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Chavela Vargas. Julio de 2003

La emoción por encima de todo

Probablemente Chavela Vargas no necesite presentación. La dama del poncho rojo, el pelo canoso, la voz aguardentosa y el desgarro emocional por bandera es ya un clásico de la música latina de todos los tiempos. Chavela hace tiempo que no es noticia por sacar un nuevo disco; su repertorio está bien atado y bien nutrido de standards que, en su voz, han cogido la calidad de clásicos imperecederos. Pero, en esta ocasión, ha sido noticia por el regreso a los escenarios españoles en un gira que, para una octogenaria de su dilatada carrera llena de excesos, bien podría ser la última. Obviando el deleznable morbo del asunto, nos acercamos con respeto casi devoto a la venerable artista del lamento herido y furibundo que, lejos de nostalgias, muestra conocer muy bien cuál es su papel en la vida. “El mundo está, ahorita, viviendo una situación desconcertante. No hay una sonrisa de amistad en la mañana, todo el mundo está tenso: vamos a vender armas para darles unos centavos a quienes no comen, vamos a vender cañones para mantener a los panzones… Nosotros, los artistas, vamos a trabajar. Quienes estamos sosteniendo un poquito un mundo que está al borde de caerse somos nosotros, los artistas. Damos una sensación de paz mientras estamos en el escenario; mientras presentamos nuestro espectáculo estamos haciendo olvidar. Agarramos al publico para hacerle soñar, para, que cuando uno regrese a la realidad, en lugar de lágrimas, lleve un poco de diamantes en los ojos y en las manos”. Ante semejante misión, a la propia Chavela se le hace muy difícil verse alejada de los escenarios. “Ya ni me veo fuera porque no creo ni que dure. Decía José Alfredo Jiménez: 'yo sé bien que estoy afuera…' Pues bien: yo sé bien que estoy adentro. El día que me salga ya no vuelvo, pero no me he visto todavía ahí”.

Y así se mantiene, subida a un escenario, mermada en voz pero con sobrado arrojo para afrontar su propia leyenda con la dignidad que se le exige. “No me arrepiento de nada, porque si no no lo hubiera hecho. Pienso que si el individuo humano hace una cosa debe ser consciente de hacerla, así pase lo que pase. Después… no llores ni te arrepientas. Lo hecho hecho está y yo tengo conciencia de no ofender a nadie y no dañar a nadie. Es, simplemente, mi manera de ser, mi manera de ver la vida”. Y es que Chavela Vargas pertenece a una generación que veneraba valores como el honor y la palabra, y así lo fue atestiguando en la elección del repertorio que la hizo mundialmente famosa. “Ahora siento que tenemos una orfandad de compositores nuevos. No tenemos, no hay un José Alfredo Jiménez, un Gonzalo Curiel, un Agustín Lara… ya pasó esa época. Estamos huérfanos en boleros, en música ranchera… En Colombia no hay grandes compositores, en Argentina tampoco… Así es que si me oyen repetitiva no tengo la culpa; hay que cantar lo que hay. Mejorarlo sí; trato de mejorar mi espectáculo día a día, hasta la voz, que no sé ni cómo me sale, pero me tiene que salir. Y no digo que no haya compositores, pero estoy un poco desorientada: los modernos sirven pero no trascenderán”, comenta con un deje de amargura mientras se le iluminan los ojos cuando recuerda a viejos amigos como Diego Rivera y Frida Khalo, recientemente retratados en la película “Frida”, en la cual ella hace un breve cameo. “La película de Frida no trataba exactamente a las personas; tan sólo como pintores mundiales, como genios de la pintura. No era exactamente sobre la vida privada de Diego y de Frida. La prueba está en que se hizo en inglés para poder venderla a los mercados del mundo. Yo tenía un poco de miedo de Frida o Diego Rivera hablando inglés, pero… es tan bella: el argumento, los colores, la música… Es fascinante. Es una extraordinaria película y ha tenido mucho éxito”.

