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Carlinhos Brown

La Riviera. 21 de mayo de 2003

Es una lástima, pero parece que, en esto de la música, la gente es de lo más tradicional y conservadora. Cuando hablan de rock siempre están refiriéndose al punk de los 70 y cuando lo hacen de Brasil no se les saca de la bossa. Para ellos (lamentablemente son la mayoría), un tipo como Carlinhos Brown es un descuadre absoluto, una especie de Prince bahiano que reconvierte, en un plis plas, toda la concepción que tengas sobre la música brasileña. Cuenta la biografía de Brown (Antonio Carlos Santos es su verdadero nombre) que sus padres no fueron capaces de hacerle aprender ningún oficio cuando era un crío. Evidentemente, tanto él como sus padres, acertaron aunque no quisieran.

Brown es ahora un personaje sin igual, un revolucionario sonoro y uno de los showmen más eficaces que se pueden subir al escenario. Ahora no quiere ser “brown” y se ha reconvertido a “Carlito Marrón”, una muestra de su querencia por el acercamiento a la música española. Pero, en el fondo, da lo mismo: cuando este hombre se acerca a una música termina haciéndola suya, llevándosela siempre a un terreno tan original como eficaz y poniendo su sello por delante de cualquier influencia. En Madrid enseñó su nueva personalidad y bordó un concierto de ésos que apetece ver repetido una y otra vez en cámara lenta.

Salió al escenario con chaquetilla de torero, gafotas de sol y sombrero, ataviado con infinidad de collares y cubriendo sus piernas con el tradicional pantalón de tela de los climas tropicales. Salió con un tambor al hombro y causó el primer estrago. Quince minutos después ya no tenía el tambor ni la chaquetilla: estaba haciendo estallar un universo rítmico que contagiaba al público, lo ponía bocabajo y lo hacía vibrar hasta el dedo gordo del pie.

Más tarde se sentó, exhibió su faceta lírica y delicada, cuajó su segunda personalidad y se atrevió a ir creciendo poco a poco acompañado por una banda tan solvente como espectacular. Apareció por ahí Rosario, con el virus metido en el cuerpo y bailando como una posesa, como representando en piel gitana aquello que el público ponía en el aire. Sólo fue un momento, pero dejó la imagen de una comunión completa entre lo que Carlinhos da y lo que la gente recibe.

E.P.

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