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Elliott Murphy

El Sol. 20 de mayo de 2003

Suristán. 21 de mayo de 2003

El tiempo corre que es un gusto. Así, casi sin darnos cuenta, un tipo como Elliott Murphy ha cumplido sus primeros treinta años en la carretera. En el caso de este trovador rubio y urbanita seguro que no son los últimos, pero, de todos modos, es algo digno de celebrar. Hace exactamente treinta años el neoyorquino saltaba a la palestra discográfica con “Aquashow”, un disco cuyo título hacía alusión a la sala de espectáculos de Coney Island donde trabajó su padre y en la que él pudo ver, desde crío, a infinidad de monstruos de la escena musical. Ahora, sin embargo, presenta un doble álbum en directo en el que, además de resumir extraordinariamente su repertorio, se muestra en dos formatos diferentes que le retratan estupendamente. Y esos mismos formatos (con banda y en trío) son los que mostró en su última visita a Madrid.

Elliott aterrizó en nuestra ciudad como músico invitado, como asistente de lujo para el concierto que Bruce Springsteen ofreció en la Peineta el 19 de mayo. El 20, con una noche y un día de por medio, se cambiaban las tornas y era él el protagonista del concierto y el que convocaba al público. Casi daban las once de la noche cuando su melenita rubia, tapada por un coqueto gorro de lana, aparecía bajo los focos de El Sol. Se mostraba, como siempre, tan cercano que a cada uno de quienes estaban allí le parecía que estaba cantando para él. Unicamente llevaba como soporte a Olivier Durand (su habitual guitarrista en la última época) y a Jorge Otero (miembro de los Stormy Mondays), pero Elliott demostró una vez más que se maneja con soltura en las distancias cortas y en los formatos reducidos. Lo que iba a ser un concierto de cuarenta minutos se alargó hasta tocar el cielo y sus composiciones se entremezclaron con diferentes versiones (estupenda la realizada sobre el “Don’t think twice” de Dylan) que terminaban conformando un set delicioso.

Al día siguiente, en Suristán, realizaba (ya con banda) ese homenaje “virtual” (simplemente era una excusa) a su “Aquashow”, el disco que aportó, desde el primer día, clásicos ineludibles en la vida de Murphy, tales como “Last of the rock stars” (nombre que recupera en su último álbum, “Last of the rock stars… and me and you”). A partir de ahí, y surtido en esta ocasión con bajo y batería junto a su guitarra y la de Durand, realizó un repaso concienzudo a su discografía, templó en las baladas y explosionó en un mundo rockero que Elliott ha reconvertido con sonido acústico. Parecía no tener final y convenció de que a este bohemio afincado hace bastante tiempo en París le gusta más la noche que el día.

Ambos conciertos resultaron deliciosos, cada uno en su contexto, y pusieron de manifiesto que, a lo largo de treinta años, Murphy ha dado, en forma de canciones, algo valorable que sigue siendo adorado por un público fiel que no le falla a una.

Felicidades, treintañero.

E.P.

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