Hablando de otros

Si por algo más se ha caracterizado Chavela Vargas es por no tener pelos en la lengua y, durante la entrevista, lo demostró cuando habló de, por ejemplo, el cantante Luis Miguel: “no hablo de su música; hablo de la persona que canta. Luis Miguel es un muchacho que se da el lujo de decir que en México se desayuna caviar con champaña, ¡algo absurdo y estúpido! ¿Cómo se va a desayunar eso? A mí no me alcanza el sueldo: es algo carísimo. ¡Que no diga tonterías! Si no sabe decir cosas cuerdas que se quede callado: es más prudente. Cuando repartieron cerebro él llegó tarde. De eso no se tiene la culpa, a veces uno llega tarde a las cosas. Y no es que critique su música”. Tampoco los premios Grammy quedaron bien parados en su boca: “yo no estoy contra los Grammy. Simplemente digo que no valen nada. No estoy en contra de ellos, pero que no se les ocurra darme uno porque me da un ataque. Por supuesto que no me lo van a dar, pero, por si acaso, eso no es premio. A ver quién tiene una Gran Cruz de Isabel la Católica. Eso no se compra con el dinero de ninguna discográfica: es el premio más hermoso que pueda tener una mujer en el mundo y creo que hay dos que lo tengamos. De eso me enorgullezco y lo grito al mundo entero. Además, hay una cosa muy hermosa: ese premio es sólo para mí; el día que yo falte mi familia lo tiene que regresar al gobierno de este país. No es cosa de herencia: esa Gran Cruz no pasa por las cantinas ni por los bares porque lo andan empeñando. Eso se regresa para acá. Más honor todavía”.

Entre los múltiples honores de los que ha sido objeto hay algunos tan controvertidos como ser favorita de personajes tan dispares como el Papa o la mítica guerrilla salvadoreña, y siempre de la mano de su canción fetiche “Macorina”. “El Papa dijo el año que fue a La Habana que su cantante predilecta era yo, así que se ve que el señor pasó muchas noches oyendo 'ponme la mano aquí', ja, ja… y ahí se quedó. La encargada del Vaticano diría: '¿qué hace este señor que no levanta cabeza?' Y él, oyendo 'ponme la mano aquí'. Ja, ja. La verdad es que me da gusto que le guste al Papa; ya nunca lo vi más desde esa vez. Claro: se quedó sin saber qué pasó con la Macorina. También la Macorina fue una canción que adoptó la guerrilla salvadoreña, aunque no exactamente. Yo fui a la guerrilla de El Salvador, me acosté en una hamaca allí y a la noche me puse a cantar la 'Macorina'. ¡Y se cimbraban los coroneles y las coronelas! Y decían: 'suena igualita que en el disco'. 'Pues claro', respondían otros, 'es que Chavela está aquí'. Me llevaron con los ojos cerrados hijos de amigos íntimos míos salvadoreños, de la jet set de El Salvador, muchachos universitarios de gran cultura que estaban en la revolución. Aquello podía haber sido un revolución bellísima, con toda la juventud unida, si hubiéramos tenido un líder, un Marcos. Pero un Marcos inteligente, no un imbécil como ése”.

Y a continuación, haciendo gala de su conocida franqueza para decir las cosas, Chavela se pone a comentar sobre el jefe guerrillero de las montañas chiapanecas: “cuando a alguien le falta inteligencia es porque es imbécil. Cuando alguien no habla es porque es mudo. Voy a decir una cosa: el individuo humano lleno de trapos, tapado de cabeza y todo, por algo será. Yo enseño mi cara ante el público y ante todo el mundo; lo que digo ahora lo digo a cámara. Yo no me lleno la cabeza de trapos para decir que ese señor es un imbécil. ¡Vaya! ¡Otro balazo que me van a dar! Pero la verdad es que se puede hablar así, cuando se tiene muy tranquila la cabeza, el espíritu y todo. Sin compromisos creados con nadie. Presumo de mi libertad y presumo de decir lo que digo”.

Kike Babas & Kike Turrón