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Bloc de notas

Por Diego A. Manrique. Julio de 2003

Madonna ha sabido reactualizar su música recurriendo a productores flexibles. Pero hace años que sus decisiones extramusicales revelan a una diosa que vive en ese raro Olimpo de las superestrellas y que, parece, no se entera de la realidad. Su última bajada de pantalones demuestra que se acojona rápido.

La cobardía de Madonna

Hace muchos años pasó por España un dandy escocés, Al Stewart, el hombre del “Año del gato”. Echaba chispas sobre la música pop del momento: “¿Cómo van a pasar los 80 a la historia? ¡La era de Madonna! Es como si la cima máxima de Hollywood fuera Lana Turner”. Tengo noticias para mister Stewart: Madonna ha dominado los 80, los 90 y tiene pinta de dejar también su marca en el primer decenio del siglo XXI.

Ella es, sencillamente, el modelo dominante, el patrón de estrella pop. Recientemente el “management” de David Bowie encargó un estudio de mercado entre adolescentes de alrededor de catorce años. Bowie quería saber qué futuro tenía, en potencia, entre ese público. La encuesta preguntaba por los favoritos de los críos entre los artistas de rock clásico; para su pasmo, la figura más votada era Madonna, seguida de Michael Jackson y Prince. Dado que Madonna siempre ha torcido el morrillo ante la idea del rock --¡machos tocando guitarras eléctricas!-- resulta pasmoso que haya colonizado la imaginación de los chavales hasta hacerles creer que ella encarna una música arrogante y provocadora.

¿Provocadora? Cada vez menos. Madonna anunció que autocensuraba el vídeo de “American life” por “respeto a las tropas “(las anglo-americanas, se entiende)” luchando en Irak”. ¡Cágate, lorito! El mismo vídeo que su equipo promocional venía inflando desde febrero: que si director de prestigio, que si denuncia de la violencia, que si sátira de los desfiles de moda… La justificación de la retirada del vídeo en su página web es atómica: “se filmó antes de que comenzara la guerra y no era apropiado emitirlo en este momento”.

¡Cuánto cinismo! En “American life” tienes que creerte una nueva reencarnación de la “material girl”. Ahora cargando --en la letra-- contra el materialismo integral al estilo de vida estadounidense y --en el vídeo-- atacando el mundo de la moda (ella, que es vestida gratuitamente por las principales marcas). Las imágenes de bombardeos y niños refugiados eran la concesión a los sentimientos antibelicistas; la guinda consistía en un actor encarnando al presidente Bush como un simplón satisfecho de sí mismo al que le cae una granada de mano y sabe que es broma, que se trata de un encendedor. Demasiado hiriente para tiempos de guerra, según Madonna y su equipo.

Perdida en el Olimpo

Una incómoda sospecha: tal vez Sean Penn no era “el malo” del aquel matrimonio turbulento que formó con Madonna en 1985; al menos, demostró más humanidad y coherencia que su ex consorte al arriesgarse a viajar a Bagdad. Triste momento para los que amamos a Madonna, para los que celebramos a distancia su deleite en romper tabúes (aunque fuera para despachar más discos). La confirmación de que, desde hace años, Madonna vive en una nube y ha perdido su olfato para la provocación saludable. Lo de la película “Swept away” ya sugería un genuino despiste. La original, de Lina Wertmuller, desarrollaba la fascinación de la cineasta italiana por los morbos, reforzados por ecos de la lucha de clases: mujer burguesa naufragada en isla con marinero bruto pero noble. Cuando ella sugería a su compañero la posibilidad de sexo anal el proletario de los mares se escandalizaba. Esa escena ni siquiera se intuía en la versión de Madonna. Según Guy Ritchie, el director de la película y esposo de la estrella, “es que la sodomía, ya sabes, pues no está de moda”.

Y pudimos leer en “Hola!” (14/10/02) estremecedoras confesiones de la pareja. Guy: “es un problema dirigir a tu mujer en escenas amorosas viéndola en brazos de otro”. Este chico… ¿es tonto o se lo hace? ¿Cree que Madonna acaba de salir de un convento? ¿Ha visto las fantasías “hardcore” de “Sex” o se lo ha prohibido Madonna? La actriz principal aseguraba haber “sufrido” por revolcarse con Adriano Giannini, prodigioso arrebato de pudor: “todo fue extraño porque, al fin y al cabo, Guy es mi marido y la única persona con la que hago esas cosas. Pero… ¿sabes qué? Soy una profesional y he conseguido superarlo”.

Las carcajadas todavía resuenan por Hollywood. “Swept away” tal vez no fuera mucho más horrible que ese cine comercial que nos ponen en los aviones y que uno no puede entender a qué mente jibarizada --que no esté encerrada en un tubo a diez mil metros sobre el mar-- puede interesar. Pero la hostilidad general, manifestada en taquillas ridículas y premios insultantes, confirmaba que Madonna no es creíble como actriz, y menos en manos de su marido, un pijazo que va de duro, de experto en películas de gangsters londinenses.

”Lady Madonna, children at your feet”

Lo terrible es que Madonna quiere, realmente, ser aceptada por la clase alta británica. Que se ríe de esa pretenciosa yanqui rica que quiso casarse en Althorp, la mansión donde reposan los restos de Diana de Gales. La boda, un derroche militarizado donde la música estaba a cargo de Elton John y Sting, reveló la ansiedad de la cantante por trepar. Ya no hace porno fino: ahora escribe libros infantiles. Ya no usa semental cubano para procrear: ahora es una buena esposa londinense. Lo peor es esa foto patética donde una Madonna con moño se inclina ante una divertida Isabel II. La primera tiene un gesto de estreñida, como si pensara: “todo ha valido la pena por estos segundos de gloria”. La Windsor parece disfrutar con la humillación: “¿y ésta era la hereje promiscua?”

“American life” es otro gesto vacío de una superestrella políticamente esterilizada. Es hora de brindar por la otra Madonna, aquélla que se enfrentaba al Vaticano y a todos los bienpensantes en el siglo XX. Es hora de recordar los pasmados versos de Machado: “aquel trueno, vestido de nazareno”.

También puedes leer la crítica de "American life"

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