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Una y otra vez, Viña Rock multiplica la asistencia de público y se muestra como el festival más seguido por los aficionados. 1, 2 y 3 de mayo de 2003 Como siempre
¿Público? Más de 50.000 personas. ¿Incidentes? Ninguno. Esa podría ser la crónica escueta del festival más mayoritario de cuantos se celebran en nuestro país. Hay otros más grandes, sin duda, pero la asistencia de público se mide en cientos de miles de personas debido a que éstas no tienen que soltar un duro pasando por taquilla. Si esas ofertas pusieran un precio a sus actuaciones el nivel de asistencia bajaría considerablemente. En Viña Rock, sin embargo, crece cada año. Y eso genera siempre dudas y expectativas, especialmente sobre el modo de organizar las cosas para que tal marabunta humana pueda disfrutar sin inconvenientes, que de eso se trata al fin y al cabo. Este año los promotores que ponen en marcha el Viña han trabajado a conciencia y han suplido con soltura la imprevisible avalancha de público: los escenarios han multiplicado su aforo, todo el recinto ha reorganizado su ubicación y se ha añadido al cartel la tan deseada carpa que acoja las ofertas musicales que parten de la electrónica y el dance. Con ésas, el recinto del festival se convierte ahora en un inmenso mar en el que, curiosamente, es imposible perderse. El escenario heavy, así como las carpas de dance y hip hop, pueden estar muy alejadas entre sí, pero también es cierto que el público común a estos eventos es muy poco. Por contra, la colocación de los escenarios principales (con más público flotante entre ellos) facilita los accesos a oleadas y permite a éstos albergar mucho más público del que consiguieron convocar en cualquiera de sus actuaciones. Dado que la distancia entre el personal y el escenario crece enormemente según la gente se va acomodando, pantallas de vídeo estratégicamente colocadas permiten seguir los conciertos desde terrenos sumamente alejados. Aún quedan por mejorar las intromisiones que el sonido de un escenario realiza en el espacio físico de otro, pero el asunto parece poco trascendente en este momento dado que el hecho apenas causó problemas excepto en lugares muy determinados. La seguridad, el sonido y la intendencia estuvieron a un nivel notable, notándose que tanto público como organizadores colaboran en un mismo fin: aunque siempre tiene que haber algún baboso que tensa demasiado la cuerda, los incidentes en este terreno apenas son reseñables y quedan únicamente dentro de la anécdota. Primer día: la bienvenida Muchos esperaban una llegada escalonada al festival debido a que, en esta edición, la programación iba de menos a más y estaba pensada para un puente en toda regla (del 1 al 3 de mayo, de jueves a sábado). Sin embargo, aunque el público fue fluyendo día a día al recinto, sí quedó claro que, cuando se convoca a tanta gente, las carreteras se saturan tarde o temprano. No era, por tanto, extraño encontrar retenciones en los accesos a la entrada de Villarrobledo, algo que muchos asistentes tuvieron que sufrir también en sus puntos de origen debido al éxodo que, desde las ciudades, se suele producir en fechas tan festivas. Aunque la organización colabora estrechamente con las autoridades de carreteras a fin de poner las cosas lo más fáciles posibles a los automovilistas, el hecho requiere paciencia por parte de todos. Mientras, las estaciones de autocares y trenes comenzaban a soltar viajeros a diestro y siniestro alcanzando, sólo en el primer día, la cifra de veinte mil visitantes foráneos que llegaban a la localidad manchega con un objetivo entre ceja y ceja: colocar su tienda de campaña en el mejor sitio posible y empezar a disfrutar del Viña en cuanto pudieran. Y no tuvieron que esperar mucho: el escenario patrocinado por Radio 3 (única emisora que retransmitía el festival) comenzaba sus actividades un pelín pasadas las cuatro de la tarde y las prolongaría hasta más de doce horas después. Pasaron por allí bandas arremolinadas en torno a las nuevas tendencias del metal que fueron castigando poco a poco el equipo de sonido. Eso generó que, al aparecer los nombres más relevantes del cartel del día, su propuesta no llegara a la gente con la nitidez que había alcanzado en las primeras horas de actividad. Norwich, After Feed-Back, Malfuncktion o Kannon fueron los encargados de lidiar con el primer público que se acercó al escenario, aquél que desafiaba a un sol de justicia y que iba mirando aquí y allá las novedades del recinto. Loop, PiLT, Coilbox, Skunk DF y Breed 77 