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Wallflowers

Arena. 13 de febrero de 2003

Es asombroso el crecimiento de público y popularidad que ha respaldado a esta banda. Y lo es más cuando su última oferta discográfica (“Red letter days”) no es, precisamente, la mejor de las que ha realizado. Puede que éste sea de los grupos que se van reconociendo con el tiempo y que, gracias a sus conciertos, exponen a sus seguidores una carrera que, habitualmente, llega ya más lejos de lo que comúnmente se conoce.

Cierto es que Jakob Dylan y los suyos no son, precisamente, un grupo con una producción lineal. Sus discos y sus apariciones por estas tierras se separan bastante en el tiempo y eso no colabora demasiado para terminar de convencer a un público que hoy se ve desbordado ante la oferta. De todos modos, bueno es que la propuesta de una banda como Wallflowers sea capaz de colgar el “no hay billetes” en una sala como Arena.

El grupo resultó hasta puntual a la hora de enfrentarse a un recinto absolutamente abarrotado, y lo hizo recogiendo una selección poco discutible del material que, hasta el momento, han grabado. Lógicamente, “Better days” se llevó el grueso del repertorio (“How good it can get”, “If you never got sick”, “Three ways”…), pero, según iban cayendo las canciones, el grupo no tuvo reparo en recordar aquella maravilla que hicieron en el 96 con el título de “Bringing down the horse”. De aquel álbum tocaron las joyas más escogidas (“Three Marlenas”, “One headlight” y el extraordinario “Bleeders”) dejando también hueco para su “Breach” del 2000. De dicho disco interpretaron un “Letter from Wasteland” que prefirieron interpretar con Dylan en la guitarra acústica. Fue el único momento del set en que el grupo cambió el formato de dos guitarras, dos teclados (uno de ellos con Hammond incluido), bajo y batería.

Si bien el sonido no colaboró en exceso en lo referente a las voces y la sala se mostró (como siempre) absolutamente inadecuada para facilitar la visión de todos quienes se gastan el dinero en una entrada, el concierto deambuló con acierto alternando pasajes ligeros con otros de mayor intensidad. El público colaboró en lo que pudo y se mostraba consciente de lo que iba a ver. Wallflowers no es, de momento, una banda que genere un show escénico impresionante y basa su música en una acertada instrumentación y en un inteligente acuerdo entre el rock de medio tiempo y la evidente herencia de Dylan (el papá) en las formas de cantar de su líder. En conjunto, todo resulta armónico y eficaz, sin altibajos que corten el ritmo y sin alargar excesivamente su show. Después de cerrar con “Everything I need” la banda volvió al escenario para atacar “Angel on my bike”, “Here in Pleasentville” y “The difference”, una buena elección que colaboró a que, en general, todo el mundo saliera satisfecho de la actuación.

E.P.

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