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La vida en la carretera (XI). Marzo de 2003.

Fuerzas de la ley versus rock’n’roll

por Kike Turrón y Kike Babas con ilustración de Mart

Es el único capitulo que se repite en esta asfáltica serie de entregas, pero merecía la pena ampliar el tema con el segundo (tras los accidentes) de los mayores riesgos que se corre al viajar con un grupo de rock: encontrarte con la pasma. En aquél nos centrábamos en los de verde; esta vez ampliamos el arco iris y levantamos la veda: nos sirve cualquier uniformado.

Es una desafortunada lotería. De hecho, pueden pasar muchos fines de semana y ni rastro de ellos, pero, justamente cuando menos los necesitas, allí está: la paradita de la policía. Lo normal es que estén velando por la seguridad en la carretera, pero lo usual es que quieran saber todo sobre media docena de tíos que, con cara de cansados o, directamente, resacosos, se trasladan a cumplir con su trabajo hacinados en una furgoneta entre trastos protegidos en duras cajas antigolpes. Una tediosa rutina.

La escena típica nos la recrea Vikingo, voz de Narco: “Un policía, creo que un guardia civil, nos paró y nos preguntó que si llevábamos algo extravagante en las maletas. Le dije que sí: que un guardapolvo rosa. No le gustó demasiado mi contestación y registró todo por la broma. También me gusta, cuando te apuntan a la cara con la linterna por la noche para identificarte y molestarte, tirarme un pedo: o meten rápido la cabeza por la ventanilla o la sacan inmediatamente”. Humor sevillano a raudales.

Pero vayamos más al norte. Estamos en el Euskadi profundo, allí donde los policías no se andan con tantas chiquitas y ven en un concierto un incendiario foco de revolución. Fermín Muguruza es un clásico de esas carreteras y nos relata, a continuación, un encuentro con las fuerzas de seguridad: “Hace dos años tocábamos en Gernika y la Guardia Civil puso controles en la entrada del pueblo. Es una cosa muy habitual, para que la gente pase de ir al concierto o para provocar. Nos pararon en el control y Viry, nuestro furgonetero, salió del vehículo. Es andaluz, y empezó a hablar con un guardia civil que resultó ser también andaluz. Casi en plan colegueo, el guardia le preguntó que qué llevaba y Viry le dijo que los instrumentos de música y a nosotros, los que hacíamos ‘la verbena’ en la fiesta. Se tiraron hablando los dos como diez minutos mientras nosotros aguardábamos todo nerviosos dentro de la furgo porque allí, cuando se monta un control de éstos, es con tanquetas y con las ametralladoras apuntándote. Al final se dieron la mano, Viry se montó en la furgo y nos dejaron ir. Respiramos aliviados: bueeeeeno con los de la ‘verbena’, sí señor”.

Sigamos por el norte de la península, con toda su fama, su leyenda y su despliegue de fuerzas policiales. Esta vez fueron los granadinos Planetas quienes recibieron la bienvenida del cuerpo: “Paco, de Atraction Management, iba conduciendo; se estropeó la furgoneta y nos dieron un coche de alquiler a cambio. El problema era que no cabíamos todos en el coche porque éramos seis, así que el que sobraba se fue al maletero. Como veníamos de fiesta, todos despanzurrados, le dijimos al de atrás que no se asomase demasiado. Pero, nada más entrar en Euskadi, nos encontramos un control. Nos rodearon mogollón de picoletos: coches, metralletas, motos, pistolas, furgonetas… pensaban que llevábamos un tío secuestrado atrás. Todo se aclaró: un camionero, que quería pasar a la fama, había dado el toque. Paco, que iba de furgonetero, pensaba esquivar una multa por ir seis en el coche y lo que pensaban ellos es que éramos terroristas”.

Fino, ex Enemigo y ahora en Clovis, nos aporta un apunte y una lección: “Nos fuimos con los Comando 9 mm de gira a Euskadi y, en una ocasión, le preguntamos no-sé-qué a un ertzaintza de ésos. El nos preguntó que si éramos músicos y que cómo nos llamábamos; y le decimos: Comando 9 mm, Parabellum, y los Enemigos. No nos llevaron al cuartelillo de milagro”. ¿La lección? Mira bien qué nombre le dices a los que te paran y así no te llevarás un susto. Un buen nombre, por ejemplo, es Los Feliz, pero éste ya está pillado por Miguel Costas y sus compinches gallegos, que también nos traen una anécdota curiosa: “Teníamos un conductor que era un poco corto de vista y que, cada vez que nos paraba la Guardia Civil, saludaba y paraba diez kilómetros más allá. Más que nada porque nos perseguían. De todos modos, nuestros viajes son de ida y vuelta: caso ni nos da tiempo a hacer nada grave”.