cogieron el relevo con dignidad y lo dejarían todo colocadito y acorde para que la noche terminara en orgía sonora con la bestialidad de Freak XXI, las formas de Hora Zulú y la fusión rockera de Dawholenchilada. Todo muy apañadito para ser una fiesta de bienvenida que ponía a prueba el funcionamiento de la organización. Mientras, en pleno centro de Villarrobledo, el Gran Teatro acogía una propuesta de más riesgo: con el amparo de Pereza ejerciendo de teloneros, Josele Santiago presentaba en sociedad lo que es su nuevo proyecto musical tras desbandar Enemigos. El grupo (no estable hasta el momento) se esconde bajo el nombre de Maestro Pocero y, básicamente, da un giro de tuerca a las composiciones de Josele alejándose tímidamente del rock malasañero que ofrecía su antigua banda y que ahora se ve reconvertido a un plano más acústico. Lo que antes era una segunda guitarra de corte casi heavy ahora se adorna de elementos jazzies y efluvios negroides con el objetivo de crear una propuesta más ambiental. Josele dejó la presentación para la segunda parte y entró al público con un paquete de canciones “enemigas” ofreciéndolas únicamente con dos guitarras acústicas. Cuando sus seguidores estaban ya con la babilla colgando fue cuando el Maestro Pocero hizo su aparición. El concierto no salió bien, mostrando precipitación y mucho nerviosismo. Josele había propuesto, incluso, suspender su aparición dado que los plazos que se había planteado en principio para preparar el repertorio se le habían echado encima. La idea del compositor era disponer ya de su primer disco totalmente acabado y poder presentar las canciones lo suficientemente rodadas y terminadas. No fue así y las piezas dejaron un sabor agridulce poco valorable. Es de esperar que en estudio el Maestro dé mejor tino a sus nuevas coplas y concrete su opción con más claridad. Segundo día: el aluvión
De nuevo a las cuatro de la tarde se daba el pistoletazo de salida para la segunda jornada del festival. Después de que algunos grupos locales hubieran ejercido de anfitriones para lo que había de llegar, el cielo de Villarrobledo se fue tiñendo de las músicas más diversas volviendo a poner de manifiesto que éste es el festival más abierto de todos cuantos se celebran en nuestro país. Ahí estuvieron, a lo largo de la tarde, ofertas caribeñas y bailables como las de Potato o Skaparapid, el heavy personal de Last Prophecy, el ragga coquetón de Stereo Sound System, el hip hop macarra de Rap’Sus Klei o los breakbeats acelerados que DJ Frogg extraía de sus vinilos. A lo largo de las primeras cinco horas del festival quien se aburría era porque tenía mal de amores, ya que cualquier cosa que quisieras escuchar estaba en alguna parte del recinto estupendamente presentada. El escenario principal acogió este año una propuesta menos sutil. Si otros años se dejaba colar ocasionalmente algo un poco diferente del rock, en la edición del 2003 todo aquél que se subió al más grande de los escenarios del festival iba cargado con una buena ración de guitarreo y ritmos pesados. Los primeros fueron La Gripe, el nuevo grupo de Juantxu, antiguo bajista de los desaparecidos Platero y Tú. Tras ellos los cada vez más solventes Fe de Ratas, que presentaban (como otros muchos de sus compañeros) el material de su recién sacado nuevo álbum (“Miseria frente a miseria” en este caso). Un poquito más adelante serían Sugarless los que darían al escenario la pintura metalizada hora y media antes de que un clásico del festival pusiera la primera debacle sobre la arena. Evaristo y sus compañeros de La Polla colocaron al público boca abajo dándoles una ración que, no por repetida, deja de ser la mar de eficaz. Con incipiente cresta, una camiseta con el logo de su proyecto paralelo (The Kagas) y un repertorio abrumador, el navarro volvió a ganar por mayoría aglutinando en torno a sí todas las gargantas que tenía delante. Sorprende, día a día, cómo aguantan con naturalidad y vigencia las canciones que La Polla ha ido ofreciendo a lo largo de su ya dilatadísima carrera. Impresiona de veras palparlas con un público que se acercaba a las treinta mil personas. Mientras, en el escenario paralelo, Los Deltonos defendían con criterio y elegancia la propuesta rockanrolera de su último álbum (“Sólido”), aquél que les ha vuelto a traer a los escenarios tras un período de impasse en el que han rebajado su intensidad sonora pero no su actitud en directo. Su Ta Gar, que también debía estar ofreciendo sus nuevas canciones en el set heavy, suspendió por una afección de su vocalista en las cuerdas vocales.
