|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Malia
Pues… quizás estaba haciendo falta algo de esto. Ultimamente, las vocalistas de jazz que se repartían el bacalao eran, excepcionalmente, blancas. Ahí seguían estando las damas de siempre, las eternas, pero, entre las nuevas generaciones, todas las que conseguían saltar a una popularidad mayoritaria (entendámonos: mayoritaria dentro del jazz) eran blancas. Y no es que yo tenga nada de racista, pero si algo se ha destacado de todas ellas (Krall, Monheit…) es que eran frías como témpanos. Perfectas, pero heladas. Malia podrá tener otros defectos, pero de fría nada. Ella proviene de Malawi, de cría se fue a Londres con su familia y, en vez de interesarse por la new wave o el techno pop, se quedó prendada del jazz. Del jazz negro de Billy y de Sara. En un viaje a Nueva York tuvo la posibilidad de conocer a Andre Manoukian, un productor que ya había expuesto su calidad con Liane Foly y que conquistó a Malia a la primera. El destino los unió (y el teléfono, claro) y el fruto de su entendimiento es este “Yellow daffodils”. El álbum es encantador, con una unión muy adecuada entre el jazz tradicional y el contemporáneo, con todos los ingredientes de blues que respira el jazz negro y con una personalidad arrolladora por parte de esta jovencita. Escucharla es imaginarla vestida de negro en plan Gilda cantando al lado de un piano en el escenario de un pequeño club. Tiene esa voz de hada que inspira el humo y el whisky, personal, casi de pintora. Y Manoukian ha sabido ubicarla en un terreno que aproveche esa calidad pero que huya de lo tópico. “Yellow daffodils” es un álbum que embriaga, con una voz que conquista en cuanto le des una oportunidad. E.P.
|