Para los madrileños Sex Museum encontrarse con la policía fue algo decepcionantemente inútil: “se podría resumir ese tipo de encontronazos en la primera vez que salimos de gira fuera de España. En el grupo había tres menores de edad y ningún carnet de conducir, así que un colega se vino de conductor. Era tan caro alquilar una furgoneta durante una semana y media que nos compramos una Siata --mini furgoneta de Seat de mediados de los 70 y con motor de 850-- por 60.000 pesetas. Justo el día en el que salimos llegó la gota fría y cayó una nevada enorme en toda Europa que nos acompañó durante todo el viaje. Al poco de pasar Guadalajara la Guardia Civil nos obligó a poner cadenas, sabio consejo. A los veinte kilómetros, y en medio de la nieve, nos quedamos sin cadenas. Había que llegar a Barcelona porque tocábamos esa noche, así que seguimos adelante y llegamos justo al concierto después de una odisea de Madrid-Barcelona al viejo estilo. Aún no había autovía. Al día siguiente compramos unos metros de moqueta y forramos las paredes y el techo de la furgoneta. Hacía mucho frío y a la furgoneta no le iba bien la calefacción. Por lo menos, como la furgoneta era tan pequeña, íbamos tan apretados --uno de nosotros tenía que ir siempre tumbado en la parte trasera encima de los instrumentos y las bolsas-- que nos dábamos algo de calor”. Eso se llama ayuda en carretera, sí señor.

Pasemos adelante con otro ejemplo de la práctica utilidad de los cuerpos uniformados en caso de verdadera necesidad. La película nos la cuenta Piñas, de Marea: “Nos robaron la furgoneta en Berriozar y apareció en Burgos. La habíamos denunciado a los picoletos y a la Ertzaintza. Finalmente la encontraron los picoletos y nosotros suponíamos que, al aparecer la furgoneta, ellos quitaban la denuncia de un ordenador y toda la ley sabía que esa furgoneta ya no estaba robada. Pero pasó que, volviendo de Vitoria de un concierto, se nos ponen los ertzainas detrás y nos echan a un lado. Pensamos: nosotros no bajamos, pero ellos tampoco lo hacían (y tienen que bajar ellos). Total: despliegue de la hostia, cuatro Nissan y la leche en verso. Terminó todo arreglado, pero también era mucho suponer que ellos mismos dejasen constancia de que esa furgoneta ya no estaba robada. Volviendo de Gernika, de casa de Uoho, en la Plaza del Mercado nos vuelven a dar las luces, sale el tío a por nosotros y empieza a acercarse gente. En lo que enseño los papeles ya tenían a éstos contra la pared y flipando. Al final el tío estaba casi cortado de la vergüenza que daban”.

Los de fuera de nuestro mapa

Que los músicos sean parados por la policía allende nuestras fronteras es algo que está a la orden del día. La matricula de un sitio raro y todo lo argumentado al principio del capítulo hacen del vehículo del músico la golosina soñada por cualquier vigilante de la ley y el orden. De nuevo contamos con la palabra de Fermín Muguruza, que hace poco comenzó la gira internacional de presentación de su último “In-komunikazioa”. Dejemos que cuente el músico irunés: “Tocábamos con Billy Brag en Portugal y, antes de pasar la frontera, paramos en un bar de carretera a las seis de la mañana. Resultó que el sitio estaba lleno de guardias civiles. Me fui al baño y, cuando salí y me estaba lavando las manos, me encontré a uno de ellos mirándome fijamente a través del reflejo del espejo. Seguí lavándome las manos y también la cara para ver si se iba, pero… nada: ahí seguía. Empecé a acojonarme porque no sabía la que se iba a poder montar allí. Tenso silencio. Entonces me pregunta: ‘¿es usted Fermín Muguruza?’ Le respondo afirmativamente y, cuando estaban cayéndoseme gotas no sólo de agua, sino también de sudor, me dice el tío: ‘suerte maestro’, y me da la mano. Yo allí, con la mano empapada de agua y sudor frío, se la di como pude, temblorosa… Un amigo que estaba encerrado en el servicio vio toda la jugada y decía que, si no lo llega a ver, no se lo cree. Aun así salimos del bar y nos largamos cagando hostias hacia Portugal”. Rozando la frontera y desafiando la suerte.

