la emoción. Ni en un concierto. Minutos antes de un concierto miro a la gente, hago la lista de los temas y ya sabes lo que puede haber; hay un cierto olfato. Pero mi manera de trabajar implica dejarte llevar por la marea y saber remar. Quizás para llegar al norte tienes que girar para evitar una tormenta. Es una combinación de logística y emociones. No vale una preparación específica de ‘hoy grabamos esto y mañana lo otro’. Quizás se prepara y, al final, no hay magia. Y, si lo notamos nosotros, también lo nota la gente. Aunque todos los discos tengan el mismo precio no son iguales. Yo he ido creando una forma de trabajar muy mía, que quizás aprendí de los Chieftains, y parto de un concepto muy artesano. Una música como ésta es una combinación en la que cada pequeña cosa tienes que hacerla tú con tus manos. Si hay algo en lo que no eres tú se nota. Un disco como éste está, de principio a fin, generado por mi instinto”.

-- Supongo que, a estas alturas, ya tendrás en la cabeza ciertas ideas que te apetecería llevar a cabo en el próximo álbum…

-- “Siempre tienes ideas que quieres hacer. Lo que pasa es que luego el cuerpo te hace decidir por cuál de ellas te embarcas. Ideas tengo muchas, y sé que van a suceder cosas maravillosas si no terminamos entrando en la guerra. Eso lo llevo muy mal; estamos haciendo justo lo contrario a los esfuerzos por crear. Crear es la lucha del hombre contra el caos, especialmente en este tipo de música. Trabajas con gentes de otros idiomas, otras culturas, otras ideologías, otras religiones, pero da igual: lo maravilloso es que estamos alucinando todos, sin fronteras, sin países, sin poder. Me siento muy afortunado porque la música me haya generado esta posibilidad de tener una gran familia a la que un día me gustaría reunir”.

-- En los últimos años se ha dado la circunstancia de que la gaita, como instrumento, ha dejado de ser inusual. Actualmente encuentras gaitas en grupos de heavy o de música dance electrónica. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

-- “Me parece fantástico que la gaita esté en otros géneros de música y no creo que sea una cuestión de temporada. Quienes en su día pensaban que Cámara era un iluminado hoy ven que no sólo hemos dado la vuelta a la tortilla, sino que hemos creado un público súperfiel, casi como los de un equipo de fútbol: sacas un disco y ahí están todos. Es increíble: cuando yo empezaba me decían que lo iba a tener difícil porque no cantaba. Cuando consigues cantar con la gaita o la flauta, romper esa barrera, generas una experiencia inolvidable a la gente. Eso lleva que, para hacer un disco, me tenga que romper mucho la cabeza, ofrecer vivencias… Cuando lo haces tienes un lenguaje que entienden hasta los chinos, y por eso no es extraño que este álbum se publique en toda Europa, en Rusia, en Japón, en Australia…”

E.P.

Carlos Núñez. “Aires de Fisterra”. Sony

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