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Hedningarna Arena. 13 de mayo de 2003
El combo sueco-finlandés apareció, en principio, solamente con su sección instrumental, colocando tres solistas en la parte delantera y dejando el fondo para el equipo y el batería. En el frente, armados con sus violines y sus peculiares instrumentos (hardangers, nyckelharpas, zanfonas gigantes…), ejecutaron una pieza a modo de introducción dejando guías y brújulas para lo que vendría después. Una vez con la pareja de voces femeninas en el escenario aquello empezó a coger su tempo y, en pocos minutos, la audiencia ya estaba conquistada. Si bien los miembros de Hedningarna que se dedican únicamente al terreno instrumental tienen carisma más que suficiente como para asumir un concierto, son sus vocalistas quienes generan la mayor comunicación con el público: ellas presentan los temas (en una mezcla de idiomas que hace asomar la sonrisa por lo gracioso pero que evidencia las ganas de estas mujeres por llegar a la gente en su propia lengua), ellas son quienes comienzan a bailar, ellas quienes que, con sus voces dobladas o en contrapunto, ponen al público con la tensión arterial alta. De vez en cuando desaparecen, como dejando espacio para esos sonidos recónditos y peculiares que son esenciales en la música de Hedningarna, como cediendo al ahogo producido por la exaltación del ritmo. Con entradas y salidas, piezas instrumentales y cantadas, baladas y danzas, el grupo consigue un equilibrio primordial para hacer que el tiempo pase deprisa y con gozo. El hecho de ceder únicamente una hora de actuación acentuaba la idea, aunque a la postre, y con tres nuevas salidas al escenario, el concierto completo casi alcanza las dos para satisfacción de todos quienes asistieron a esta fiesta vikinga. Hedningarna volvió a triunfar en Madrid con una propuesta distinta, arriesgada, original y, sobre todo, bellísima. Y no se trata de confundir esto con el lirismo, lo intelectual o lo académico. El folk que estos escandinavos son capaces de convertir en techno acústico llega a los jóvenes de una manera inmediata. Rompe esquemas habituales en nuestros conceptos estéticos, abre un mundo de sonoridades desconocidas y genera una inmediata curiosidad que no está negada con el ansia del baile. Son fantásticos. E.P.
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