Diferente la situación en la que se vio Jorge Lorán de Dwomo hace ya algunos años estando en Malarians: “nos pararon en la frontera franco-italiana muy convencidos de que iban a dar con drogas. No dieron con nada evidentemente, y eso que, a algunos, se los llevaron a desnudarles. A mí me preguntaron si fumaba y dije que no, pero me hicieron vaciarme los bolsillos. Entonces el tío me pillo un yanca, un cazoo (instrumento a modo de silbato) y el gendarme lo levanto como un trofeo: estaba totalmente convencido de que fumaba y me había pillado un artilugio para ello. Entonces fui a cogerle la movida para decirle lo que en realidad era y, al ir a echar mano, el tío me la sacude poniéndose la cosa violenta. Un tío de Spook and the Guay, otro grupo al que también habían parado y estaba allí, se acercó y le explicó en francés al poli que era un instrumento musical. Entonces le pillé de mala leche el cazoo y me puse a tocar ‘La Marsellesa’. Los gendarmes se quedaron helados y hubo unos segundos de tensión hasta que una gendarme que estaba allí, en plan guapita, se rió y con la tontería se rompió el hielo. Nos marchamos corriendo. Un himno me salvó”.

Toda una tensión aliviada con éxito, pero no siempre se tiene la misma suerte, como pudimos ver en aquel capitulo cuarto de esta serie sobre la vida en la carretera. Dejemos que sea Iñigo Muguruza, del grupo Sagarroi, quien abra su diario de gira. Nos vamos al otro lado del charco y la suerte no anda por allí cerca. “Si hablamos de emociones intensas tenemos que remitirnos directamente a Latinoamérica. En un concierto con Negu Gorriak en México DF, la policía nos estaba esperando a la salida del concierto debido a la visita que hicimos a Chiapas tres miembros del grupo. Salimos disfrazados con camisetas de la organización del concierto (Kaki llevaba un gran sombrero vaquero que se lo había puesto uno de la organización). De allí fuimos al piso de uno de los organizadores hasta la mañana que salía nuestro avión de vuelta. Teníamos que pasar por el hotel a por las maletas y allí estaban los maderos, muy correctos en el trato pero acompañándonos hasta que nos vieron montar en el avión. A Mikel Abrego (batería), que se quedaba allí una semana más, le dijeron que pasara al día siguiente por comisaría a formalizar el visado y, cuando fue, le metieron directamente en el calabozo, donde estuvo toda la semana”. Sin comerlo ni beberlo, simplemente por tocar la batería, al talego.

Concluimos con una rocambolesca aventura que sucedió hace montones de años a los madrileños Tarzán, que hace pocos meses han lanzado “Principio activo”. La historia tiene a la policía de por medio: “Ibamos en un autocar Orujo de Brujas, Nivel 30, nosotros y gente de la okupación de Minuesa. Se iban a realizar encuentros con los centros sociales de allí y, al mismo tiempo que una gira por Italia, suponía también un intercambio entre colectivos. Al cruzar la frontera con Francia nos paró la Policía y metió en el autobús un perro para buscar drogas. El perro se volvió loco nada más entrar porque aquello era Sodoma y Gomorra. Al final el perro se quedó oliendo los huevos de un compañero, al que, junto con otro, se llevaron a un cuartito. Les encontraron algo y les pusieron una multa. Hicimos una colecta entre todos y les dejaron seguir; eran una sesenta mil de aquella época. Quedaba otra frontera, la italiana, y cundió de nuevo el pánico. Como ya era mucha historia, la gente decidió ocultar las sustancias ilegales en un mirador a la salida de Montecarlo. Supuestamente quedó todo en ese área de servicio. Cuando llegamos a Italia la gente empezó a alardear del botín que había ocultado: enormes rocas, bolsazas llenas… en fin, una expedición de narcotráfico a juzgar por lo que se decía. Cuando salimos, una furgoneta iba por delante del autobús y los fumadores de hachís estaban que se subían por las paredes, ya que hacía tiempo que habían fundido todo. Decidimos que era mejor parar en Montecarlo y pillar un par de chinillas de lo que se había escondido para tirar hasta Madrid. El caso es que, cuando llegó el autobús a Montecarlo, no sé si porque hubo mucha bocarranada o que, no encontraron nada. Al llegar al destino, quienes íbamos delante comentamos que habíamos pillado una chinilla y los demás se nos echaron encima: desde la radio pamplonica se advertía que los Tarzán habían robado alijos de costo en Montecarlo y cosas así”.

En fin: curiosidades del rock de aquí y de los policías de allí.

Capítulo 1: La vida en la carretera
Capítulo 2: Los olvidados
Capítulo 3: Guía gastronómica
Capítulo 4: La Benemérita
Capítulo 5: Por el guiri
Capítulo 6: Los runners
Capítulo 7: Entretenerse en la furgo
Capítulo 8: Accidentes imprevistos y otros baches
Capítulo 9: Touring in Spain
Capítulo 10. Escenas escatológicas

Capítulo 12: El baúl, con tachuelas, de la Piquer
Capítulo 13: En carne propia

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