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John Abercrombie

San Juan Evangelista. 9 de mayo de 2003

Muy diferente resultó la segunda jornada del 22º Festival de jazz San Juan Evangelista si se compara con la primera. En esta ocasión el protagonista del evento era el guitarrista John Abercrombie, quien, para esta visita, se traía en la maleta una formación de trío que incluía al organista Dan Wall y al batería Adam Nussbaum. Juntos inundaron, desde el primer momento, de lírica y estilo la sala del San Juan. En oposición a las formas vanguardistas que se pudieron escuchar el primer día en el salón de actos, con Abercrombie todo giró alrededor de formas clásicas en las que no se definió un determinado territorio de caza. El guitarrista entró a los clásicos con modestia, destiló improvisaciones de jazz casi psicodélico, recurrió a lo bucólico en determinados momentos y cedió protagonismo a Wall para que aportara el toque negro con el sonido de su Hammond.

Los tres músicos se gustaron dando rienda suelta a su capacidad, respetándose espacios y aglutinando tiempos en formatos largos que, en ocasiones, unían líneas melódicas de varios temas sin necesidad de concederse respiros. Abercrombie, ya fuera sentado o de pie, utilizaba su instrumento bien en rítmica o en solista, con un criterio encantador, sin hacerla subir por encima de lo adecuado y sin arrebatarla tiranteces excesivas. Sus solos fueron, en la gran mayoría de los casos, brillantes ejemplos de ejecución en una música que destilaba belleza y que fluía con pasmosa versatilidad.

Wall, por su parte, marcaba los tiempos jugando con sonoridades estudiadas: plácidas cuando convenía y rompedoras cuando interesaba. Pero también se acoplaba al resultado conjunto con una simpleza que premiaba el logro final. Nussbaum, que en principio aparentaba una modesta discreción, se reveló enseguida como un maestro humilde al que seguir. Bien con escobillas, con mazas o con baquetas, colocaba en su sitio cada cosa y complementaba perfectamente las líneas melódicas con un trabajo casi de academia.

Si bien no se puede decir que ninguno de los tres fuera excesivamente efusivo o extrovertido, lo cierto es que, con sus instrumentos en la mano, ofrecían más conversación que su propia presencia.

Excelentes.

E.P.

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