El último sprint del día colocaba en el escenario grande (enorme) el proyecto conjunto que Boicot, Disidenzia y Segismundo Toxicómano agrupan bajo el nombre de “La línea de atake”. En él los tres grupos hacen su espectáculo y se entremezclan sirviéndose de versiones y material propio para montar una fiesta de lo más punkie y divertida. La gente lo recibió con agrado y, especialmente Boikot, consiguió momentos brillantes que trascendieron por toda la explanada. Al mismo tiempo, Banda Bassoti también generaba baile saltarín con una música que, cogiendo de aquí y de allá, se expone con gracia y alegría. Desde el ska peleón hasta el rock de corte urbano, pocas cosas quedan exentas de la voracidad estética de esta formación. En el terreno del hip hop eran Sian Supa Crew y Raggafl’a los encargados de echar el cierre, mientras que en la carpa del baile era DJ J. Majic quien, junto a los Red Ribbon con sus vídeos, proponía el último esfuerzo a la hora de mover los pies. Tercer día: el acabose Cincuenta y tres eran los grupos programados para el sábado día 3, un verdadero maratón que comenzaba según rayaba el mediodía y que se prolongaría más de dieciséis horas en el tiempo. Los cuerpos ya acusaban, en su mayoría, la factura generada en la noche anterior y muchos fueron quienes prefirieron prolongar su abrazo con Morfeo antes que acercarse al tórrido recinto que ofrecía abundantes y estratégicas sombras a los más atrevidos. Habían ya terminado de probar sonido los grupos de la tarde y, sin parón alguno, comenzaron a explayarse, en turnos de media hora, formaciones locales y otras de cierta curiosidad. Vantroi dejó claro que sigue en buena forma, Koma abrumó con su poderío, Maniática sorprendió con su ubicación en el horario debido a lo flojito de su apuesta, Las Niñas ofrecía la creatividad femenina que surgió de O’Funk’Illo, Desechos mostraba lo creado tras la desaparición de Hechos contra el Decoro y la Mala Rodríguez dejaba a las claras que, para subirse a uno de los escenarios grandes del Viña, hay que poner encima algo más que rimas y platos.
En el principal se iba gestando ya lo que sería una traca que aglutinaba, con alguna que otra mínima falta, a lo mejor que puede ofrecer actualmente el rock español. Por allí desfilaron, arrasando, los chicos de S.A. con nuevas canciones y una mala leche enorme generada por la campaña mediática que se ha abierto contra ellos desde los periódicos y las emisoras más conservadoras. Rosendo mostró su buen hacer uniendo clásicos de su repertorio con los temas más pintones de “Veo, veo mamoneo”, Reincidentes se ensañaron hasta decir basta cuajando una actuación memorable que les permitía desquitarse de los incidentes sucedidos en su última gira por Chile y Porretas cerraba la programación con su rock verbenero de bodega que ofreció, igualmente, momentos mágicos y felices. La programación heavy también apostó para arriba colocando en el escenario temático cosas de amplio espectro: desde el death metal de Avulsed hasta las formas más convencionales de Easy Rider, Ankhara o Beethoven R pasando por la popularidad más cercana de las piezas de Rata Blanca o Saratoga. Angra y Saurom Lamderth fueron los últimos protagonistas de la noche en el apartado de los cueros y las tachas.
Y eso afectó a lo que vino después porque, si bien Lichis con su Cabra Mecánica se lo llevó muerto, lo que planteó bajó enteros respecto a lo que le había precedido. Lo mismo ocurrió con O’Funk’Illo, graciosos y diferentes, pero oscurecidos en el panorama general. Bersüit, ya a unas horas intempestivas, fueron los encargados de cerrar el chiringuito mostrando a la gente más o menos lo que exponen en su último y reciente álbum grabado en directo. Entre el hip hopeo todo navegó a un nivel similar y, si hubiera que destacar, quedarían con premio los originales Falsalarma (poco hip hop tiene lo suyo, la verdad) o el provocador Mucho Muchacho, un personaje que, dentro de este ambiente, sigue teniendo un considerable tirón independientemente de su nivel sobre un escenario. Hasta las seis de la mañana siguió funcionando la carpa dance poniendo Sergio Máñez el último toque acompañado de los vídeo jockeys Image Addiction. ¿Resumen? Los parabienes ya han quedado expresados. Y el absoluto éxito del evento también. A la hora de valorar y resumir, esta edición del Viña ha aportado pocas cosas que no se supieran con antelación. Una de ellas es, por ejemplo, la enorme diferencia de calidad que aún se exhibe entre estilos diferentes: el heavy y el hip hop evidenciaron estar enormemente maniatados en sus postulados estéticos con todo lo que eso lleva a la hora de limitar el crecimiento. El heavy, especialmente, completó una programación exhaustiva en la que, con todo, apenas hubo algo sobresaliente. La carpa dance, nueva en esta edición, se muestra como un espacio con proyección al que habrá que dotar de una programación que haga justicia a ese terreno. La fusión, que este año ha perdido minutos en la programación global, sigue siendo una baza fija que, además de encantar a la gente, ofrece importantes respiros y equilibra el cartel. Por último, el rock local, que sigue siendo la baza más fuerte del festival, continúa contando con el handicap de la repetición y necesita, en sus primeras líneas, alguna apuesta que sorprenda. Si siempre resulta difícil generar un cartel de esta calidad únicamente con grupos nacionales no es menos cierto que abusar de los mismos nombres puede llegar a concebir estados de monotonía. Siete ediciones del Viña ya son un bagaje importante que ha mostrado, casi, a una generación entera de músicos. Habrá que empezar a pensar, tarde o temprano, también en otra generación más joven. E.P.
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