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Steve Coleman

San Juan Evangelista. 8 de mayo de 2003

El pasado 8 de mayo se iniciaba el 22º Festival de jazz del inefable e imprescindible club del colegio mayor San Juan Evangelista. Y daba comienzo con uno de esos conciertos que, aunque extraños, volvieron a evidenciar el poder de convocatoria que tiene la música original e innovadora. Steve Coleman, aunque empezó su carrera musical dentro del r’n’b y el jazz más clásico, no tardó en descubrir la música africana y su trascendencia en géneros más contemporáneos dentro del mundo occidental. Fue entonces cuando montó sus Five Elements y cuando proporcionó al mundo una novedosa manera de entender el jazz de los 90.

La formación de los Elements cambia con cierta frecuencia y, en este caso, Coleman se mostró acompañado por Jonathan Finlayson como trompetista, Grègoire Maret a la armónica, Anthony Tidd con su peculiar bajo, Ramón García en la percusión y Dafnis Prieto sentado a la batería. Su introducción de cara al público fue como una premonición: salieron todos como si aquello fuera el salón de su casa y llegaran de un viaje largo. Coleman llevaba, incluso, sus estuches colgados del hombro y no se quitó ni su gorra hip hopera ni una sudadera que dejaba ver, en su parte inferior, la camiseta deportiva que el saxofonista llevaba puesta debajo. Los demás, en la misma tónica, parecían salidos de una fiesta hippie y que iban a cualquier sitio menos a un concierto. Se colocaron en semicírculo como si fueran gitanos y Coleman empezó a rapear marcando el ritmo a su bajista.

A partir de ahí se puso de manifiesto que el proyecto de los Five Elements no pasa por la música compartida. Más que nada, lo que Coleman propone a su grupo es una exposición de talentos individuales alrededor de ritmos muy básicos que emulan la percusión africana.

Uno tras otro se sucedían los solos de Finlayson, en un plan más bop, Maret, que parecía sacado de un cartel de mousette, y el propio Coleman, más certero y variado que sus compañeros. La sección rítmica también tuvo su hueco, aunque éste, como en el resto de la propuesta, se llenaba de retazos individualistas que en ningún momento daban la sensación de ponerse en manos de un proyecto colectivo.

El resultado quedó, por tanto, como una exhibición de músicas diferentes, de entreactos cortos y de contabilización de logros cada vez (pocas) que los cinco músicos tocaban juntos. En esos pasajes tampoco se orientaba lo común hacia una música concreta, sino que, más bien, aprovechaban la atonalidad para dar al concierto cierta sensación de vanguardia.

E.P.

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