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Toto

Sala Zenith. Pau. 29 de enero de 2003

Aunque Toto es de las pocas bandas clásicas que aún no han tocado en nuestro país, en otras latitudes no muy lejanas su presencia sigue atrayendo a multitud de público. Sin ir más lejos, Toto realizó en el pasado mes nada menos que once conciertos en Francia y en ellos se pudo comprobar el interés que todavía despierta su música en un público mayoritariamente dominado por adultos. En base a eso, no fueron pocos los españoles que el pasado 29 de enero cruzaron la frontera para asistir a su actuación en Pau, la localidad más cercana a nuestro país que el actual quinteto abordaba con su gira de 25º aniversario.

En ella, la formación integrada por el guitarrista Steve Lukather, el bajista Mike Porcaro, el batería Simon Phillips, el teclista David Paich y el vocalista Bobby Kimball (junto con dos músicos más de apoyo) pasa revista a los grandes éxitos de su carrera y presenta en sociedad las versiones que integran su último “Through the looking glass”. Aun así, y como es fácil esperar de una banda como ésta, las canciones no son sino el hilo argumental de un concierto que, acertadamente, uno de nuestros amigos definió como “para músicos”.

El comentario hacía alusión a la exhibición de virtuosismo que emanaba de los abundantes y continuos solos que cada uno de los miembros de Toto realizan en un show que sobrepasa largamente las dos horas. Con ésas, el plato es difícil de disfrutar si entiendes a la formación como una agrupación de compositores. Toto es, más que nada, un conjunto de intérpretes que rozan el grado de “diseñadores sonoros”. Las canciones, más que nada, unen amplios parajes instrumentales en los que no faltan las citas individuales de cada uno de los componentes del grupo. Steve Lukather, convertido con el tiempo en el santo y seña de la banda y en el líder indiscutible encima del escenario, atacó sus solos con todo tipo de guitarras, cantó y hasta se atrevió con los teclados. Por su parte, Porcaro y Paich estuvieron algo más discretos, aunque no perdieron ocasión de demostrar al público sus amplias capacidades. Mención aparte dentro de todo el tinglado merece Simon Phillips, fundamental en el actual sonido de Toto y, con diferencia, el más brillante de sus instrumentistas. Su actuación en solitario podría calificarse de una sinfonía de batería que sacó amplio rendimiento a un set que necesitaría tres habitaciones si quisieras montártelo en tu casa.

En el plano de repertorio, como ya se ha dicho, el grupo recupera sus buques-insignia convirtiendo cada uno de sus clásicos (“Roxanne”, “Hold the line”, “Africa”…) en piezas larguísimas cubiertas de intermedios instrumentales. El hecho, ideal para quien mira la música al microscopio y descubre una belleza en cada rincón, se vuelve cansino si lo que buscas son las versiones discográficas que Toto hizo populares en sus mejores tiempos. Con sus nuevas adaptaciones (piezas de Marley o de George Harrison entre otras) la idea no varía, y era extraña la situación en la que cualquiera de las canciones elegidas tuviera un tratamiento lineal de dos minutos antes de que Lukather o Paich no se inmiscuyeran con sus habilidades. Bobby Kimball, con esos principios, resulta el personaje menos favorecido de la formación, desapareciendo con mucha frecuencia y asumiendo el papel de segunda voz cada vez que Lukather repasaba sus propias canciones.

Por tanto, el ver a Toto resulta un plato de gourmet para el que se ha de estar preparado: es como una colección de clases magistrales agrupadas una detrás de otra, poco propia para el simple buscador de canciones pero muy adecuada para quien quiere comprobar, in situ, hasta dónde puede llegar la capacidad técnica de los diferentes instrumentistas.

E.P.

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